El pasado jueves, don Eduardo Merlo y un servidor estábamos emplazados a platicar de toros con quienes tuvieran a bien asistir al cierre de Los Toros Hablados en su versión 2009. Se suspendió el evento y en suspenso quedó el alegato que mis personales preocupaciones sobre el futuro de la fiesta me fueran dictando, como contrapunto de la intervención de Eduardo, centrada en la presencia en las culturas antiguas del Padre Toro, ese tótem persa y mediterráneo sacralizado por las mitologías indoeuropeas, atraído a los fastos de los reyes atlantes, honrado ritualmente con ágil valentía por jóvenes sacerdotes y sacerdotisas cretenses y confrontado en lucha a muerte por fornidos esclavos y gladiadores durante el imperio romano. Erudita exposición que el virus de la influenza les escamoteo a los aficionados a tales charlas, que llevan más de treinta años celebrándose.
Tema difícil
Si Lalo Merlo –arqueólogo y narrador de fuste– iba a hablar del culto al toro desde una perspectiva histórico antropológica, tocaba a quien esto firma imaginar el futuro de la particular tauromaquia que el siglo XX vio florecer. Ejercicio ambiguo éste, pues tendría que abordarlo desde dos sentimientos antagónicos: la fiesta se nos muere / la fiesta es inmortal. Como estrategia de entrada, revisaría la carga siniestramente agresiva que caracteriza crecientemente a infinidad de blogs abiertos al público de You Tube donde se comentan videos y filmaciones taurinas que nos permiten saborear lo mismo faenas actuales que escenas captadas hace muchos años. Casi sin excepción, el lenguaje de los enemigos de la fiesta destila odio y se aparta de cualquier asomo de decencia. Y llama la atención que mediante exabruptos cuya primera víctima es la gramática y donde toreros y taurófilos son invariablemente calificados de salvajes, asesinos y locos peligrosos, estos peculiares especímenes viertan sobre nosotros sus fobias personales, relacionadas más bien con malformaciones e inmadureces de su sensibilidad disfrazadas de cruzada purificadora. Desde luego, ni su actitud antisocial ni su menesteroso sentido de la lógica ni su desconocimiento y lejanía de la cultura permiten ubicar a estos belicosos militantes como gente preocupada por mejorar la calidad de la convivencia social y educar la sensibilidad de las nuevas generaciones. Lo suyo está más bien en línea con manifestaciones muy actuales –y ésas sí temibles– de arrasamiento de tradiciones que no contengan un marcado tinte anglosajón. Detrás de esa extrema sed de asepsia, de ese horror a la sangre y a la muerte –tan natural y humanamente inevitables, por otro lado–, se ocultan, hoy como ayer, los gérmenes de la intolerancia, la discriminación y los totalitarismos. De ser así, todos esos blogs cuajados de insultos gratuitos y gruesas insolencias –y escritos invariablemente en español, un detalle que apunta hacia niños verdes y jóvenes hispanos con tendencias europeistas– no expresarían mero desagrado ante el sacrificio ritual del toro en nuestras plazas, sino una disposición a destruir a cualquier precio ese hermoso anacronismo heredado de nuestros mayores que llamamos fiesta brava.
La otra hoja de la pinza
El futuro se complica cuando al agresivo asecho de la intolerancia ajena se le suma la venalidad propia. Entendiéndose por propia la actitud y las conductas de los taurinos mexicanos –empresarios, apoderados, ganaderos, publicronistas...– empeñados mediante sus lamentables enjuagues en negar todo vestigio de autenticidad a nuestra tauromaquia. Que si durante décadas fue perfectamente equiparable a la española, en apenas 20 años ha quedado como guiñapo y a punto de tocar fondo. Situación nada casual si uno repasa la trayectoria de quienes han manejado la Plaza México a partir de su “rescate” de 1989: desde entonces, este trozo de nuestro patrimonio cultural, extraordinariamente despierto y vital que tomaron entre manos ha pasado a convertirse en una especie de muerto en pie, abandonado por una afición a la que se ahuyentó a golpe de fraudes y simulacros. Si alguna vez, no hace tanto, la tauromaquia podía ufanarse de ser un singularísimo fenómeno de masas, único por su carga de emoción, belleza y valores, hoy no es más que un esqueleto para engañar incautos y reunir –o perder, quién sabe si a propósito– unos cuantos pesos sin importancia.
España
La embestida de los antitaurinos es allá feroz, sobrados como están de recursos, influencias y militancia furibunda. Si por ellos fuera, prohibirían las corridas. Y lo peor es que sus campañas ya dan frutos, bien amargos para el toreo. Que cada vez ocupa menos espacio en los diarios y prácticamente desapareció de la televisión (los pagos por evento significan reducir a ermita la postmoderna capilla donde se recluía la antes desbordante afición). Una manera vergonzante de acatar la oleada europeísta en boga, cuyo equivalente sería el agringamiento suicida que devora México. Pero la fiesta, allá como aquí, encontró su más temible Némesis en los taurinos y sus trapacerías. Tomo del cronista Antonio Lorca, destacado en la feria de Sevilla, las siguientes consideraciones: ¡Toca Amargura!, dijo una voz popular dirigiéndose a la banda de música durante el aburrido tercio de banderillas del cuarto de la tarde. Amargura es una célebre marcha procesional que acompaña en Semana Santa a las vírgenes sevillanas. Ayer fue la expresión del desencanto, una chispa de humor sarcástico de quien está harto de tanto engaño; la tristeza dolorida ante una tarde malsana de toros podridos, enfermos o vaya usted a saber qué... Una expresión de infinito desconsuelo por la muerte de la fiesta; porque ayer este espectáculo secular murió un poco más, pues muertos estaban sus protagonistas. (El País, 27 de abril de 2009).
Y sin embargo...
Continuemos con Lorca: De todos modos, algo extraño envuelve la ciencia ésta de la tauromaquia, tan denostada y tan amada... viva a pesar de todo... enigma que forma parte del alma de mucha gente... (ése) buscar la gloria en la muerte, y el sentimiento artista en la lucha abierta entre un ser humano y un animal salvaje. Lógico no parece, pero es verdad que nos conmueve en lo más hondo el galope de un toro bravo y el poderío de un héroe artista que es capaz de dominar y de crear. (Ibíd.).
Las gafas de Arrabal
Mientras la emergencia sanitaria clausura nuestros cosos –Aguascalientes, Juriquilla, Puebla...–, ese milagro irrepetible en pos del cual sigue yendo gente a los toros se hizo otra vez carne y gloria efímeras en la propia Maestranza sevillana, con las faenas de Manzanares, Talavante y Morante de la Puebla. Santiago Sánchez lo vio así: Morante está inconmesurable este año. Con el capote llenó de esencia de perfume caro la plaza. Con la muleta se hizo de su primer toro, “Señorito”, hasta lograr muletazos bellísimos en una faena interminable. Falló con la espada, pero la vuelta fue de apoteosis. Fernando Arrabal le tiró sus gafas en un arrebato. Qué torero para soñar el toreo. (www.portaltaurino.com, consultado el 29 de abril de 2009).