A paso lento llegó. Entró al lugar parsimoniosamente. Tomó asiento. Cruzó sus brazos. Y esperó.
Miró a su rededor. Nada llamó su atención. Bajó la vista. Cruzó las piernas. Cerró los ojos. Respiró profundo.
Sintió llenarse el espacio. Escuchó los pasos. Percibió los cuerpos. Inhaló los aromas. Siguió inmutable.
A lo lejos, una música empezó a escucharse. La vie en rose*. Relajó los hombros. Soltó su cuerpo. La cadencia le arrebató el pulso. Sonrió. Destensó el rostro.
Una mano tocó su hombro. Levantó los párpados. Viró su cara. Miró esos ojos. Notó sus rasgos. “¿Bailas?”, preguntó una voz varonil. Por toda respuesta se levantó. Y suavemente tomó aquella mano.
La abrazó como abraza el fuego a la madera. Inmóvil cedió ella. Echó sus brazos al cuello de él. Sintió la respiración del hombre en su mejilla. Cerró sus ojos. El movimiento de la cadera le indicó el paso. Lo siguió afable.
Bailaron como llamas en fuego atizado. El ritmo y la cadencia fue el viento que sopló la lumbre. Su abrazo se ciñó como lo salado al agua de mar. La noche infinita perduró como carbón encendido...
Lo que nos ha dado la internet...
*De Edith Piaf, cantada por Grace Jones.