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Martes, 7 de abril de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla - Política
 
 

 SUBEYBAJA 

¿Un nuevo “yo acuso”?

 
RAMÓN BELTRÁN LÓPEZ

No solamente la revista Proce-so, otros medios de comunicación así como muy respetables periodistas, principalmen-te de los medios electrónicos, han empezado a profundizar en el tema.

Y para cualquier efecto, al intentar ha-cer comparaciones, se deben guardar to-das las proporciones. Este es uno de esos casos. Y se deben guardar.

Es indiscutible que existe una histeria “anti–narco” en todo el país, pero mucho más aguda en la zona norte, cerca de la frontera con los Estados Unidos.

Y esa histeria cuenta con orígenes y fun-damentos muy sólidos, principalmente por cerca de 7 mil defunciones en lo que va del sexenio. Un gran número de ciudades se encuentran prácticamente bajo estado de sitio por las fuerzas militares, algo nunca antes visto en la historia de nuestro país.

Los diversos cárteles, Los Zetas, La Fa-milia, Los Carrillo, Los Beltrán Leyva, aparecen actuando por todas partes y ocupan los titulares casi todos los días. Las primeras páginas se han convertido ya en páginas de policía. Y el titular del Eje-cutivo federal alienta ese ambiente de histeria al convertir la guerra contra el narcotráfico en el  objetivo número uno de su go-bierno. La miseria, las deficiencias en la  educación, la crisis económica, el desempleo, la emigración, todo, absolutamente to-do, ha pasado a segundo término ante la mirada del Elliot Ness mexicano.

Tal pareciera que el mundo observa, observa y juzga los partes de guerra. El mundo y sus mandatarios verifican diariamente quién gana y quién pierde. ¿Gana-mos? ¿Perdemos? Tal vez nunca lo sabremos porque no nos enfrentamos a un solo ejército,  bajo un solo mando. Se trata prác-ticamente de una guerra de guerrillas crea-da por grupos organizados pero bajo man-dos diferentes, y aún enfrentados entre sí. Pero todo esto es agrupado bajo el común denominador de “delincuencia organizada”, eufemismo que engloba a cualquier grupo de personas que cometa cierto tipo de delitos como el narcotráfico, el secuestro, el tráfico de personas, el lavado de di-nero (pero no el efectuado por políticos), la piratería, etc.  Y todos estos delitos son englobados por la propaganda oficial bajo un solo nombre como si todos tuvieran la misma importancia y el mismo grado de  peligrosidad. Aunque deba reconocerse también que existen áreas  en que estos se imbrican, en que alguno o algunos de es-tos grupos se dedican a cometer dos o más de estos.

Y dentro de un ambiente de histeria colectiva resulta muy peligroso defender -y aún intentar que se haga justicia simple y llana- porque quien lo haga puede ser acusado de cualquier cosa, de apología de un delito, complicidad, encubrimiento, va-ya usted a saber.

¿Y por qué razón hablamos de un nue-vo “yo acuso”?

Porque hace una semana nos referimos a dos sonadísimos casos de pifias de la justicia mexicana, de pifias que deberían no solamente avergonzarnos, sino ponernos en alerta. De casos en que funcionarios pagados por nuestros subsidios para que sirvan a la justicia, a la procuración de justicia, se comportan como delincuentes organizados, y gozando de una absoluta ventaja sobre sus víctimas. Debemos estar  alertas porque nos encontramos en medio de dos serios peligros, por una parte el de la verdadera delincuencia organizada, que no tolera a los periodistas (o ciudadanos comunes y corrientes) que indaguen o se opongan a  sus actividades, y por la otra a un ambiente de histeria colectiva fomentado desde el ejecutivo federal que judicializa la política interior a la par que  mi-litariza las funciones policiacas. Ingre-dientes sumamente explosivos en cualquier país. Y más en uno con las características del nuestro.

Baste recordar la histeria vivida en las postrimerías del régimen salinista, cuando se utilizó a una supuesta  médium conocida como “La Paca” para fabricar los restos de una víctima, crear un culpable y fabricar todo un proceso judicial desde la misma Procuraduría General de la Repú-blica. Y después del asesinato de Colosio se fabricó a un segundo tirador, Othón Cortés, se le mantuvo en prisión por año y medio, se le hizo formar parte de una su-puesta “conspiración”, y que salió libre sin el consabido “usted disculpe”, y sin que se esclareciera la participación de la PGR en la deficiente investigación y en la fabricación del cómplice. Encima de todo,  la impunidad para los responsables.

Hoy, la revista Proceso descubre he-chos inéditos del caso Florence Cassez, la supuesta secuestradora que el “abominable” presidente Sarkosy intenta extraditar a su país de origen. Lo que –según mu-chas voces– debemos impedir a toda costa para salvar nuestro orgullo nacional y a nuestra inmaculada “justicia”.

Tanto esa revista como otros periodistas han denunciado la “recreación” de una supuesta captura y del descubrimiento del personas secuestradas en el rancho “Las Chinitas” únicamente con fines propagandísticos, para filmar todo como si se tratara (¿o es que en efecto se trató?) de un set cinematográfico. Ninguna autoridad ha desmentido estas acusaciones. Todo esto varios días después de que tanto la Cassez como su novio y principal acusado Israel Vallarta, estaban detenidos. Simulando bur-damente que eran aprehendidos en flagran-cia para fines puramente publicitarios. ¿Te-rrorífico, verdad?

Más aun, si se añade el dictamen médico de la Comisión Nacional de Derechos Humanos que documenta las lesiones, quince diferentes, que mostraba el supuesto autor del secuestro.

Y puede que se trate verdaderamente de un secuestrador, pero ya brotan las irregularidades en la investigación cual si fueran hongos en época de lluvias. ¿Podemos confiar todavía en la justicia mexicana? ¿Pueden confiar en ella los ciudadanos franceses o su presidente?

Y recuerdo el “yo acuso” de Emile Zolá, prestigiado escritor francés que defendió públicamente a Alfred Drey-fuss, militar de carrera, acusado de traición a la patria por su gobierno y por su ejército e injustamente condenado a ser degradado y recluido en la prisión de la Isla del Diablo en la Guyana Francesa a fines del siglo XIX. Igualmente se fabricaron pruebas para procesar a Dreyfuss. Igualmente se vivía en el país galo una histeria antisemita y antialsaciana. Y Drey-fuss reunía estos dos atributos: ser judío y alsaciano.

Emile Zolá, por atreverse a  defenderlo públicamente mediante su célebre “Yo acu-so”, fue también procesado y forzado a buscar asilo en Londres.

Tanto Zolá como Dreyfuss vivieron pa-ra atestiguar la caída de ese gobierno de derecha y la exoneración de este último, quien todavía pudo combatir por su patria en la Primera Guerra Mundial.

Abusados con la histeria colectiva que justifica cualquier exceso.

El fin no siempre, casi nunca, justifica los medios. 

 
 
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