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Martes, 12 de mayo de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

Una ceremonia más a la volcana

 

En la gráfica superior, Antonio Analco, tiempero de Xalitzintla, se dirige a la volcana Iztaccíhuatl como parte de la ceremonia de la petición de lluvias. En la inferior, los asistentes se apiñonan en la ladera de la montaña para comer, escuchar la música, bailar y participar en el ritual / Fotos Mariana Peláez y Juan Aurelio Fernández Meza
ALONSO FRAGUA

El cielo no mostraba señales de lluvia. La tierra desprendía su fresco olor y recibía a las decenas de hombres y mujeres que, bañados por los primeros rayos del sol, iniciaban su ascenso para ver a Rosita, la señora del volcán. Rosita, la “Mujer Blanca” que habita la Iztaccíhuatl y quien esperaba a don Antonio y su gente como cada 3 de mayo, día de la Santa Cruz, como desde hace incontables años.

Las camionetas con placas de distintos estados de México y la Unión Americana transportaban a las familias enteras hasta el límite que los vehículos ya no podían cruzar; a partir de ahí, los únicos apoyos para alcanzar la meta de más de 3 mil 800 metros de altura eran la fortaleza física y las ganas de participar en la ceremonia dirigida por Antonio Analco, tiempero de Santiago Xalitzintla, junta auxiliar de San Nicolás de los Ranchos.

Ya fuera por primera ocasión o con la experiencia de varios ascensos, los excursionistas recorrían con paso firme las veredas de la volcana. El aire puro se colaba en sus pulmones y una sola idea vivía en sus mentes: llegar a la cascada que acogería al ritual para pedir una buena temporada de lluvias.

Desde un costado de la caída de agua, Los Caballeros de Xalitzintla musicalizaban el viaje de los que se habían quedado atrás y alternaban su participación con las voces que se unían a don Antonio para entonar cantos religiosos mientras preparaban las ofrendas para Rosita.

La banda sonaba su tambor: Ya está cerrada con tres candados y remachada la puerta negra... Las voces se elevaban al cielo. Bendito, bendito, bendito sea dios. Los ángeles cantan y alaban a dios... El sonido del saxofón llenaba el espacio entre las rocas. Estas son las mañanitas que cantaba el rey David, a las muchachas bonitas... Los labios alababan sin cesar a la que consideran su madre. Oh María, madre mía, oh consuelo del mortal. Alabadme y guiadme a la patria celestial... y luego, Amárrame el mechón, mamá...

El día anterior a que don Antonio celebrara este ritual para Rosita, él y muchos de los que entregaban su ofrenda en la Iztaccíhuatl habían hecho lo propio en el Popocatéptl, en honor a Gregorio, el guardián del volcán.

Las oraciones y cantos católicos seguían. Los cohetes se elevaban al cielo aún despejado. La fruta, las flores, las velas y el copal pasaban de mano en mano hasta llegar a la profundidad de la cueva donde don Antonio hacía la entrega final a la “Mujer Blanca”. 

Sandía, naranja, papaya y manzana. Agua para llamar al agua. “¿Alguien más va a ofrendar fruta?”, preguntaba uno.

Pescado, nopal, papa y chile guajillo. Fogón. “¿Ya está lista la comida para Rosita?”, gritaba otro.

Y Los Caballeros de Xalitzintla no paraban: La del moño colorado me trae todo el día mareado... Y las cámaras y los celulares registraban sin dilación todo cuanto veían y escuchaban.

“Y usted, don Raúl, ¿qué le trajo a Rosita? ¿Salvia de California, hojas secas y confeti? Mire qué colorido”.

“Señora, para la próxima viene preparada con ropa extra o impermeable para entrar a la cascada. Si usted entra solita no sirve de nada. Tiene que estar don Antonio ahí para que le pida a Rosita que la sane a usted o a su familia. O lo que quiera pedir”.

Luego de varios minutos en la oscuridad de la cueva, don Antonio salía para cubrirse con un impermeable azul y pasar a la siguiente parte de la ceremonia. Seguido de una veintena de personas, el tiempero llegaba hasta la piedra colocada exactamente debajo de la cascada. Esta vez la ofrenda, además de fruta y claveles rojos, incluía pescado crudo.

Mientras el hombre movía los labios en silenciosa oración, una joven acompañaba el momento con el metálico y cristiano sonido de la campana, al tiempo que otro muchacho hacía que el caracol elevara su ancestral y pagano sonido por entre la brisa.

Después de unos segundos de expectación, don Antonio levantaba los brazos para recibir la fuerza renovada de la cascada que antes parecía dormitar. Ansiosas, las personas detrás de él pedían que pasaran las jícaras y las botellas para beber de esa agua que pensaban diferente, especial.

“¿Y esa agua hasta dónde se va, don Raúl? ¿Aguascalientes y Texas? ‘Ta bueno”.

Una vez que hasta la charola de metal de Corona estuvo llena y que las gargantas de todos los acompañantes fueron refrescadas, don Antonio regresaba a la entrada de la cueva para poder esperar el mole de pescado. Después de que Rosita probara el platillo, la centena de personas que la fue a visitar disfrutaría también de los tamales, el café de olla y, cómo no, del pescado en su mole rojo. Todo al ritmo de la música de la banda que comenzaba a ver las primeras nubes grises en el firmamento.

Ya con el cielo anunciando la lluvia, la comida circulaba con más alegría, los vasos recibían más tequila y los presentes buscaban pareja para iniciar el baile; y así, luego de varias horas en la cima de la región, los excursionistas emprendían el regreso, acompañados de las primeras gotas que Rosita les regalaba.

 
 
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