Cuando Mario Benedetti Farugia (Paso del Toro, Tacuarembó, Uruguay, 14 de septiembre de 1920–Montevideo, 17 de mayo de 2009) publicó su primer poemario (1939), un crítico apuntó la ambigua sensación de encontrarse ante “un mal libro de un poeta puro”. Como si aquel aspirante a empleado público se resistiera a dejar de ser nada más que eso: un uruguayo anónimo, urgido de manifestarse por la palabra. Así sería también su memorable Martín Santomé, oficinista solitario cuya momentánea iluminación se llamó Laura Avellaneda y duró apenas La tregua (1960), un brote de felicidad exigua previa al hundimiento silencioso. Pero ni Benedetti ni sus personajes eran sujetos inertes, pues los alentó siempre un coraje muy peculiar. Latinoamericanos a muerte, uno y otros plantaron cara a los enemigos de la vida, de la gente común, del sagrado derecho a la amistad y la alegría sin más arma que un inapagable fuego interno que hacía contraste con la modestia de sus medios.
Mario Benedetti vivió y murió sin estridencias. Pero esta sensación de estar diciéndole adiós a uno de los escritores más íntimamente nuestros, más cercanos a las duras realidades de Iberoamérica, patria común, tal vez se deba al sereno amor por la libertad y la fe inocultable en la gente sencilla que su obra rezuma. Un obra cuyos mejores páginas serán imperecederas, tal vez a pesar suyo.