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Miércoles, 27 de mayo de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 DEL HECHO AL DICHO  

Viajar es un placer genial... sensual

 
Manuel de Santiago

Los propósitos de un viaje pueden ser infinitos; el viaje mismo es un desplazamiento, por lo tanto viajar es desplazarse con o por un motivo. De este simple silogismo partiré pa-ra escribir en esta ocasión de los viajes por placer, es decir de los viajes turísticos.

Muchísimas personas en nuestro país no pueden hacer este tipo de viajes, es más hay quienes ni siquiera consideran esto co-mo algo posible en la vida, dada su estrechez económica, de pura subsistencia. Ilus-tremos esto imaginándonos a una familia campesina de vacaciones: padre, madre y cuatro hijos trasladándose a la playa; estando en ella cuelgan bajo una palapa su ropa étnica y su morral de ixtle con el itacate y quedan solo con los trajes de baño para me-terse al mar; la madre usa un recatado traje de una pieza y se recoge sus trenzas bajo una gorra de baño; la joven lleva un bikini y el padre y los hijos pequeños construyen un castillo de arena. La sola imagen resulta grotesca por improbable ¿no?

Los viajes turísticos en México son ac-tividades de la clase media para arriba, quie-nes de acuerdo a sus recursos económicos y sus gustos viajan una vez al año, por lo menos, para evadirse un tiempo de la rutina, descansar, conocer y comprar a güevo cualquier cosa, la necesiten o no. Su único propósito definido es llegar al lugar de mo-da o... a la “playa”, donde se atipujen una buena cantidad de mariscos y cualesquier otras viandas que se les ofrezcan.

En cuanto a los viajes al extranjero, es Estados Unidos un destino obligado para iniciar el fogueo peregrino, estar dentro de la admirada sociedad anglosajona, observar el orden, conocer la nieve en la temporada y aplicarse a la fayuqueada. Viajar a Europa es una meta anhelada en la vida de mucha gente del “medio pelo”, porque con ello algunos individuos incrementan su prestigio ante sus prójimos, tratan de equipararse a los de más arriba en la escala  so-cial e introducen en sus conversaciones alu-siones a su estancia de dos o tres semanas en el “vetarro continente” y aseveran –con tono doctoral y estereotipada mirada–, co-nocer in situ a italianos, a franceses, a alemanes, a españoles, etcétera.

Se viaja sin tener un conocimiento adecuado y apropiado del lugar al que se va a llegar. Son las referencias de los familiares y de los cuates la principal fuente de información, así como las imágenes que la televisión difunde. Se compran “paquetes”, porque los “servicios” que estos ofrecen satisfacen los antojos y las aspiraciones so-ciales del viajero mediopelero: hoteles con vestíbulos grandotes, con empleados uniformados, con cortesía de sonrisas congeladas, con habitaciones amplias, etcétera. El “pastoreo” es una razón para este tipo de turista, el cual recibe en recorridos “relámpago” la dosis de información (por encimita) que requiere para así tener tiempo suficiente para la compra compulsiva; una razón más es que los paquetes proporcionan “seguridad” necesaria, mínimo esfuerzo, poco trato con los nativos y la comodidad de que suponen gozan los ricos y que los convierten en  “reyes por un día”.

Hay otro tipo de viajes de placer, pero de ello daremos cuenta la siguiente semana, si es que ustedes vuelven a prestar su atención a esta columna y si es que en estos próximos días no se atraviesa alguna otra de las ya frecuentes “contingencias” de cer-dos o de marranos, es decir de animalitos o de políticos profesionales.

 
 
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