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Viernes, 13 de marzo de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

 CINE 

Langella, Jolie y todos los hombres del presidente

 

Fotograma de la película El sustituto
ALFREDO NAIME

Estos días tuve la ocasión de ver, además de otro par de títulos, Frost/Nixon: la entrevista del escándalo, de Ron Howard, y El sustituto (Changeling), de Clint Eastwood. De principio lo hice, claro, por automática disciplina de cinéfilo, pero también, innegablemente, por conocer dos trabajos histriónicos de los que mucho se ha venido hablando: el de Frank Langella como el ex presidente Richard Nixon, en tiempos apenas posteriores al cisma Watergate (que derivó en su renuncia al cargo), y ese de Angelina Jolie como Christine Collins, la madre que en los 20 lucha no sólo por recuperar a su hijo secuestrado, sino –a la par– contra la corrupta policía de Los Ángeles, que insiste en que el chico que ha encontrado y entregado a la mujer es su hijo desaparecido, cuando no es así.

En ninguno de ambos casos tuve decepción alguna. Langella cumple una excepcional encarnación del señalado, vilipendiado Nixon, en aquella memorable ocasión en que se enfrentó al teleconductor Richard Frost, para la entrevista televisiva –que terminó viendo medio mundo– que tocaría, entre otros, el álgido y definitivo tema de la responsabilidad presidencial en el espionaje (ilegal por supuesto) al Partido Demócrata en su propia sede, en 1974. Justo el vergonzante hecho que hoy todos ubicamos como Watergate. Hay en especial un momento, durante la última sesión de grabaciones –cuando Frost consigue por fin acorralar al ex presidente– en que la actuación de Langella alcanza su clímax. El acercamiento de la cámara al rostro, una lupa implacable, expone el choque y vorágine de sentimientos que, de súbito, golpean al otrora hombre más poderoso del mundo. Ahí están –en ojos, pliegues y rictus que sobresalen en aquella faz desencajada– la vergüenza, la impotencia, la confusión y la sorpresa de saberse descubierto, desnudado, evidenciado. Y el cinéfilo tiene entonces, desde su butaca, la rara ocasión de bucear en el océano de frustraciones que se agolpan en el alma y la conciencia del indiciado –ni más ni menos un ex presidente de los EU– cuando alma y conciencia, en teoría, no son retratables. Nunca en toda su carrera Frank Langella estuvo mejor, como viva personificación de la derrota.

 En cuanto a Angelina Jolie, se dice que fue escogida para el rol de Christine Collins porque su look ajustaba perfecto a aquel tradicional de los 20, el período en que transcurre la historia. Pero ello pasa a segundo término, está claro, cuando conoces los alcances del desempeño de Jolie. Acuñó, con precisión quirúrgica, un personaje que convierte a la desesperación en punto de partida para la esperanza; y que encuentra en la necedad e intolerancia de quienes debieron respaldarle, ocasión para la fortaleza y para la convicción inderrotables. Y sí: como en Frost/Nixon, la historia recreada en El sustituto está basada en hechos reales. Los de aquella, hechos políticos, mediáticos; de trascendencia global por la relevancia de su protagonista y por las implicaciones consecuentes. Los de esta –los de El sustituto– hechos de doloroso carácter, de angustiosa impotencia y soledad, más íntimos y focalizados. No queda sino agradecer a Frank Langella y a Angelina Jolie estos desempeños, que por sí mismos valen el boleto pagado por ver el todo del respectivo marco en el que se inscriben.

Una reflexión final. No parece ser mucho el público que está acudiendo a ver Frost/Nixon. Tal vez porque nuestros jóvenes no habían nacido cuando Watergate y sus repercusiones, con lo que el nombre de Richard M. Nixon incluso no les dice mayor cosa. Qué lástima. Tal vez habría que contarles que no fue de rutina lo sucedido en torno a ese nombre, ahora infame. O tal vez impulsarles a que, como un previo, vean Todos los hombres del presidente (1976). Después de hacerlo, Frost/Nixon será su elección natural, siguiente y urgente.

 
 
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