Quiero hablar aquí de ella para que el médico que sabe de medicina y el que no sabe nada de ella, declare si es posible entender de dónde vino este mal y qué
causas puede haber, bastantes, para hacer de pronto tan gran mudanza.
Tucídides,
Historia de la guerra del Peloponeso.
Muy fácil tendemos a olvidar lo esencial, perdiéndonos en la marabunta de información inútil dejándonos ir de lo realmente vital. Y claro, en ocasiones así resulta difícil e inútil querer separar la paja del trigo, pues en estos momentos todo es paja o todo es trigo, da igual. Realmente no importa qué es real o qué no lo es, y por ello, en el claro del fuego cruzado de las informaciones mediáticas–cotidianas, oficiales–extraoficiales o federales–locales, es lo importante el voltear a lo esencial para poder intelegir respuestas.
De entre lo primero que tendemos a olvidar es que epidemia es un concepto relativo; que proviniendo del griego epi, sobre, y demos, pueblo, se complementa con el de endemia; también del griego en, dentro y démos, pueblo.
Así en términos médicos, una epidemia es como tal el campo de acción de un agente patógeno que supera su campo de acción endémico, es decir donde se encuentra estabilizado. Una epidemia inicia cuando efectivamente un agente patógeno transgrede su campo endémico, terminando después justo cuando la epidemia retorna o se estabiliza al conformar un nuevo campo endémico. Esto quiere decir que todo el tiempo estamos sometidos a epidemias y pandemias –por ejemplo las epidemias perennes de gripa–, pues tanto epidemia como endemia, no son algo en sí, virus como tal, sino la acción efectiva de ese agente llamado virus en relación a lo más importante del par epidemia–pandemia, es decir ese demos que se vuelve sujeto a la acción del agente virus.
Esta relación se había perdido ya de vista, cuando con las ideologías del progreso del siglo XIX se estableció conceptualmente que la acción efectiva de políticas mancomunadas entre los estados europeos (cfr. La conferencia de París de 1851 y la convención sanitaria de 1852 que estableció lazaretos y cuarentenas en los puertos mediterráneos justo después de la Revolución de 1848, la comuna de París, y el golpe de estado de Napoleón Bonaparte y la declaración del Segundo Imperio Francés) podría erradicar perpetuamente las enfermedades. Pero bueno, es cierto también que ya antes de los ideales de progreso del siglo XIX, en el establecimiento de mediadas profilácticas de los estados absolutistas del siglo XVIII se jugaban políticas de dominio y administración de un población (cfr. Vigilar y Castigar del preclaro Michel Foucault).
Por ello, independiente a que en efecto exista una enfermedad, la epidemia es real en tanto se implementen políticas que, más allá del cause normal del régimen político constitutivo de una nación, intervengan la cotidianeidad de una polís, la ciudad, al declarar por ejemplo un eufemístico estado de sitio del cual cabría preguntar cuáles serían los efectos que se busca producir justo al intervenir la polís, el régimen de politicidad de un pueblo. Pero ¿tenemos acaso la capacidad de realizar un ejercicio de tal envergadura cuando todo el pueblo (pan–demos) es presa del pánico producido, involuntariamente si se prefiere, por la acción comunicativa de los medios de información masivos?
Más allá de la ficción y de la realidad está el efecto causal que una representación produce o genera. La pregunta, repito, no es qué es verdad y qué es mentira, sino justo en qué creemos y cómo existimos en tal creencia, es decir, a qué le adjudicamos el valor de ser– real pues, a partir de los dispositivos de la representación que hacen emerja entre una representación y otra el campo práctico –político siempre éste–, y donde tienen sentido las políticas públicas de los diversos niveles de gobierno y la acción comunicativa de los medios masivos de comunicación, lo único real es el miedo pandémico.
No quiero especular direcciones o sentidos de esta situación extraordinaria, pues creo en el “think for your self, cuestion authority”, y sin embargo considero es prudente tener en el horizonte de toda reflexión sobre el tema, tres ejemplos en los que cabría reflejarnos para entender el momento actual, sobre todo la politicidad del mismo.
Primero, del discurso de Pericles a los atenienses al sufrir la polis de Atenas una epidemia de al parecer peste negra. Dice entonces Pericles “en cuanto al bien público toca, pienso que es mucho mejor para los ciudadanos que toda la República esté en buen estado, que no que a cada cual en particular le vaya bien y que toda la ciudad se pierda” (cfr. Historia de la guerra del peloponeso. Lib. II Cap. VIII–IX). Aquí la pregunta no es qué es la republica, y por tanto qué es el beneficio público, sino quiénes son la república y cuáles son sus beneficios. ¿Por qué se prefiere el beneficio de esa república a la sobrevivencia de la ciudad? ¿Qué integra al fenómeno ciudad?
Segundo, del libro del Éxodo cuando Moisés exige a Faraón en el preámbulo de la primera de la ocho plagas: “Yavé, dios de los hebreos, me manda a decir: deja ir a mi pueblo para que me dé culto en el desierto”(Ex. 7,16.). ¿Quién es aquí hoy por hoy Moisés, el Faraón, y el pueblo en cautiverio? ¿Quién, en las vísperas de las elecciones federales, recibirá el culto? ¿Donde está dios? ¿Existen en esta situación los buenos y los malos, los responsables y los irresponsables en lo que a puestos y acciones de los servidores públicos se refiere? ¿No estaremos siendo presas y rehenes de conflictos políticos que empeñan la dimensión original de lo político, la polís?
Tercero, y dejando abierta la reflexión, lo contestado por el doctor Rieux a Tarrou en un dialogo de La peste (ed. Sur, 1975, p. 200) al aplacarse la epidemia en la imaginaria Orán, trasfondo de la Argel natal del Nóbel de literatura de 1957 Albert Camus, y donde en 1930 aconteció efectivamente la última epidemia oficial registrada de peste negra. Dice el diálogo:
–Otra vez se están peleándose en las puertas.
–Ya han terminado –dijo Rieux.
Tarrou murmuró que eso no terminaría nunca y que seguiría habiendo victimas por que esa era la norma.
–Es posible –murmuró el doctor – pero, sabe usted, yo me siento más solidario con los vencidos que con los santos. No tengo afición al heroismo ni a la santidad. Lo que me interesa es ser hombre.