Una de las razones más poderosas que influyeron en la elección de los tlaxcaltecas para contribuir al proyecto de pacificación y colonización convocado por las autoridades virreinales novohispanas entre 1590 y 1591, fue la aculturación alcanzada y enriquecida, generación tras generación, por los habitantes de la entonces provincia de Tlaxcala.
La primera etapa del proyecto de colonización requería que fuesen establecidas las condiciones jurídicas que aseguraban los privilegios de los migrantes, es decir, el pacto escrito que garantizaba el abastecimiento de víveres, enseres y ropa para los viajeros no sólo durante el trayecto, sino por espacio de dos años, además de tener la seguridad que, adonde llegaran, recibirían apoyo para abrir y acondicionar las nuevas tierras para el cultivo, la exención de impuestos y el establecimiento de mercados, entre otros derechos.
Cuando tales condiciones fueron negociadas y firmadas por las autoridades, entonces dio inicio la segunda etapa de trabajo: se trataba de dar a conocer mediante pregón, es decir, a voz en cuello, en los principales sitios de reunión como tianguis, plazas y atrios, la invitación para registrarse como participantes en la jornada migratoria hacia el norte.
Estudios del Colegio de Historia de Tlaxcala sobre la salida de las 400 familias tlaxcaltecas a colonizar el norte del país, cuya fecha de conmemoración se cambió del 6 de julio al 6 de junio para el presente año, refieren que es de reconocer que, como en cualquier proyecto novedoso, se presentaron críticas, malentendidos y desavenencias. Los registros históricos indican que cuando fue dado a conocer públicamente el alistamiento, ciertos nobles indígenas rumoraron acerca de la falsedad de las expectativas y promesas a quienes voluntariamente se ofrecieran a ir a lo que ya entonces se conocía como la Gran Chichimeca; es de suponer que el principal temor de esta nobleza era la contrariedad de perder mano de obra y captación de tributos.
Sin embargo, tampoco debemos perder de vista que por aquellos años, la economía de la provincia tlaxcalteca atravesaba por malos momentos. La de entonces, era una población que todavía trataba de reponerse de las plagas que la habían disminuido, además de tener que mantener ciertos “contratos de trabajo” con la vecina Puebla y cumplir con la carga tributaria asignada a la provincia de Tlaxcala.
Quizá tales circunstancias representaron precisamente el estímulo con que el tlaxcalteca común alimentó la visión de mejorar su situación. Por ello, no sorprende que una parte considerable de los tlaxcaltecas migrantes fueran hombres y mujeres jóvenes, en plenitud de capacidades productivas y reproductivas, incipientes familias que contribuyeron con trabajo y tesón en la transformación material y espiritual del norte novohispano.
Así entonces, convencidos de las posibilidades que ofrecía sumarse como migrantes, daba inicio la tercera etapa: preparar lo que hoy día llamaríamos la logística del trayecto, es decir, los medios de transporte, los enseres domésticos que facilitarían el viaje y el posterior asentamiento, los todavía escasos aperos de labranza, las herramientas y la enorme variedad de semillas, frutos y plantas que ayudarían a los tlaxcaltecas a modificar el entorno.
También llevaron consigo esa parte tan significativa del conocimiento empírico que incluso hoy día persevera como elemento fundamental de la vida cotidiana tlaxcalteca: las técnicas de preservación y cocción de alimentos, las expresiones culinarias generadas a partir del maíz y el trigo, el tratamiento de toda clase de fibras (palma, tules, algodón, lana, ixtle), la tradición herbolaria, la cerámica.
Así, al paso de los años, para los habitantes del norte se volvió común la presencia de objetos cotidianos como jarros, ollas, cajetes, comales, metates, metlapiles, molcajetes, temolotes, petates, aventadores, chiquipextles, chiquihuites, telares de cintura y los hornos de pan.
Los colonos tlaxcaltecas, además de transformar el medio ambiente de diversos lugares del norte y noroeste de la Nueva España, llevaron consigo su tradición religiosa, fomentando así la devoción a la virgen del Roble, al señor de la Capilla de Saltillo, al señor de la Expiración, al señor de Tlaxcala (Cristo de caña), San Antonio, San Juan, San Francisco, La Asunción e invocando el patrocinio de San Miguel Arcángel, la virgen de Ocotlán y la de Guadalupe.
Un somero recorrido por los nombres de las nuevas comunidades indígenas tlaxcaltecas es altamente indicativa del santoral de la provincia de origen: San Luis de Colotlán, San Miguel de Mexquitic, La Asunción Tlaxcalilla, San Esteban, San Miguel de Aguayo, San Francisco de los Chalchihuites, San Juan de Tlaxcala, San Antonio de la Nueva Tlaxcala y La Concepción, entre otros más.
Muchos siglos han pasado desde el inicio de aquel proyecto; no obstante, su transcurrir no ha minado sino, por el contrario, ha fortalecido la presencia y herencia tlaxcalteca en la vasta geografía norteña a través del desarrollo agrícola, textil, culinario, religioso y político, todos ellos, elementos culturales que los tlaxcaltecas conservaron y difundieron y que, al presente, constituyen la imborrable huella de su participación en otro proyecto: aquel que al paso del tiempo, devino en la configuración del rostro y la identidad de nuestro México.