Bebió y bebió con gusto de la cerveza que se le ofrecía. Reía y elevaba su brazo al cielo para brindar por todos. Entonces llegó su mitad siniestra, la que se esconde agazapada en su sonrisa de niño, en sus ojitos a medio abrir, en su risa sincera. Cuando la maldad se posesiona de él, los ojos se le llenan de vida y su discurso se hace flamígero, insultante. Su boca puede ser el pozo del vituperio, una hoguera de mierda, un verdadero infierno.
Reía con gusto y soltaba bromas que muchas de las veces sólo él entendía. Señalaba senos y
pendejeaba a diestra y siniestra. Parecía el hijo de un dios menor que se sabe protegido por el halo de su padre. Entonces vino el quiebre y la consecuencia directa de sus acciones. Lo tomé por el cuello y azoté mi puño sobre él con violencia.
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