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Lunes, 1 de junio de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 SEMANÁLISIS 

Dream team...

 

 
Horacio Reiba

El sobrenombre en inglés fue usurpado por los seguidores del Barça del equipo norteamericano de basquet, que asistió a los JO de Barcelona 92, el cual reunía por vez primera a verdaderas estrellas de la NBA. Naturalmente, el oro olímpico fue a dar casi sin esfuerzo a sus altísimos cuellos. Ese año, el Barcelona de Johan Cruyff alcanzaba por primera vez la Copa de Europa –antecesora directa de la actual ChL– al vencer en Wembley al Sampdoria italiano gracias a un tiro libre de Ronnie Koeman que abrió y cerró marcador cuando se jugaban tiempo extra. De modo que este segundo dream team estuvo lejos de ejercer la tajante superioridad del primero. Incluso, las cuatro ligas de España que en fila conquistó –entre 1991 y 94– se decidieron casi siempre en el último partido y del modo más dramático. Aunque parezca extraño, esto reforzó el prestigio del holandés y su inflexible fidelidad al rondó, una manera de entender el juego como inextricable maraña de pases cortos que mareaba y desesperaba al rival a medida que se sucedían dinámicamente en todos los sectores de la cancha. Distribución y movilidad era el secreto. Y mucha concentración para saber en todo momento qué hacer con la pelota. Algo había ahí de la vieja escuela holandesa de la que el propio Cruyff fuera símbolo y artífice. Pero sobrevino cuando ya el movimiento perpetuo de la Naranja Mecánica había sido adoptado por todo mundo, aunque sin el rango estético que distinguió a la camada inmortal de Rinus Michels. Cuando el Milán de Capello trituró en Atenas a ese Barça en la final europea de 1994, el dream team catalán empezó su declive. Mismo que se acentuó cuando, en el siguiente torneo de Liga, el Real Madrid de Valdano les arrebató la corona y la magia.

 

El profeta Pep

En el equipo de Cruyff, el hombre clave era Josep Pep Guardiola, al que tomó siendo un adolescente flacucho que se entrenaba en la Masía –la hoy famosa cantera del Barça– y convirtió en su as bajo la manga, patrón del medio campo, administrador de la pelota y regulador de los tiempos y movimientos –el dichoso rondó– de aquel delicioso equipo de futbol. Cuya profunda huella sobrevivió a todos los avatares transcurridos desde entonces. Después de Cruyff llegaron Robson, Van Gaal y Rexach, el Barcelona salió otra vez campeón un par de veces, pero la grada seguía añorando a Cruyff y su dream team, Guardiola y rondó incluidos. Entre tanto, Pep había dejado al club de mala manera para sortear inmerecidos contratiempos en el italiano Brescia y, triste y discretamente, cerrar su carrera en México ataviado en la elástica de Dorados de Culiacán el año que entre él, Borgetti y Iarley les salvaron la permanencia. Cuando en 2007 volvió a su Barcelona de siempre, le ofrecieron entrenar la tercera división del club blaugrana. Aceptó de inmediato.

 

La posrevolución

Con Rijkaard al mando y Ronaldinho en pleno show, el Barça tuvo un repunte espectacular que supuso dos ligas más para su vitrina y, en 2006, la segunda Copa de Europa, ganada en París al Arsenal en un partido en el que brilló Márquez y faltó Messi, lesionado. Pero a ese proyecto el ocaso le llegaría pronto, producto del declive de Dinho y la reaparición de ese peculiar desánimo, tan recurrente a lo largo de la historia del club que es “más que un club”, en el decir de los catalanes. Hace menos de un año, el presidente Laporta eludió la destitución mediante una votación apretadísima, y luego de rebuscar en el mercado de entrenadores sin encontrar a nadie que le convenciera apeló al DT de las inferiores, el emblemático Pep Guardiola, en cuyo expediente no figuraba hasta ese momento un solo equipo profesional. Pero Guardiola se sumergió en el ambiente del plantel y se encomendó al rondó, radicalizado por su fanático gusto por el balón. Para ejercer de Guardiola II tenía a Márquez dentro de su propia cancha, y una pareja de “pequeños” que había ido ganando madurez con los años: Xavi Hernández y Andrés Iniesta, dos productos netos de la Masía. Adelante, ya se encargaría de provocar desparramos y sembrar el pánico el argentino Messi, otra pulga más para oponer su genio a los mastodontes al uso.

 

En busca de la triple corona

Con ese equipo y ese libreto, el Barcelona se ha paseado por las canchas españolas llenándolas de futbol y belleza desde el Mediterráneo al Cantábrico y de los Pirineos a Levante. La culminación: el 2–6 del Bernabéu y la Copa ganada por goleada al recio Athlétic de Bilbao. El equipo arrasó también en Europa... hasta que topó con el Chelsea, especie de roca granítica que en semifinales de la ChL sacó un 0–0 del Camp Nou y a punto estaba de despacharse al Barça en Stamford Bridge cuando llegó el gol empatador de Iniesta, ya en tiempo de descuento. El réferi noruego se retiró insultado a coro por los ingleses. Había dejado de marcar dos penales en el área azulgrana, como castigando sin querer la tacañería del ultradefensivo escuadrón británico.

 

Jubileo romano

Poco hay que añadir a lo dicho en todos los medios y tonos posibles sobre la final de la Champions del miércoles 27, en el Olímpico de Roma. ManU sólo existió durante los 9 tensos minutos –con tres peligrosos remates de Cristiano Ronaldo, borrado luego del partido– que precedieron al gol de Eto’o, servido por Iniesta para crujirle la cintura a Vidic y batir a Van der Sar empujándola de puntera. Lo demás fue un recital culé, inspiradamente orquestado por Xavi e Iniesta, y oportunamente coronado por Messi mediante un delicado, colocadísimo golpe con la frente que puso el balón en un ángulo inaccesible al portero holandés. Messi –de los más “chiquitos” del Barça– había cabeceado el medido pase de Xavi surgiendo por detrás de la pareja de centrales más alta de Europa: Vidic y Rio Ferdinand, tan extraviados por entonces como el resto de sus compañeros, meros espectadores involuntarios de lo que pudo ser una histórica goleada –pero el flojo Henry y el exuberante Puyol se perdieron hasta tres mano a mano con el arquero. Ningún equipo español había ganado hasta ahora los tres torneos de la temporada (Liga, Copa y Champions), hazaña equiparable a la del Celtic Glasgow (1967) y el propio ManU (1999).

 

Alcances

Pero lo de Guardiola apunta más allá. Su intensificado rondó representa no sólo la revancha de Cruyff y sus obsesiones estéticas, sino una alternativa táctica digna se seguirse con atención. El Barça ha demostrado que la victoria del futbol bello es posible si se adopta convencidamente y se introyecta en sus jugadores desde edad temprana. Exige convicción y método, pero la retribución será impagable. En Roma, la alineación azulgrana incluía a los canteranos Valdés, Puyol, Piqué, Busquets, Xavi, Iniesta, Messi e incluso Pedrito, a quien Guardiola incorporó cuando el partido expiraba. Entre esos nombres estaban las figuras históricas de este partido. Y quien sabe si de una nueva era futbolística.

 
 
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