“La modernidad se empezó a norteamericanizar en 1930, cuando el cine se volvió un arte y un espectáculo universal. La imagen y el movimiento simultáneo son la novedad y grandeza del cine, pero también su servidumbre. En décadas posteriores, ya con la hegemonía de la televisión, y más recientemente, con la revolución informática y microelectrónica, el internet ha pasado a ser el símbolo de la norteamericanización del ciberespacio”, consideró José María Pérez Gay, fundador del Canal 22 de México, durante la clausura del Foro Unicam 2009, en la Universidad Iberoamericana.
En la casa de estudios, donde impartió cátedra sobre la cultura e historia del arte, aseguró que la tradición plástica, aun la no cinematográfica, comporta movimiento, aunque apenas lo sugiera y nos obligue a imaginarlo. “De este modo, una pintura de Velázquez o una escultura de Bernini tienen tanto movimiento como una película de Chaplin o de Eisenstein; y nos “mueve” más, en todos los sentidos, que las escenas de Lo que el viento se llevó”.
“La creencia en el cine –comparó– es como una religión laica de culto de las sombras, al gran ritual de las repeticiones”. Cita a Design for Living (Una mujer para dos), de Ernst Lubitsch, como la cinta que transformó la moral de los códigos y puso al cine un paso más allá del lodazal de mezquindades que significa la crítica. “Lubitsch, de origen alemán, es el gran señor de la comedia y trajo al cine algo nuevo. Hay directores que están siempre en escena, como si vivieran el film que dirigen. De ellos se dice, con razón, que son los mejores, linaje al que también pertenece Orson Welles”.
“Estos directores norteamericanizaron la modernidad, que va de Las luces de la ciudad, de Chaplin, a Psicosis,de Alfred Hitchcock; a The Frankestein, de James Weins; a El Resplandor, de Stanley Kubrick. O de Una noche en la ópera, de los hermanos Marx, a Annie Hall,de Woody Allen. Y la lista sería interminable, e insondable el enigma”.
Por lo demás, Pérez Gay hizo un vasto recorrido por la cultura y elucidó algunos de sus significados. Habló del arte en general, de música y cine, del proyecto imperativo estético impulsado por el filósofo de la Escuela de Frankfurt Teodoro W. Adorno, uno de los críticos más sorprendentes del siglo XX, que tanto lo influenció. Y desgranó en anécdotas su estancia de joven en la Alemania de la posguerra.
José María Pérez Gay (DF, 1944) es escritor, traductor, académico y diplomático. Ha sido asesor en materia internacional de Andrés Manuel López Obrador, agregado cultural en varias embajadas de México en el exterior. Como director del Suplemento Cultural de La Jornada obtuvo en 1996 el Premio Nacional de Periodismo en Divulgación Cultural. Asimismo, la Dirección General del Instituto Goethe le otorgó la Medalla Goethe, y el gobierno de la República de Austria lo distinguió con la Cruz de Honor para las Ciencias y Artes, en reconocimiento a sus aportaciones a la investigación de la cultura del imperio austro–húngaro.
Al abrir su conferencia, explicó: “estudié ciencias de la información en la década de los 60, y tuve oportunidad de formarme en Berlín Occidental bajo la influencia teórica, estética y política de la Escuela de Frankfurt. Fue una época amarga, en la que los jóvenes alemanes descubrieron azorados el genocidio de los nazis. Los de mi generación sintieron una profunda vergüenza por ser alemanes y le echaron en cara a sus padres no haberse rebelado contra la tiranía de Hitler. Jóvenes obsesionados hasta el delirio con el marxismo, que enfocaron sus dardos contra el capitalismo tardío. Que se opuso de una manera apasionada a la guerra de Vietnam y abrazaron la utopía de un mundo mejor. Generación de una profunda dignidad filosófica, acaso inédita, que lanzó una revuelta estudiantil que, yo lo presencié como partícipe, cambió el curso político de la República Federal de Alemania. El mundo era nuevo porque nosotros éramos nuevos en el mundo”.
El progreso en el arte es absurdo
Tras su participación, se le preguntó qué entiende por cultura, a lo que respondió: “la cultura no sólo son las bellas artes, sino también, y sobre todo, ese cúmulo de costumbres, pasiones, ideales eróticos, formas de amar y de odiar, de comer y beber, las formas comunes del deseo de intimidad y de la vida pública. Los disfraces y disimulos imaginativos, las conductas dominantes que impregnan y determinan a toda sociedad”.