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Lunes, 23 de febrero de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

Las Maras, la cultura de la violencia retratada con una belleza muy lejana a la cruel realidad

 

Parte de la muestra Maras, en el San Pedro Museo de Arte / Fotorreproducción Abraham Paredes
YADIRA LLAVEN

Sus tatuajes lo dicen todo. El cuerpo es un libro que documenta los recovecos de la vida: sentimientos, nostalgias, rencores y pasiones, captadas por la lente de la artista española Isabel Muñoz, que por vez primera comparte a los poblanos la impresionante exposición Maras, una serie de 70 fotografías que simboliza un catálogo de rostros inquietantes, atrapados en la telaraña de cuerpos grabados a tinta por calaveras, cruces gamadas y tumbas cinceladas, que desvelan códigos secretos que no entendemos, pero que nos perturban.

En la frontera de los siglos, más de 10 años después de las guerras civiles de Centroamérica, esta nueva clase de violencia recorre las calles de El Salvador, Honduras, Guatemala, y amenaza con extenderse a México. Según los expertos, buena parte de esta brutalidad es imputable a la banda delictiva Mara, excrecencia natural de la miseria y la marginación social, la desvertebración familiar y la extorsión de la fuerza que ha asolado a los países latinoamericanos a lo largo de su desdichada histórica.

En entrevista para La Jornada de Oriente, Isabel Muñoz, una de las fotógrafas de mayor reputación en el viejo continente, revela la enigmática cotidianidad de las maras, “con el culto y adoración al diablo, que nunca antes había visto. Practican ceremonias bastante desconocidas, hacen misas negras, y muestra de ello es la iconografía que cubre la piel de las maras: todo un lenguaje, que aunque nosotros queramos interpretar, realmente son ellos los únicos que saben lo que quiere decir”.

“Cada día que veo las imágenes, en tamaño monumental, descubro cosas nuevas. Hay de repente, aparte de los números de las dos familias de las Maras (MS13 y 18), esa magia e imaginería del mal con la impresión del 666, de demonios que conviven con escenas de sexo, retratos familiares o nombres de las personas amadas, amén de todos los símbolos de identidad de su banda. Es algo que no me esperaba, además de la influencia que tiene de culturas, como la de Estados Unidos, con la vestimenta y la música (hip–hop)”.

–¿Nos podría platicar un poco acerca del proceso artístico de las imágenes? ¿Cómo llega a obtener el vínculo con esta clica o banda? ¿Hay dinero de por medio para que se dejen fotografiar o cómo logra que ellos participen a iniciativa propia?

–En este caso, no puedes ofrecer dinero. Todo se dio de otra forma. Yo llegué a El Salvador en un momento difícil, en temporada de elecciones, cuando las cárceles estaban en alerta roja. Hice un trabajo que elegí libremente, iba con una serie de contactos, pero a la hora se me cerraron todos, y hasta pensé en abandonar el proyecto.

“En el camino había leído un artículo que en El Salvador hay un sacerdote de nombre Pepe Morataya, que trabaja directamente con los jóvenes de la Mara, a quien busqué y logró ayudarme para entrar a las cárceles y fotografiarlos”. No obstante, aclara pertinentemente: “ninguna de mis imágenes son robadas, es decir, necesité del permiso de las personas y de las penitenciarias”.

–La pregunta fue en relación a la seguridad. Ha ocurrido que varios reporteros o artistas de diversas expresiones, que han querido capturar la vida diaria de la Mara salvatrucha, en Centroamérica, han tenido que ofrecer dinero o pago en especie para trabajar tranquilamente, ya que estos pueden atentar contra sus vida.

–Los que participaron y posaron, lo hicieron de manera voluntaria. No me parecía ético darles dinero, aunque sabía que ponía en riesgo mi vida.

–¿Cómo logra convencerlos?

–A las Maras recluidas, les enseñé mi trabajo de los guerreros de una tribu de Etiopía que matan por comida y por proteger a su familia, y que paralelamente fue una labor que pasó estrictamente por el lenguaje del arte.

“Yo viajo normalmente con una cámara Epson pequeñita, la P500, que no necesita baterías y hace unas 10 o 15 fotografías de una calidad tremenda. Les platiqué que con sus fotos se iba a crear un libro. Además, yo no hago fotos de clic y me voy, tengo que estar con la persona un tiempo razonable para dialogar, para que confíe en uno, hasta conseguir la imagen. Tuve el apoyo de mucha gente para realizar este trabajo.

–¿Qué obstáculos encontró durante la producción de la serie de imágenes?

–¡Hombre! son trabajos y temas muy complicados. Era la primera vez que pisaba una cárcel y para mí fue una reacción muy difícil. Nunca sabes en qué momento vas a hacer algo mal. Es más, dos penitenciarías nos censuraron, no quisieron trabajar en el proyecto, porque hay muchas cosas en riesgo.

–La mirada de las Maras es retadora ¿Existe orgullo y arrogancia por pertenecer a una de estas bandas?

–Cuando inicié la sesión de fotos estaban muy contentos de posar, es más se quitaron la camiseta para mostrarme sus tatuajes, pero no sé lo que ellos sentían o pensaban en ese momento. Sin embargo, después de ver la obra, uno se da cuenta que la mirada de un Mara es impenetrable. Yo no sé lo que podrán sentir, pero si pueden leer los rostros. Conmigo fueron muy correctos, no tuve con ellos ningún problema; además yo no puedo fotografiar nada que no pase antes por mi corazón.

“Ha sido difícil… (Se queda callada por largo rato). Para un reportero de guerra, que está acostumbrado a reaccionar ante situaciones como esta, es pan comido; no obstante, más allá de saber que son asesinos, todo el tiempo pensé que también son seres humanos, y yo creo en el ser humano, porque siente, aunque tenga una parte oscura”.

–¿La fotografía se inclinó más por el lado testimonial o por el estético?

–Fue testimonial, porque no soy socióloga ni antropóloga. A través de la fotografía encontré un medio de compartir lo que veo, sin atreverme a interpretar. Lo que observé en las maras es una violencia sin explicación, que va más allá de nada.

–¿Cuál es el papel de la mujer en la Mara?

–La mujer juega un papel importante. El hecho de amar de una manera distinta, también nos permite ser mucho más crueles. El Salvador es un país en donde, culturalmente, dominan los hombres, y para que una mujer entre en la Mara tiene que ser más dura y pasar muchas pruebas, que un varón no tiene que demostrar.

Uno de los rituales de iniciación, detalla a este medio la fotógrafa, “es que las mujeres son violadas por todo el grupo, al que quiere ingresar, y golpeadas por los 15, 18 o 20 integrantes, aproximadamente unos 10 segundos; y eso resulta casi mortal”.

–¿Recuerda alguna anécdota que quiera compartir con nosotros?

–Los que han estado en una cárcel saben lo que es. Para mí era la primera vez que entraba en una de ellas: era una prisión de mujeres. De repente, me di cuenta que nosotras nunca dejamos de ser femeninas, estemos donde estemos. Cuando empecé a fotografiarlas, cual fue mi asombro que, no sé de dónde, sacaron una plancha y se alaciaron el pelo. ¡Qué maravilla! Las mujeres sentimos de una manera distinta.

Al inicio y a mitad del recorrido de la muestra, dos videos ilustran a la perfección el proceso del trabajo artístico de Isabel Muñoz, en las cárceles de El Salvador.

Maras abrió sus puertas al público, el pasado viernes, en San Pedro Museo de Arte. Es un esfuerzo entre la Secretaría de Cultura de Puebla, la Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior de España, la Casa América y la Embajada española en México. Permanecerá en exhibición hasta el 12 de abril de 2009.

Como dato interesante, las primeras pandillas de la Mara se establecieron a partir de 1988, en El Salvador, con la llegada de los miembros deportados desde Los Ángeles, California. De acuerdo con fuentes oficiales, para 2004 había ya en ese país unos 39 mil miembros de la Mara: 22 mil en la MS13, 12 mil en la Mara 18, y 5 mil en el resto.

 
 
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