Seguramente todos, por lo
menos un par de veces, hemos
escuchado que la información
es poder. Esta idea,
como muchas otras, en el camino
se torció y encontró en muchos
la oportunidad para manipular voluntades,
ocultar realidades y evitar
la reflexión y la crítica.
Sin duda alguna, esta oportunidad
fue propiciada y alentada
por el paulatino alejamiento social
de los asuntos públicos, el
adormecimiento de nuestra conciencia
ciudadana y la escasa o
nula existencia de espacios y mecanismos
para que la sociedad
intervenga realmente en la toma
de decisiones estatales.
Y es cierto, la información es
poder, pero no ese poder falto deética, sino aquel que incluye desde
la diferencia, el que estimula
actividades y capacidades, el poder
de generar liderazgos para
obtener resultados, el poder que
permite construir consensos y mejores
oportunidades para todos,
especialmente para las mujeres.
Si los que asumen el poder
político no cuentan con la visión
para impulsar la transparencia y
consolidar el derecho de la información
pública como factor indispensable
para tener un buen
gobierno, al que describiría F.M. Kinger como una fecunda lluvia
de verano que moja, sin que se
oiga, los ciudadanos y las ciudadanas,
debemos enseñarles el camino
a seguir.
Debemos hacerles saber que
nos interesa escucharlos en campaña
y recibirlos en nuestras casas
y calles, pero que es mucho
más importante escucharlos cuando
asumen el cargo público, pero
para que nos informen y rindan
cuentas de su función, no
para que sean adulados. Y la mejor
manera es cuestionarlos, preguntarles
sobre el sentido y el
por qué de sus decisiones y cómo
es que éstas repercuten en
nuestra calidad de vida.
Es posible tener buenos gobernantes,
legisladores comprometidos
y jueces imparciales, la
clave está en lograr un diálogo
permanente y de alto nivel que
nos permita conocer y vigilar a
los servidores públicos, apoyarlos
cuando defienden nuestros intereses
y evidenciarlos cuando
se olvidan de ellos, para eso nos
sirve la información pública.
coral.avila@gmail.com