En la tarima del son jarocho, que desde hace algunas décadas comenzó a revivir gracias al arduo trabajo de difusión de la ya legendaria agrupación Mono Blanco, ahora se suben nuevamente a fandanguear las distintas adscripciones que han conformado, a lo largo de los siglos, el lenguaje propio a la música sotaventina. Y en este lenguaje se ponen a platicar lo canario con lo aragonés, lo árabe con lo náhuatl, y todas estas herencias esperan el compás, la respiración, el tiempo que le ha sido conferido en gracia a Veracruz desde África.
Nuestra tercera raíz, la negra, no puede verse a través del prisma del nacionalismo mestizo y homogéneo, que durante años conformó nuestro imaginario institucional, pero esta raíz ha dado frutos que se manifiestan por medio del gesto cotidiano, del habla, del comer y de la música.
El son, tan negro como español e indígena, dormitaba dentro de las jaranas colgadas en las paredes y en el espíritu de algunos memoriosos. Pero un día se despertó al trote de cientos que se fueron con la bendición de Mono Blanco y vieron la luz.
Previo al concierto que ofrecieron la noche del domingo, que puso a bailar a ritmo de piezas como Chuchumbé, Morena, La Bamba, Canción del Tajín y Malhaya, el maestro Gilberto Gutiérrez, fundador de la agrupación y ejecutante de la tercera jarana y el pandero, concedió una entrevista a La Jornada de Oriente, acompañado de Andrés Vega, guitarra de son; Gisela Farías, jara segunda, y Octavio Vega, requinto.
Cuando están sobre el escenario, lo que la gente percibe “es todo un pueblo que está detrás de nosotros, y su concepción del mundo, la vida y la muerte”, afirmó el veracruzano. Y no es una frase nomás lanzada al aire porque sí. El son jarocho está efectivamente vinculado con la vida de las familias, de sus comunidades y de sus pueblos.
Hoy tienen seguidores jovencitos, que zapatean, que tocan la jarana e improvisan con gran orgullo, no sólo en Veracruz, sino también en urbes como el Distrito Federal, París, España, Nueva York y Japón.
“Nacimos, cuando el son estaba en vías de extinción”
“Nacimos en 1977, en un momento en que el son, como muchas tradiciones de nuestro país, estaba en vías de extinción. Era un momento muy distinto. Si uno aspiraba a tocar son, a nivel comunitario era algo que ya no se hacía, sólo algunos señores mayores. La fiesta del fandango tampoco se practicaba, estaba en crisis existencial. Y el son jarocho estaba como música de restaurantes, para el turismo, que había perdido su esencialidad”.
“Aprovechamos la coyuntura negativa y empezamos a hacer un trabajo desde la comunidad, no como un proyecto escrito en papel o como se ve ahora. En 1984 nos planteamos un proyecto a partir del fandango, porque a nuestra generación nos tocó recuperarlo”.
Además, aclaró, “Mono Blanco no nació para hacer conciertos; es un proyecto pensado y desarrollado en función de la difusión del son jarocho, en escuelas normales, que nos consolidó como grupos, y viajamos al interior de Veracruz para rascar nuestra tradición. Así resurgió el son y muchos señores mayores de edad, que ya no tocaban, se integraron al movimiento, y paralelamente los jóvenes también”.
–¿Se compara el efecto Mono Blanco en el son jarocho, como el Buena Vista Social Club al son cubano?
–La diferencia es que el Buena Vista fue un boom comercial, mediático, y yo no sé que tanto ha beneficiado hacia dentro de Cuba a que los jóvenes toquen esta música. Una cosa que sí es cierto es que el son cubano no estaba en auge en la isla. A la par de lo que pasaba allá, también se creó un mercado para el son jarocho. Hemos ido a festivales europeos, asiáticos, en Oceanía, pero en Latinoamerica, no.
–Y esto no es contradictorio, puesto que son países con los que tenemos mayor afinidad
–Porque, al igual que en México, están coptados por la cultura Televisa. Hay más posibilidades de viajar a otros países, pero no al sur de nuestro continente.
“Hay que recuperar nuestra raíz negra”
–A 30 años del proyecto, ¿cómo ha evolucionado el son jarocho?
–Hay una cosa muy importante, se fortaleció la tradición. Soy de la comunidad de Tres zapotes, un rancho pequeño, un hato ganadero, a donde hemos llevado, de manera independiente, artistas de Nigeria, Senegal, de Francia, de Trinidad y Tobago, de España y la gente los ha recibido muy bien. La gente se ha vuelto melómana, a raíz de esta continuidad.
“Estamos trabajando por recobrar nuestra cultura caribeña y africana, porque Veracruz también es Caribe. Yo crecí escuchando al Trío Matamoros, más tarde toda la ola cubana que vino al puerto, un lugar obligatorio de migración, como también lo es Mérida, para la isla”.
“Tenemos muchas cosas similares a la cultura afrocaribeña, que ha sido discriminada, y eso es negar de nuestros propios orígenes, como la comida, el habla, la música, el modo de ser, en el humor, y hasta en la curandería. Por ejemplo, nosotros a la pancita le decimos mondongo, hay poblaciones que se llaman Mocambo, Mozambique, Mandinga…”.
–Y en la parte de la grabación, ¿qué tanto están abiertas las puertas de las empresas productoras a la música tradicional mexicana?
–Ya hay más mercado para el son jarocho, pero los constantes avances de la tecnología han democratizado la producción discográfica en México. Ahora, cualquiera puede maquilar sus discos y venderlos, cuando antes todo estaba monopolizado.
“Lo único que falta es que nos abran los espacios en radio y televisión para difundir la música. Y creo que en eso el Estado ha fallado, porque ha dejado en manos de empresarios particulares, la responsabilidad de educar a un pueblo, como es el caso del monopolio de Televisa. Es necesario y urgente que se realicen nuevas leyes al respecto, porque estamos perdiendo nuestra identidad nacional”.
–¿Cómo ve a futuro al son jarocho?
–Como una música urbano popular. Además, el son es un género muy fácil de fusionar, ya lo hemos hecho con Café Tacuba y con algunas otras agrupaciones. Creo que debería de voltear a ver al son jarocho, porque está a la altura de los grandes géneros que han revolucionado al mundo, como el bossa nova, la samba y el mismo son cubano.
También habló de la importancia de realizar actividades culturales conjuntas entre Veracruz y Puebla, más continuas, pues es una ruta comercial y cultural que existente desde antes de la llega de los españoles, y por que además tienen en común el territorio de la Huasteca.
Actualmente, Mono Blanco es quizá el exponente más conocido del género, tanto en México como en el extranjero, y frecuentemente es invitado a festivales y ferias del nivel de Womex (importante mercado de música con raíces tradicionales), donde participaron en 2007, en Sevilla.
Hoy, el maestro Gutiérrez espera que, así como hay fandangos en otros países, haya un viaje de vuelta: “vamos de regreso a España y hasta África, ¿por qué no?”.
El fin de semana estarán participando en el estado de México, en el Festival La musa de los volcanes, y el 25 de abril, en ciudad Neza. En agosto irán de gira por España, y aprovecharán a presentarse en otros foros de Europa.