Cuentan que alguna vez, no hace mucho, un pequeño de ocho años veía la televisión en su casa, en una pequeña ciudad estadounidense. Se había interesado mucho con Apolo 13, a propósito de la dramática historia de supervivencia de la tripulación, en su odisea por regresar del espacio con vida, después de una misión –a la Luna– de pesadilla. Al concluir la película, el niño caminó hasta la cocina y dijo a su madre: “No me sorprende que esos astronautas hayan tenido tantos problemas: a su nave la tripulaba Forrest Gump...”. Y de ese candor paso “al México real” (López Dóriga dixit), con otra verbalización, muy escuchada en los noventas, también acuñada desde el imaginario fílmico: “La inseguridad en el DF ahora sí preocupa; estamos como en ciudad Gótica, pero sin Batman”. Y vaya un parlamento cotidiano más –este anecdótico– fraseado desde la cinefilia. La guapa joven 18–añera llegó feliz a la escuela a presumirle a sus amigas que, en una reunión, un socio de su padre la había piropeado diciéndole “eres idéntica a Charlize Theron”. La venenosa respuesta de una de ellas no se hizo esperar: “sí; pero en Monster” (a ver, ¿para qué anda de presumida?).
¿Por qué la ocurrencia de comentar lo anterior? Porque si el cine genera todos los días verbalizaciones cotidianas tan ocurrentes como esas, pues más aún lo hace al interior de sí mismo, en las líneas de diálogo de sus películas. Tanto así que, no hace mucho, premiere.com dio a conocer “Los 100 más grandes parlamentos fílmicos de la historia”, en una recopilación tan disfrutable como bien pensada. Permítanme acotar aquí algunos de ellos, entre los más entrañables, para disfrute de los cinéfilos lectores de este espacio. Algunas de esas líneas de diálogo pueden parecer comunes; pero en su contexto, entre los eventos de su respectiva historia, adquieren su peso, su trascendencia y, principalmente, su magia. Justo como “Veo gente muerta” (la número 100), pronunciada por Haley Joel Osment en Sexto sentido; como “Voy a regresar” (número 95), la amenaza del cybermatón del título en Terminator; como “Yo soy grande; son las películas las que empequeñecieron” (número 91), puntual aclaración de la Norma Desmond de Sunset Boulevard; como “No soy mala; tan sólo me dibujaron así” (número 83), de la muy sexy Jessica Rabbit en ¿Quién engañó a Roger Rabbit?; o como “¡Con Dios como mi testigo que nunca volveré a tener hambre!” (número 75), el juramento de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó. Y claro, “El horror... el horror” (número 66), de Apocalipsis; “ET phone home” (número 48), de El extraterrestre; y, desde luego, la fatídica “Van a necesitar un bote más grande...” (número 41), de Tiburón.
¿Que cuáles son aquellos parlamentos que ocupan las primeras posiciones? Los guardo para un próximo (cercano) número de esta columna, a fin de no agotar el tema. Prometo retomarlo en breve, en la confianza de que ustedes hayan saboreado las ocho líneas de diálogo hoy recordadas. Mientras tanto, una buena noticia: estrenó entre nosotros La Duquesa, de Saul Dibb, en torno a la aristócrata Duquesa de Devonshire, cuya vida pública dio mucho de qué hablar en la segunda mitad del siglo XVIII. En la cinta, Georgiana Spencer, duquesa de Devonshire, está encarnada por la igualmente hermosa y talentosa Keira Knightley, que ya sabemos cómo luce en trajes de época, gracias sobre todo al Rey Arturo (04), Orgullo y prejuicio (05) y Expiación (07), pero también a sus andanzas –entre los del título– en la saga de Piratas del caribe. Y no olvidemos que hace un lustro Keira apareció como Lara Antipova, en la versión de Doctor Zhivago para televisión. ¿Se la van a perder como La Duquesa? Ya lo creo que no. La próxima semana le comentaré aquí mismo sobre Operación Valkiria, con Tom Cruise como Claus Von Stauffenberg, y sobre Ambulante, la siempre esperada gira de documentales, cuya premiere nocturna será el jueves 19. Allá nos vemos.