En mi casa de la infancia había varios discos de folclore argentino, gracias al enamoramiento repentino de mi madre con un hijo de aquellas tierras.
Los chalchaleros y su sapo cancionero, Mercedes Sosa y José Larralde. Además de un uruguayo entrañable llamado
El Negro,
El Negro Zitarrosa, avecindado durante años en nuestro país.
Pero había uno que me gustaba poner en aquellos años mozos. Era el de un hombre gordo y de cara afable que se llamaba Jorge Cafrune.
Jorge Cafrune,
El Turco, era un hombre grueso, de espesa barba y ojos profundos. La barba le venía de su ascendencia árabe, de padres sirios y libaneses. La mirada profunda y desafiante de las pampas y de los caminos. La voz grave y bien timbrada del alma
gauchesca mamada en la estancia o ranchería donde nació, en pleno Jujuy, el norte argentino, lleno de vegetación y ríos.
Cafrune le advertía a los poetas que “de tanto mirar la luna ya nada saben mirar, eres como un pobre ciego que no sabe a dónde va”. Y remataba diciendo: “Vive junto con el pueblo, no lo mires desde afuera, que lo primero es ser hombre y lo segundo, poeta”. Cantaba, acompañado de su melancólica ...
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