Estamos ya en vísperas de san Valentín, santo que: nadie sabe, nadie supo, como decía el monje loco, y lo que es peor, a nadie le importa un comino. Eso sí, el nombre le dice mucho a muchos, muchísimos, que sin asociar para nada al mártir cristiano, automáticamente se van a lo suyo, que es la novia, en el caso de ellos, o al novio en el caso de ellas; aunque ahora uno ya ni sabe, porque cupido tira sus flechas y a quien le caiga, así que mejor no meterse en esos vericuetos. Esta costumbre entró a México con fuerza, más o menos, en la segunda mitad del siglo pasado, proveniente, claro está, de los Estados Unidos. No se le llamó “día de san Valentín”, sino simplemente “día de los novios”, porque eran los novios quienes se celebraban mutuamente, más ellos a ellas, que en ese entonces se dejaban querer sin más, ahora con eso de la igualdad de género, pues ambos. Junto con la idea vinieron también los regalos, en aquellos entonces eran solamente chocolates o bombones, un ramo de flores, usualmente rosas rojas, muchos besos y listo. Con el tiempo, tanto en gringolandia como aquí, los comerciantes, astutos como ellos solos, publicaron a los cuatro vientos que no solamente era el día de los novios, sino de los enamorados, aunque no anduvieran en relaciones de noviazgo; con eso se incrementaron las ventas. Pero no conformes, se fueron más allá proclamando que es el día del amor y la amistad, con lo que todos ya tenemos vela en el entierro, mejor dicho en el rollo de andar dando regalos, que para eso han inventado desde globos en forma de corazón y mil cosas que ya hasta parece obligación comprar y regalar. Las ventas en su apogeo y todos contentos, mucho más los mercaderes y hasta los hoteleros.
Existe una relación muy antigua entre la conmemoración cristiana a san Valentín y el día de los enamorados. Se dice que en el siglo III, cuando gobernaba en Roma el emperador Claudio (el segundo de este nombre) se convirtió en auténtico antecesor de los alcaldes de Guanajuato y de Toluca; al ingrato emperador, con el afán de reclutar más jóvenes para sus ejércitos conquistadores, se le ocurrió la idea de prohibir las expresiones públicas de amor y principalmente los noviazgos, y esto que eran pocos los muchachos y muchachas que tenían la oportunidad de expresar mutuamente sus sentimientos, dado que eran las familias las que decidían las bodas. Pero Claudio, que seguro se vestía de azul, determinó que nada de bodas, noviazgos o compromisos de esa índole. Inclusive los sacerdotes paganos fueron notificados acerca de que no deberían celebrar esponsales, hasta la conclusión de las campañas militares. Los únicos que no obedecieron la orden absurda fueron los cristianos, cuyos presbíteros seguían casando a las parejas, claro que lejos de las miradas del emperador y sus secuaces. En esta labor de animar a los jóvenes destacó Valentín, quien siendo sacerdote cristiano andaba por todas partes proclamando el amor. Denunciado fue llevado preso y cuestionado sobre su fe; el mismo Claudio se emocionó al escuchar sus palabras, pero mal aconsejado, decidió ponerlo en manos del juez más severo. Valentín predicó al juez y a su familia y los convirtió, bautizándolos solemnemente. El escándalo que causó esta conversión enfureció a Claudio, quien sin más, condenó a muerte al juez, su familia y sirvientes, así como a Valentín, a quien golpearon sin medida, para después decapitarlo en plena Vía Apia. En el lugar de su muerte se edificó una iglesia a donde los jóvenes enamorados iban y van, a jurarse fidelidad.
Nunca se imaginó el mártir romano que su vida y nombre serían motivo de una actividad comercial tan grande. La manera moderna de celebrarlo es producto, obviamente, del “American way of life”.