La capacidad que los seres humanos tienen para hacer frente a la adversidad, recuperarse, superar y construir sobre de ellos un comportamiento positivo, se le ha dado el nombre de resilencia.
Frente al riesgo, la sociedad redescubre que gran parte de la solución tiene que ver con la participación y el desarrollo de comportamientos que, a su vez, implican el cuidado personal y el de los otros.
Como siempre, al final de la crisis los responsables de la salud pública se dan cuenta de que la solución del problema, depende en gran medida de la observación de prácticas simples de educación higiénica.
Es absurdo pensar que después de una epidemia la población vuelva a la normalidad; lo vivido tiene que servir para desarrollar nuevos patrones de comportamiento entre la ciudadanía y entre los funcionarios públicos.
Es probable que en el último trimestre del año, cuando lleguen los fríos, se registre un brote de la enfermedad y para ello hay que estar preparado no con miedo para aislarse sino con el desarrollo de nuevos hábitos.
Es deseable que las medidas que hoy se dictan para mantener desinfectado los espacios, limpios los sanitarios, que se laven las manos y que los manejadores de alimentos mantengan las gorras y los tapabocas continúen.
Nuestra sociedad vive como toda sociedad contemporánea: en riesgo, y en ese sentido éste puede ser controlado desarrollando capacidades en la población que en este caso no pasan más que dedicar las tareas del sistema de salud a las tareas de promoción y prevención.
La sociedad mexicana sale fortalecida por sí misma y no porque el presidente de la República se autodesigne como el salvador de la humanidad, cuando durante la mayor parte de la crisis se refugió entre las paredes de Los Pinos.