Conforme han pasado los días, el panorama de la emergencia sanitaria impuesta se va decantando y aclarando más, aunque no precisamente en el sentido y las dimensiones en los que los medios desinformativos lo han planteado, pues cada vez se hacen más evidentes las inconsistencias de este “tratamiento de choque” emocional sobre la población como una vieja estrategia propuesta por Milton Friedman, uno de los padres del neoliberalismo, para reactivar el modelo económico que hace agua por todas partes.
Sin negar que haya existido un aumento estadístico de los casos de influenza, cuyo origen aún es indiscutible, pero que apunta en dos direcciones bien definidas: las insalubres y contaminantes granjas porcinas de la transnacional Smithfield en el valle de Perote, o por el norte en el estado de California, del otro lado de la frontera.
Es discutible que se decretara el virtual estado de sitio, justo en el momento en que las protestas sociales confluían hacia el 1 de mayo: los movimientos de solidaridad con los presos de Atenco, con los mineros en huelga de Cananea, con las protestas de la población de Ocotlán, Oaxaca, por la concesión entreguista de la explotación de sus minerales a compañías extranjeras, el aumento del desempleo, las quiebras de las pocas pequeñas y medianas empresas nacionales, el aumento de las víctimas del narcotráfico, y un largo etcétera de calamidades que se ciernen casualmente sobre el denominado patio trasero del otrora centro del poder económico capitalista.
En el caso de México la crisis sanitaria se da en el marco de las campañas electorales, en donde a la guerra sucia y descalificatoria entre los partidos, se añade el ingrediente del “miedo irracional” ante un virus todopoderoso y desconocido que sólo puede ser controlado por los cubrebocas que regalan los candidatos en sus concentraciones, en donde ya no se promete sino lo elemental: proteger la salud y la vida; todo lo demás es secundario: el trabajo, el salario, la contaminación, la corrupción, la inseguridad y la militarización.