Cosme y Damián fueron dos gemelos nacidos alrededor del 303, en una antigua población llamada Cilicia, que se encontraba en Asia Menor (la actual Turquía). Muchas leyendas giran en torno a su vida, pero en lo personal la que llama más mi atención es que, dedicados al oficio de curar, eran apodados los anágyroi, que en griego significa algo así como enemigos del dinero, ya que trataban a sus pacientes sin cobrarles honorarios. Claro que esto no era totalmente altruista, pues a través de sus actos convertían a los pacientes a la fe cristiana, que era particularmente perseguida y castigada.
En ese entonces, el emperador romano Diocleciano descargó su ira martirizándolos en múltiples formas que han llegado a la exageración. Según esto, primero los arrojaron al agua con piedras atadas a los pies, como no morían fueron quemados, y al seguir vivos los crucificaron. Ya atados a las cruces fueron apedreados y les lanzaron flechas sin ser tocados; por fin, los verdugos procedieron a decapitarlos con una espada que, dicho sea de paso, hoy está expuesta dentro de su funda, adornada de oro, en la catedral de Essen, Alemania.
No solamente se hacen referencias a milagros llevados a cabo en vida, sino también después de su muerte, lo que llevó a santificarlos y convertirlos en patronos de los médicos, los boticarios, los barberos (que en la antigüedad practicaban la cirugía), los dentistas y los encargados de tratamientos para sanar en balnearios. Cosme significa “adornado” o “acicalado” (de ahí la palabra cosmetología, que como todos sabemos es la actividad encaminada a utilizar productos para la higiene o acentuación de la belleza, aunque para mí, nada es más hermoso que lo natural), y Damián significa “domador” o “dominador”.
Es bastante claro que sus nombres no reflejan la simbolización de sus figuras y también es particularmente llamativo que los médicos ignoramos las razones por las cuales estos santos se consideran nuestros patronos. Lo primero que se me ocurre es por la sobreponderación atribuida a sus actos milagrosos y a la quimérica narración de su martirio, mencionadas en el martirologio romano. Su acto más prodigioso y conocido es la amputación de una pierna enferma en un hombre mientras dormía y el “trasplante” por otra, de un paciente recién fallecido y de raza negra. Lo admirable del hecho es la forma en la que quedó plasmada esta escena en una hermosísima pintura atribuida a Fernando del Rincón (Siglo XVI) llamada precisamente “La milagrosa curación de Cosme y Damián”.
Entrar en detalles sobre esto es interesante; sin embargo, obviamente desde la época más antigua, aunque efectivamente se llevaron a cabo “injertos” de plantas, el éxito de colocar un órgano de una persona distinta y evitar un rechazo data de apenas unos años a la fecha. Su festividad se lleva a cabo cada 26 de septiembre, pero ahora me surge una necesidad imperiosa de invocar a estos santos, pues estoy seguro de que con todo y lo fantasioso que pudiese imaginar un milagro de San Cosme y San Damián, creo que no nos queda más que rezarles, pues esto seguramente resultará mejor que creer en las acciones del inepto gobierno mexicano ante la influenza, el dengue, las lesiones y muertes por violencia, sobre todo después de que en el foro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) el secretario general José Ángel Gurría Treviño, el pasado 24 de mayo en Madrid, aceptó que la crisis fue ocasionada por errores cínicamente admitidos. Una plegaria sería más útil que las ineficaces medidas del ejecutivo que nos mantienen al borde del llanto.
¡Cómo extraño el gobierno de Fox!, porque si bien fue malísimo, con sus cotidianas burradas, sandeces, torpezas y disparates, al menos nos hacía reír.
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