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Viernes, 29 de mayo de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 CINE 

Humo blanco para signore Robert Langdon

 
ALFREDO NAIME

En este momento, no hay duda, la atención del cinéfilo local se ve acaparada centralmente por dos títulos: Ángeles y Demonios, de Ron Howard –adaptación del bestseller de Dan Brown– y claro, X–Men orígenes: Wolverine, de Gavin Hood, cuarta entrega de la exitosa saga de los X–Men iniciada casi una década atrás. Aquella, la de Howard, vuelve a llevarnos –después de El código Da Vinci– por un argumento relacionado con intrigas y entretelones ligados a la iglesia, lo que por supuesto no necesariamente es del agrado de todos los habitantes de nuestro planeta. Lo curioso: si bien la novela en que se basa Ángeles y Demonios ubica sus actos antes que aquellos de El código Da Vinci, el film fue escrito como una secuela de los sucesos que conocimos en Da Vinci, de nuevo con Tom Hanks encarnando al increíblemente lúcido, simbólogo de Harvard, Dr. Robert Langdon. Pero esta vez, por fortuna, con el cabello grato; perfectamente lavado, peinado y admisible. (Si usted no sabe de qué estoy hablando, o no vio El código Da Vinci, o sí la vio, pero ya se le olvidó cómo “lucía” –es un decir– el pelo de Hanks en la película). En cuanto a X–Men orígenes: Wolverine, habrá oportunidad pronto, después de revisarla un par de veces, de valorar en este espacio sus alcances. Eso sí, vale la pena comentar que Gavin Hood, su director, es también el realizador de Tsotsi, un excelente film sudafricano ganador en 2006 del Oscar a mejor película extranjera.

Pero deseo regresar brevemente a Ángeles y Demonios, que entra a su segunda semana de exhibición. Lo hago para decir que, fustigada en muchos momentos de su producción como anticatólica por diversos grupos, ahora ha recibido, inmediatamente después de su estreno, una opinión favorable de L’Osservatore Romano, órgano oficial del Vaticano, que la juzga “un entretenimiento inofensivo, que difícilmente afecta el genio y misterio del cristianismo”. No se olvide que, en su momento, Ron Howard no pudo filmar en geografía vaticana y que incluso debió construirse una réplica a escala de la Plaza de San Pedro para solventar el rodaje de no pocas escenas. Pero pasando a lo medular, ¿Ángeles y Demonios es o no mejor que El código Da Vinci? Para mí es mejor por un lado, y más entretenida por el otro. A Da Vinci el film, terminó por hacerle daño el que tantísima gente haya leído El código Da Vinci, con lo que la expectativa popular se vio más bien defraudada al generarse desde la visualidad que cada cabecita imaginó a partir del lenguaje literario. Ahora, aunque también muchos han leído Ángeles y Demonios, las referencias directas ya no sólo están en las páginas de la novela, sino de hecho en el Robert Langdon fílmico ya conocido; es decir, ese que se parece a Tom Hanks (¡y con el plus de un cabello conocedor del shampoo!). Por cierto, ¿juegan un papel los Illuminati? Sí; central. ¿Repite el personaje de Sophie Neveu? Nah; y se le extraña, porque la nueva acompañante de Langdon, la guapa científica Vittoria Vetra (Ayelet Zurer), pareciera estar en la cinta sólo para proveer a Signore Langdon de múltiples pretextos para “urgentes conversaciones preocupadas”, como ha dicho Roger Ebert. ¿Y qué hay del Camarlengo (Ewan McGregor)? Prepárense, que viene con todo (cual saben quienes ya leyeron la novela).

Cambiando de tema, ¿se dieron cuenta de que Hijo de... Bush sólo duró en exhibición “el día y la víspera”? Bueno, con ese título de distribución (porque en realidad se llama W. simplemente), lo raro habría sido que el film ligara una segunda semana de pantalla. O su fracaso, ¿habrá sido culpa del personaje mismo, el propio Jorgito, al que las cosas siguen sin salirle desde la invasión a Irak bajo el pretexto de acabar con armas químicas, nucleares y de todo tipo que siguen sin aparecer? Sólo dios sabe. Pero mire: algo viene pasándole a Oliver Stone, que también ha entrado en modo toto, puesto que la cinta resultó –y no me refiero a la taquilla– una decepción, cuando se la esperaba de excepción.

 
 
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