La feria de este año es la número 63 con que ininterrumpidamente Madrid festeja taurinamente a San Isidro, patrono tradicional de la ciudad. No hay en el mundo serie de festejos más prolongada y fastuosa, aunque los carteles de primer nivel son ahora la excepción, adoptada la regla de amontonar corridas sin más atractivo que la corpulencia del ganado y la voluntad de numerosos segundones, ávidos de dar un aldabonazo fuerte en Las Ventas que les permita relanzar sus carreras. Tan difuso sueño contadas veces se concretó, y sólo brillan como perlas en medio del fango los notables casos de Paco Ojeda en 1983 y César Rincón en 1991. Por otra parte, a medida que las combinaciones interesantes decrecían y el éxito se hacía más y más escurridizo, toracos descomunales se adueñaron del ruedo y fueron ganando peso los segmentos más duros de la afición, encabezados por el paradigmático tendido 7. Así, mientras en 1966 se cortaron, en las 16 corridas de que constó aquella feria, nada menos que 36 orejas –con faenas memorables de Camino, El Viti, Bienvenida, Andrés Vázquez, Curro Romero y hasta la famosísima de Antoñete a aquel terciado, cornicorto y suavísimo ensabanado de Osborne que se llamó “Atrevido”–, este año se celebraron 18 corridas, 3 novilladas y 2 festejos de rejones con un raquítico saldo de 13 orejas: 5 para los rejoneadores y apenas 8 para los matadores de alternativa. A cambio, 11 toreros pasaron por el quirófano. Doloroso precio que ha dejado un rastro de sangre sin precedentes en la historia de las fiestas isidriles.
Del abuso al extreñimiento
Posiblemente, el punto de inflexión estuviera dado por las tropelías de la época de El Cordobés, en que la alcahuetería de jueces y veterinarios colmó el vaso de una crítica que de la complacencia y el triunfalismo extremos pasó de pronto a un rigor rayano en intolerancia a través de plumas como las de Antonio Díaz Cañabate, Alfonso Navalón y Vicente Zabala, antecesores de la actual crónica pretendidamente tecnicista y permanentemente inconforme que ha ido moldeando a su imagen y semejanza los gustos del público en la primera plaza del mundo y su feria de nunca acabar. Simultáneamente, con la irrupción del cuatreño, resultado de la ordenanza de 1969 que en el año 73 proveyó a la fiesta de la primera camada de animales con el año de nacencia marcado a fuego, Madrid empezó a pronunciarse por el toro alto de agujas, ancho de cuna y largo y astifino de cuerna que caracteriza desde hace lustros a cuanto encierro se lidia en Las Ventas. Morlacos que suelen dar mucho quehacer a los picadores antes de derrumbarse lastimosamente en el último tercio, sin energías para resistir la sangría ni ánimos para seguir la muleta. En las llamadas ganaderías comerciales –impuestas por las figuras– esto se traduce usualmente en sosería, mientras las más duras –destinadas a los desheredados de la fortuna– oponen a sus esforzados lidiadores toda suerte de mañas y resabios que las convierten en un peligro latente, acrecentado por el escaso sitio de quienes lo sortean. De ahí que la profusión de sangre torera fluya hoy en sentido inverso al corte de apéndices.
Antecedentes trágicos
Ya eran las señaladas las pautas típicas de San Isidro cuando, en 1987, los tres primeros festejos arrojaron sendos heridos de gravedad (Joselito –perforado el cuello por un Peñajara–, Rafael Camino –al que se llevó por delante uno del Puerto de San Lorenzo– y el prometedor novillero José Luis Ramos, el más grave de los tres, enviado a la enfermería por un morlaco de Martínez Elizondo), aunque la dramática seguidilla provocó la natural desazón entre los aficionados, en el resto de la feria –otros 20 festejos– sólo dos heridos más arrojó, El Soro y Carlos Aragón Cancela. Luego, en 1988, ocurriría el lamentable deceso de El Campeño, modesto banderillero al que un toro de Arribas prácticamente degolló. Y aunque en años posteriores amainó el temporal, a nadie extrañaron las gravísimas heridas de José Luis Bote (1992) o Miguel Espinosa (1995), al que una banderilla casi yugula porque en Madrid hasta los palitroques encierran peligro.
Mal año, duro oficio
Pero lo de este 2009 sí huele a cera. Sucesivamente han ido cayendo Miguel Abellán (9 de mayo, pronóstico menos grave), el banderillero Gimeno Mora (11, cornada grave y fractura de clavícula), Iván Fandiño (12, leve), Luis Bolívar (13, reservado), otro subalterno, Rafael Cuesta (14, grave), Antonio Ferrera (15, menos grave), el novillero mexicano Mario Aguilar (18, leve), Javier Valverde (24, reservado), el también novillero Francisco Pajares (25, leve), Israel Lancho (27, a quien el 6º de Palha hirió gravísimamente al introducir 20 cm. de pitón en su hemitórax izquierdo, respetando por milagro el valeroso corazón de este espada casi sin contratos), Salvador Cortés (28, menos grave), e incluso uno de los mejores ejemplares de la lujosa cuadra de Pablo Hermoso de Mendoza, el portugués “Patanegra” (día 23), al que solamente una atención muy especializada en la facultad de veterinaria de la Universidad Complutense mantiene con vida. Varios de los heridos tuvieron el rasgo de cumplir con algún contrato posterior (Abellán, Bolívar, Valverde), sin que sus toros los ayudaran ni el público se los agradeciera.
Recuento de orejas
En realidad, los apéndices finalmente cobrados harían una cifra inferior a la de los diestros heridos de no mediar la generosidad presidencial típica de las corridas de rejones. Gracias a ella, Hermoso de Mendoza consiguió pasear tres orejas y salir en hombros el día 17, tras par de lidias que la crítica no cataloga entre las mejores del navarro, y tanto Andy Cartagena como Álvaro Montes cobraron un auricular por barba. En cambio, entre los matadores sólo han cosechado un trofeo Emilio de Justo, Capea hijo, el colombiano Luis Bolívar, Matías Tejela, Morante de la Puebla y Daniel Luque, sin nadie premiado con dos orejas, pues Sebastián Castella salió por la puerta grande el día 14 tras desorejó de una en una a su lote de Garcigrande. Completada anteayer, sin triunfos y con las lamentables bajas ya señaladas, la denominada semana del toro –animales descomunales de divisas terroríficas para diestros desesperados–, empieza este martes una especie de remanso, semana de aniversario la llaman desde su creación hace cuatro años, que se distingue por lo rematado de los carteles y la índole menos aviesa del ganado. Ojalá que sirva para enmendar la plana de un San Isidro particularmente doloroso, cuya cima artística quedó indeleblemente marcada por Morante cuando, el jueves 21, inmortalizó con su capote brujo a un noble burel de Juan Pedro Domecq.