El diccionario de la Real Academia Española define la palabra competencia como un latinismo que proviene de competentia, que en resumidas cuentas tiene dos sentidos: disputa, oposición, rivalidad o contienda deportiva, y además incumbencia, pericia, aptitud, talento para hacer algo y la atribución legítima de un juez o una autoridad para el conocimiento o resolución de un asunto. A los médicos nos gusta definitivamente el término, pues refleja el grado de ideas que no solamente distinguen a quien se expresa sino también destacan una actividad particularmente sorprendente y especialmente gratificante que se resume en el aparentemente simple acto de curar.
Pero históricamente esto no siempre fue así. En Roma, durante el periodo comprendido entre la República y el Imperio (Desde el 512 al 31 antes de nuestra era, divididas por el gobierno del Senado y el poder ejercido por un emperador); la mayoría de los médicos provenía de Grecia y de Asia Menor. Esto obedecía a varias cuestiones sociales en las que los romanos típicos menospreciaban la profesión. Siendo un pueblo particularmente bélico, se preocupaban más por la recopilación de datos y acciones curativas disponibles, dejando la investigación y la observación empírica en un segundo plano. Imagino que esta actitud giraba en torno a que eran las comadronas o parteras quienes se encargaban esencialmente de la salud de la población y la educación femenina no era bélica ni con tendencias conquistadoras a través de la dominación, lo que se puede expresar, en otras palabras como discriminación. Sin embargo en el año 117, el emperador Adriano liberó a los médicos de la obligación de pagar tributos y sobre todo, del servicio militar. Fue entonces que, bajo la guía de los griegos, se generó un desarrollo de la medicina que el escritor Cayo Plinio Cecilio Segundo (también conocido como Plinio el Viejo) describió en el siglo I en términos de que... “algunos médicos han logrado alcanzar un importante bienestar económico disponiendo de un patrimonio de varios millones de sestercios”.
Fue entonces que sobresalieron muchos nombres a quienes se les atribuyen logros sorprendentes y que merecen una narración aparte. Pero hoy, hablar de competencia en medicina en términos de habilidades, destrezas, prácticas efectivas y conocimientos es muy complejo ya que nos enfrentamos a condiciones en las que un médico que pueda considerarse “actualizado” debe desafiar al dominio de una cantidad de información literalmente desenfrenada. Cálculos estiman que existen más o menos 25 mil revistas de divulgación que circulan en el mundo, lo que nos da la el escalofriante promedio de 2 millones de artículos producidos por año, es decir, 5 mil por día. Pero además de la gran cantidad de información, se perciben escritos de mala calidad o lo contrario, independientemente de la fama o, digamos, “oscuridad” de una revista.
El discernir si un documento es bueno o malo depende de conocimientos en metodología de la investigación, modelos matemáticos, diseños epidemiológicos y estadística. Pero siendo precisamente las estadísticas como “los bikinis” (muestran lo más atractivo, pero ocultan lo más importante), se llega al punto en el que es imposible alcanzar un conocimiento lo suficientemente amplio como para sentirse en el medio profesional como “competente”.
Siempre he pensado que donde no hay competencia, hay incompetencia; pero los términos en los que discutimos los médicos con diferencias mínimas en la formación (tal vez unos 10 años) nos llevan a expresarnos en lenguajes distintos. Mis maestros basaban su conocimiento en la memorización y análisis de libros; yo me formé cuando se iniciaba el auge de las publicaciones en revistas. Los muchachos a quienes asesoro para sus trabajos de tesis dependen de la internet y en 10 años ya estaremos bajo el dominio de la inteligencia artificial. Esto puede parecer sorprendente pero una mirada sencilla a los índices de enfermedad y mortalidad en el mundo nos muestra que la medicina actual ha fallado pues no hemos podido ni siquiera evitar las muertes por desnutrición o infecciones. ¿De qué sirve entonces todo el avance científico? ¿Es acaso bajo esta óptica que la competencia médica deba abarcar los dos aspectos que plantea el diccionario de la Real Academia Española? Vivimos bajo una falta de humanismo barbárica, lo que me lleva a la conclusión de que ahora, en estos tiempos más que buenos médicos, llenos de retórica científica, necesitamos médicos que sean buenos y que enarbolen la bandera de la solidaridad, la humildad, el apoyo y sobre todo, el humanismo. De otra forma nos dominará una ciencia, sin conciencia.