Siempre que abordamos el tema de la violencia familiar y los mecanismos para prevenirla, atenderla y sancionarla, se presenta una discusión relacionada a la manera de cómo evidenciar y comprobar esta problemática con la que viven miles de mujeres con su pareja y en su propio hogar.
Autoridades responsables de realizar reformas a las leyes, los hombres –en su mayoría los generadores de violencia– e incluso las mismas mujeres cuando solicitan ayuda, no logran identificar y aceptar que más allá de la violencia física (golpes, patadas, puñetazos, jalones de pelo, mordidas, pellizcos y empujones, entre otros), existe la violencia psicológica, la cual es la que más prevalece y la que menos se puede comprobar.
Los siguientes casos que evidencian violencia psicológica están relacionados con el uso del teléfono celular.
Margy estudia ingeniería, su novio es mayor y todos los días que va por ella a la escuela le revisa el teléfono celular, si encuentra llamadas o mensajes de números que no conoce inmediatamente la empieza a interrogar. El año pasado, precisamente con motivo del 14 de febrero, un ex amigo de ella le mandó un mensaje de felicitación, motivo suficiente para que el novio la insultara y la jaloneara y la llevara a su casa para decirle a su mamá que “Margarita no me respeta, pues continua viéndose con sus ex novios y creo que hasta se acuesta con ellos”.
Edith se casó hace dos años, todo parece estar bien, pero el pasado fin de semana, a ella se le terminó el saldo de su celular y le pidió a su esposo le prestara su teléfono, él accedió y al tener el teléfono encontró un mensaje que decía, “Hola mi amor, si vas a venir, estamos en el lugar de siempre”. Desconcertada preguntó quién era la persona a la que le había mandado ese mensaje, él le respondió: “ah, es una compañera de trabajo, así nos hablamos y hemos salido en varias ocasiones”. Edith refutó: “así le voy a hablar a mis compañeros de trabajo también”. Él sentenció: “ni se te ocurra porque te parto la ma...”
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