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Martes, 28 de abril de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

 OPINIÓN 

La influenza de 1918

 
ANAMARIA ASHWELL

La información divulgada por la alerta sanitaria en el DF es contradictoria. Un comunicado enviado el 24 de abril de 2009 por autoridades de la UNAM a sus estudiantes (y que profesores amigos del Colmex me re–enviaron) destaca que no se trata de “influenza aviar” sino del “tipo endémico que se presenta cada año”. Las noticias en la BBC, por otro lado, citan un comunicado de la Organización Mundial de la Salud que refiere han habido 60 muertes (tres en San Luis Potosí); muy probablemente esas muertes se deben a una cepa viral de influenza porcina. Siete casos no fatales en EU han sido confirmados como de influenza porcina y 12 de 18 muestras tomadas entre víctimas mexicanas confirman que murieron de un virus con la misma estructura genética que la que se encontró en esos pacientes. Expertos epidemiólogos estadounidenses, por otro lado, explicaron a la prensa que las personas que enfermaron en California y Nuevo México sufrieron contagio de una nueva cepa de influenza porcina que “combinan virus porcinos, aviares y humanos”.

Durante la investigación antropológica que realicé sobre la cultura religiosa de los barrios en Cholula, el recuerdo más vivo y persistente, entre ancianos y ancianas que servían de cuidadores o fiscales en las iglesias cholultecas, era el de la “gripe española” que azotó Cholula en 1918 (Creo para poder entender: la vida religiosa en los barrios de Cholula, 2002, páginas 112–113). Mi cuaderno de campo se llenó de recetas caseras, recomendaciones, milagros, rezos y rituales que los cholultecas utilizaron –además de penitencias ante la virgen de los Remedios– para salvarse de esa terrible peste. También con descripciones de los parientes, amigos y vecinos que murieron: mis informantes cholultecas describieron –como si hubiera sucedido ayer– el color oscuro, morado, que anunciaba el contagio y la hinchazón de extremidades cuando los pulmones llenos de líquidos ahogaron a sus seres queridos. Doña Tranquilina Pantle, mi informante principal –y en quien reuní varias voces– todavía lloraba a sus muertos de hacía 60 años atrás.

Ese año de la peste empezó en septiembre y cuando concluyó más de medio millón de estadounidenses yacían muertos. La enfermedad se expandió rápidamente por todo el planeta y llegó a diezmar comunidades de esquimales en Alaska que desaparecieron para siempre. El 20 por ciento de los samoanos también murieron y en todos lados donde azotó fueron los menores de cinco años, los ancianos entre 70 y 74 años y sorpresivamente los jóvenes fuertes y sanos entre 20 y 40 años, los más afectados. (Gina Kolata, Flu: the store of the great influenza pandemic of 1918 and the search for the virus that caused it.NY 1999). Cuando empezó la peste en septiembre de 1918 las partes médicas diagnosticaron a los enfermos con “bronconeumonía”. Nadie podía suponer que el virus que también causaba el resfriado y que la experiencia y el sentido común tenían por inofensivo pudiera mutarse en una cepa que provocaría una pandemia tan letal. En Cholula y en México (en verdad en la mayoría de los países) se le denominó “gripe española”. Esto se debió a que en febrero de ese año, cuando empezaba la temporada vacacional en San Sebastián, España, aparecieron allí los primeros brotes (publicitados) de la enfermedad y los rumores –Europa exhausta por la guerra– atribuyeron a los alemanes esa peste bacteriológica. No pasaron ni dos meses y más de 8 millones de españoles estaban contagiados, incluyendo el rey Alfonso XIII. Le atribuyeron a España el origen de la peste pero la epidemia no se había iniciado allí sino que había viajado a Europa con sus huéspedes, las tropas norteamericanas. Más del 25 por ciento de la población en EU ya estaba contagiada y el 2.5 por ciento (según estadísticas parciales del ejército) moría en pocos días. La influenza que provoca el resfriado común puede ser letal pero sólo entre menos de una décima del uno por ciento de los contagiados; esa cepa viral, sin embargo, que apareció en dos oleadas en EU en 1918, y que fue particularmente agresiva en nueve campamentos de entrenamiento militar en varios estados de la Unión Americana, casi inmediatamente se convirtió en una sentencia de muerte para millones de personas en todo el planeta; porque el método de contagio era sencillo y sin impedimentos: la influenza es una enfermedad respiratoria, el virus se transporta en el aire o en la mucosa y se comparte con un estornudo, una tos o con las manos. Pero la “gripe española” tampoco se había originado en los campos de entrenamiento militar en territorio americano como se pensó en un comienzo. El misterio del origen de la cepa de influenza que fue pandémica en 1918 primero se le atribuyó al contagio porcino; sin embargo, investigaciones posteriores descubrieron que su origen no estaba en los cerdos sino en las aves. Específicamente en las aves migratorias del sur de China. La epidemia de influenza porcina estudiada en 1976 fue –ese fue el consenso– de origen porcino (el doctor Edwin D. Kilbourne de Mt. Sinai School of Medicine New York llevó la investigación más prolongada y demostró la relación entre varias cepas de distintas epidemias; Influenza. NY Medical Books, 1987) y más de 40 millones de personas fueron inoculadas (El doctor Robert Webster de St Jude Research Hospital y la doctora Kennedy Shortridge de University of Hong Kong; sin embargo, publicaron que la influenza porcina también se originó indirectamente en aves; y se cuestionó si ese contagio fue del cerdo al hombre o viceversa; el virus porcino necesitaba mutar para albergarse en el pulmón humano); pero la influenza de 1918, según la tesis e investigación más aceptada, sugirió que provino de las aves: el virus aviar mutó gradualmente a través de un periodo de 50 años hasta convertirse en un patógeno viral particularmente letal para casi todas las poblaciones mundiales con excepción de los chinos –no así los cerdos– que habitaban el sur y que habían vivido en contacto prolongado con el virus. Investigaciones sugieren que si los soldados norteamericanos llevaron el virus a Europa muy probablemente fueron los trabajadores chinos contratados en Francia para construir trincheras de guerra los causantes del contagio entre las tropas y de allí se extendió a la población civil. El virus de la influenza que llegó a Cholula en 1918 ya andaba, entonces, viajando por todo el planeta, hacía mucho tiempo, mutándose cada vez más agresivamente para y en sus huéspedes de todas las nacionalidades. (M. Gladwell, The dead zone en The New Yorker, septiembre 29 1997). Cuando llegó a Cholula el virus se ensañó con los más fuertes y jóvenes o como me dijo doña Tranquilina Pantle, entre los de “pueblo” que eran “indios”. Es decir, entre aquellos que no habían tenido algún contacto o contagio con alguna cepa menos letal en tiempos anteriores. Al parecer (la línea de investigación más prometedora) –según investigadores epidemiólogos de Mt Sinai así como de la Universidad de Viena (los doctores Palese, García Sastre y Thomas Muster publicaron estos datos)– se descubrió que el virus de la influenza de 1918 carecía de un gen que ellos llaman NS1 que induce al virus a producir una proteína que se esconde dentro del organismo. Esta proteína puede bloquear la producción de interferón, la proteína que producen las células blancas humanas –y porcinas– para defenderse de ataques virales. El virus de la influenza que había llegado a diezmar a los jóvenes y fuertes en Cholula, en 1918, podía, simplemente, evadir el sistema inmunológico humano.

Hoy existen antibióticos que ayudan a eliminar infecciones bacterianas asociadas a la influenza; existen drogas anti virales que atemperan las infección viral; se ha aislado la composición genética de cepas de influenzas virales –incluyendo la de 1918– que permiten crear algunas vacunas, pero el problema reside en que los epidemiólogos no pueden predecir cual será la composición de la siguiente generación de virus: el contagio puede provenir de una o más cepas, o peor aún, de una mutación aún desconocida (Laurie Garret, The coming plague: newly emerging diseases in a world out of balance. NY 1994). Esperemos que esta alerta sanitaria actual sea por una influenza, como dice el comunicado de la UNAM, de cepa conocida y endémica.

 
 
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