Crisis es una palabra que no aparece en el diccionario de nuestros políticos, para los de “arriba” las cosas están bien o en el peor de los casos “no están tan mal”. Se-gún la versión oficial, la grave crisis financiera internacional sería para nuestro país, un simple catarrito; para el gobierno de Calderón, el país goza de una economía tan sana, que somos sujetos de crédito por más de 70 mil millones de dólares (¿por qué entonces necesitamos un préstamo tan grande?); dinero que será principalmente aplicado para sanear y evitar la quiebra de las grandes empresas (ya se dispusieron pa-ra tal fin 4 mil millones de dólares), mientras que para enfrentar la emergencia sanitaria que amenaza a toda la población, só-lo 337 millones. En la antesala de la epidemia de influenza por virus porcino, que rápidamente se está convirtiendo en pandemia, el secretario de salud, Córdoba Vi-llalobos, describió el brote como “casos ha-bituales fuera de temporada”.
Es en situaciones de crisis (económica, emocional, social, de salud, catástrofe, etcé-tera), donde se conoce de qué están he-chas las personas, los pueblos y sus gobernantes. En la historia moderna de México, son varias las crisis que nos han tocado vivir: la crisis social y política del 68, el terremoto de 1985, las múltiples crisis eco-nómicas que entre otros resultados ha ocasionado la devaluación de nuestra moneda en más de 15 mil por ciento, la crisis educativa que se traduce en fuerte rezago es-colar, la crisis de credibilidad en nuestras instituciones públicas y sus representantes, y las que en este momento más nos afectan y preocupan: la económica y la de salud.
Pareciera que el estado “natural” de los mexicanos fuera vivir en situación permanente de crisis; sin embargo, no todos las vivimos y padecemos de la misma manera. Paradójicamente a los que más les aflige una crisis, menos oportunidad de decisión tienen sobre la misma, y a los que me-nos les afecta, tienen el poder suficiente para enfrentar y aprovecharla en su beneficio. Así mientras para la mayoría una crisis significa amenaza y peligro, para una minoría eso mismo significa, una oportunidad para usufructuar.
Mientras a los grandes empresarios les vaya bien y sus obesas fortunas no sufran merma alguna y la clase política mantenga sus privilegios: sus negocios turbios, sus jugosos salarios y prestaciones, en este país “no pasa nada, ¿cuál crisis?, es una invención de los catastrofistas”. Las crisis son para los simples mortales, los ciudadanos de a pie, los que con su trabajo y raquítico salario hacen que este país so-breviva. Solos y muchas veces a pesar del gobierno, tenemos que enfrentar las crisis recurrentes como dios nos de a entender, unas provocadas por los que dicen representarnos, otras por fenómenos naturales que se agravan tanto por la incapacidad de ellos, como por nuestro comportamiento como ciudadanos.
En estos momentos de adversidad, los mexicanos necesitamos hacer uso de la fortaleza genética de nuestra raza, de la ri-queza cultural de nuestros antepasados, del coraje y la dignidad con los que lucharon y dieron su vida nuestros héroes para que este país no se deshiciera, pero sobretodo del amor y el compromiso para que podamos heredar a nuestras futuras generaciones un mejor México, y preservar así el or-gullo de nuestro linaje. Algunas de las ac-ciones que como ciudadanos y no simple electores (como pretenden vernos los po-líticos) podemos emprender para enfrentar esta crisis de salud son las siguientes:
* Solicitar y compartir información cla-ra, oportuna y suficiente sobre el problema.
* Demandar la atención médica oportuna en caso de necesitarla.
* Confiar en nuestra propia capacidad para enfrentar, junto con las autoridades sanitarias, la dimensión del problema (“a Dios rogando y con el mazo dando”).
* Denunciar ante los medios y las autoridades, cualquier situación de abuso o fal-ta de atención que ponga en riesgo la sa-lud de la comunidad.
* Si mi comunidad está bien, yo también.
* En una emergencia, los más vulnerables deben tener preferencia.
* Que las soluciones nunca sean peor que el problema.
* Reconocer y movilizar nuestros re-cursos para enfrentar juntos el problema.
* Si nos unimos y nos organizamos, es mejor.
* Para enfrentar la emergencia, la solidaridad por delante.
* Que el miedo nunca sea mayor que nuestra esperanza.
* Yo puedo cuidar por mi bienestar, el de mi familia y el de mi comunidad.
* Después de la crisis las cosas no de-ben seguir igual.
Un problema de salud pública tan gra-ve como el que actualmente nos amenaza a todos los mexicanos, nos revela la injusta e inmoral distribución de la riqueza y la imperiosa necesidad de hacer algo para cambiar esa absurda realidad, empezando por aprender a hacer valer el cumplimiento de nuestros derechos fundamentales, co-mo es el de la protección a la salud. En este sentido, vale la pena hacernos varias preguntas: ¿por qué de entre todos los países del planeta, este virus se instaló en México y con tan fatales consecuencias?, ¿cuáles de nuestros estilos de comportamiento han favorecido el desarrollo de es-ta epidemia?; en estas condiciones, ¿si se-guimos haciendo lo mismo, a qué otros riesgos estamos expuestos?, ¿qué hemos aprendido los mexicanos de las crisis que nos ha tocado vivir?; ¿qué responsabilidad nos toca a los ciudadanos y cuál a las autoridades, en estas dos últimas crisis (la económica y la de la influenza)?; si el de-recho a la salud es una garantía constitucional, ¿cuál es la responsabilidad del go-bierno para brindar los servicios sanitarios de calidad a todos los mexicanos?, ¿deberíamos ser tomados en cuenta por nuestras autoridades al momento de tomar decisiones tan importantes? Finalmente, si el mo-delo de país actualmente vigente no ofrece soluciones para lograr una vida digna y con dignidad para todos los mexicanos, ¿no sería ya hora de que empecemos a cambiar este sistema que sólo beneficia a unos cuantos? Un buen principio en esta dirección sería retirar nuestro voto a los partidos que reiteradamente se muestran tan incompetentes a la hora de elegir a malos candidatos que luego se convierten en pésimos gobernantes y de los cuales no se hacen responsables.
*Profesor de la Facultad de Psicología, UAP.