Después de la Revolución de 1910, México ha registrado infinidad de hechos violentos, particularmente en contra de grupos y movimientos sociales; así sucedió en 1968 y en la lucha contra la guerrilla en la década de los setentas.
La clase política asumía con orgullo las palabras del benemérito de las Américas: “tanto entre los individuos como entre las naciones el respeto al derecho ajeno es la paz”, hasta que llegaron los panistas que hicieron de la acción pública una guerra.
La guerra es contra todo y contra todos y para ello se disfraza de verde olivo el comandante supremo de las fuerzas armadas, sólo que en tres años ni la táctica, ni las estrategias dan algún resultado concreto de esa lucha contra el crimen organizado, sólo muertos y detenidos.
Cíclicamente se dan golpes mediáticos para que la población se dé cuenta de que las batallas en el desierto continúan. Unas veces para ocultar la caída del crecimiento económico, otras para ocultar que el dinero petrolero se ha gastado inútilmente y otras para apuntalar las elecciones.
Ejemplo de ello, la caída del zar antidrogas, un general de división. La detención y encarcelamiento de un ex gobernador y la muerte de un general en el mismo estado. La limpia en las fuerzas federales y su cambio de denominación.
En todos los estados “libres y soberanos” se realizan acciones y por lógica consecuencia tiene repercusión político–electoral. Lo que menos importa es el bienestar de la población, lo vital es que no se den cuenta de que pueden vivir mejor sin ellos.
En el tercer distrito electoral, el lenocinio se ha convertido en una industria familiar, actividad que se ha transformado en un elemento común de la cultura, lo que indica que se reconozca y se respete. Es la región en donde menos delincuencia se registra.
Ninguno de los candidatos a diputados federales toca el tema, lo que hace que la materia prima del acuerdo de la clase política tiene que ver con la complicidad.