¡Quiera Alá!... exclaman al unísono dos señoras con sendos velos en un concurrido mercado; al fondo se ven las mezquitas y se escucha una voz engolada que parece llamar a la oración. Ellas comentan con manifiesta autoridad acerca de la cepa mutante del virus de la influenza, el temible N1H1 y la señalan como una terrible plaga que se suma a la guerra que se libra en ese país.
Si usted, amigo lector, ha imaginado que estas señoras portan un itam o una burka musulmana, que se han reunido en un mercado de Islamabad y que la guerra de la que hablan es la yihad, está usted completamente equivocado: la escena transcurre en un supermercado de la ciudad de Puebla, la expresión quiera Alá se refiere a nuestro muy usado ¡ojalá!, el velo es simplemente un cubrebocas ordinario, las mezquitas no son tales; pido perdón porque quise decir “mosquitas” (de la fruta) y la supuesta voz que llamaba a la oración tampoco lo hacía, sino que anunciaba las ofertas del día. Por cierto, las señoras tampoco son epidemiólogas, sino que la información que manejan y la seguridad con la que hablan es resultado del océano de información que han vertido los medios de comunicación masiva, principalmente en la televisión.
El monotema de las últimas semanas tiene conmocionados a los habitantes de este país. No se habla de otra cosa que de lo que dicen las autoridades de salud y harto “especialista” que ha brotado como bacterias en caldo de cultivo, que si la fase 5 que señaló la OMS, que si las restricciones que han establecido los países para el acceso de los mexicanos a su territorio, que si los infectados, que si los “finaditos”, que si las medicinas adecuadas, que si los perversos chanchos más marranos que nunca, que si debemos evitar los contactos físicos y que si la escasez de los cubrebocas en las farmacias. Un señor me dijo que sabía de buena fuente que los cubrebocas sólo tenían una efectividad de cuatro horas a partir del momento de usarlos por primera vez.
Hay tales contradicciones en la información que lo único claro es el pánico que muchas personas muestran al cubrirse boca y nariz, porque suponen que se trata de un virus que circula por el aire y que es por necesidad mortal, casi como el virus “ébola”, causante de la fiebre hemorrágica que asoló a Zaire (actualmente República Democrática del Congo) en 1976.
Estoy absolutamente convencido de la importancia de tomar las medidas preventivas necesarias y de ofrecer a la población información precisa para evitar la propagación de esta enfermedad y de cualquier otra, pero el manejo político del asunto se ha hecho manifiesto con las apariciones públicas de los prohombres de la política mexicana, funcionarios o representantes populares, quienes debidamente embozados y con cara de circunstancia aseguran velar por el bienestar de su amado pueblo. No faltan los frecuentes avisos a la población, vía televisión y radio, que están suscritos exactamente por las mismas autoridades que han venido negando el apoyo a la investigación científica.
Por este aspecto bandolero de los hombres y mujeres públicos que salen tapados con la mascarilla médica, recuerdo a Ruperto Tacuche –personaje de la historieta de don Gabriel Vargas, La Familia Burrón–, quien era un ladrón arrepentido, que sabemos bien que en el caso de nuestros políticos no existe tal propósito de enmienda. Además, me quedo pensando que sería de gran utilidad que una vez pasada la emergencia los funcionarios mantuvieran cubierta su boca con un cubrebocas, pero de cuero, a manera de bozal, que ayude a evitar las rabiosas tarascadas que estas personas le meten al presupuesto público.
Yo mismo suscribo el ojalá, porque en esta tierra… la mexicana, no se vislumbra un cambio cercano para el bien de la gran mayoría de sus habitantes, los comunes como usted o como yo.