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Lunes, 4 de mayo de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 OPINIÓN 

Sencillas preguntas, respuestas ausentes

 
Carlos H. Reiba

1. Todas las cosas tienen un origen. Pero esta verdad tan simple no parece terminar de calar en México, país acostumbrado a dominaciones seculares, que por su propia naturaleza oligárquica empiezan por suprimir el derecho a disentir y terminan bloqueando en los súbditos la facultad de pensar. De modo que nadie o muy pocos se han preguntado por el lugar, los actores y las circunstancias precisas en que ese “virus nuevo” empezó a ser. Uno, al socaire de su denominación inicial (influenza porcina), imaginaría que viene del contacto de algún miembro de la especie humana con un portador del mutante que hacía “oinc oinc”. Pero hasta hoy, ninguna instancia oficial u oficiosa –por muy “científica” que se pretenda– ha hecho el menor intento por despejar tan simple y elemental incógnita. Tal vez con la idea supersticiosa de que lo que no se nombra no existe. De suerte que estamos ante una mutación monstruosa, “que ya se esperaba desde hace mucho tiempo”...pero sin origen. Sin epicentro. Como si la hubieran traído extraterrestres para expiación de nuestros pecados.

2. Según las encuestas, el gobierno federal debe estar más que satisfecho del positivo impacto entre los mexicanos de su actuación general ante la emergencia declarada por él mismo. Asombrosamente, la actitud eternamente pasmada y los inconcretos balbuceos del secretario de salud –por no hablar de la elocuencia tipo párroco de aldea que no sabe como terminar el sermón del funcionario de rango más elevado en el país–, han “tranquilizado” a la gente y le han permitido percibir “calidez” y “cercanía” por parte de los que mandan. Como digo, no deja de ser asombroso: o efectivamente somos subnormales, o esto es parte de un cultivo mediático para convencernos de que, con un poco más de credulidad de parte nuestra, podríamos fácilmente llegar a serlo.

3. El baile de cifras. Esto, que en países civilizados y ante una emergencia como la que se vive ya hubiera provocado una cascada de renuncias, en México ha pasado prácticamente de noche. Qué cosa engorrosa las matemáticas. A mí no me hablen de devaluaciones, rendiciones de cuentas, repartos de utilidades, recorte de presupuestos en educación, ciencia y cultura ni estadísticas de ningún tipo. A mí déjenme con mi futbol –aunque sea a puerta cerrada– y a mi vieja con sus telenovelas. Que bastante tenemos con ir toreando a los marrajos del desempleo, el subempleo, la enfermedad, la violencia, la hija respondona, el hijo desobediente...

4. Y detrás de todo, la realidad de una infraestructura de salud de cuarto mundo. Que se sepa, nadie más –aparte sesudos comentaristas que son leídos, si bien les va, por un 0.5 por ciento de la población– conoce del desmantelamiento sistemático del sistema de salud pública en nuestro país. Si el IMSS y el ISSSTE sufren un retroceso de cuatro o cinco décadas, los centros de investigación subvencionados por el gobierno prácticamente desaparecieron bajo el embate neoliberal, que abomina de ellos por el gasto suntuario que suponen. Y el macabro reflejo de esta situación es la nunca confesada pero evidente incapacidad para estudiar la cepa del “nuevo virus” y analizar las muestras de los enfermos sospechosos de tenerlo inoculado. ¿Al día de hoy, a cuántas personas se les han practicado análisis clínicos para reconocer el origen de su infección? ¿En qué laboratorios? ¿Cuántos de éstos hay en el país y cuántos especialistas aptos para efectuar los análisis? ¿Cuál es nuestra capacidad instalada, y cuál –en cifras– el grado de dependencia de laboratorios clínicos del extranjero? Son apenas unas cuántas interrogantes que nadie se ha preocupado por aclarar.

5. Uno de los timbres de orgullo del gobierno –voceado a todas horas y por todos los medios– es la disponibilidad ilimitada del medicamento indicado para tratar la novísima influenza. Pendiente de resolver la cuestión de cómo es que una cepa tan joven y extraña tiene ya el antídoto exacto para combatirla, queda por saberse qué tan universal es realmente la atención a los enfermos, y si no habrá entre ellos algunos claramente desatendidos, tratados con aspirinas, enviados de vuelta a casa a pesar de encontrarse febriles y afectados en vías respiratorias bajas, mantenidos durante horas en los pasillos de las clínicas, en una palabra  abandonados a su suerte. Para ello haría falta conocer en directo la situación que se está dando en clínicas y hospitales... y en las afueras de los mismos. Y eso es algo que, hasta el momento, parece estar vedado al periodismo en general. De modo que las preguntas inherentes flotan, como el virus, en el aire.

6. A los anteriores cuestionamientos habrá que sumar los formulados por Jaime Avilés (La Jornada, 2 de mayo de 2009) tocante a la censura funeraria puesta por el oficialismo como barrera contra cualquier asomo de información personalizada sobre las víctimas mortales de una epidemia que, en otros países, no ha causado bajas (19 en México hasta el sábado pasado). Faltan los nombres de ellas y ellos, y datos precisos sobre su situación socioeconómica y de atención médica. Las sospechas apuntan hacia esa amplia base de la pirámide social donde se hacinan 50 millones de pobres extremos.

7. Hay cuestiones acaso más técnicas pero igualmente urgidas de pública respuesta –el rector de la UNAM las mencionaba en entrevista con Carmen Aristegui. Para hablar del tema es preciso conocer detalles como los tiempos –máximo y mínimo– de desarrollo de la infección una vez ocurrido el contagio, el tiempo que lleva conocer con exactitud los resultados de los análisis clínicos, la virulencia real de la cepa (inevitablemente relacionada con las precondiciones de salud del infectado), las contraindicaciones en el uso del medicamento, los grupos de edades afectados e hipótesis plausibles relativas a la tendencia resultante...

8. Tampoco se han divulgado –aunque deben estar siendo manejadas reservadamente– gráficas y tabuladores que muestren a las claras la evolución de la llamada pandemia, a partir de sus datos y parámetros de medición fundamentales. Pero ésta es una tarea pendiente que concierne también a los medios y sus especialistas, los cuales, mediante el diseño de tablas y gráficas adecuadas, incluso estarían forzando a las instancias oficiales a responder a muchas de estas preguntas incómodas pero indispensables para que la gente entienda lo que está pasando.

Derecho a la información, creo que llaman a esto.   

 
 
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