Hacia 1760 años antes de nuestra era, Hammurabi (sexto rey de la dinastía babilónica) sucedió a su padre cuando contaba entre 25 y 30 años de edad. Antes de iniciar una serie de febriles campañas de conquista, se dedicó a sentar las bases de su imperio a través de una verdadera recomposición económica, política y sobre todo social del pueblo que gobernó. Para alcanzar su objetivo, elaboró un código que entre otras cosas planteó las disposiciones bajo las cuales debían regirse los médicos, a través de nueve (de 282 artículos), logrando uno de los tratados legales más antiguos del mundo. Además de estipular las penas por errores cometidos, estableció los honorarios de los médicos.
Curiosamente solo se contemplan aspectos quirúrgicos y no hay referencia a quienes ejercían la práctica de conjuros o rituales de hechicería, de modo que los cirujanos, por sus errores, podían sufrir muy duros castigos físicos que iban desde la famosa “ley del talión” (ojo por ojo y diente por diente), hasta la amputación de las manos. La paga se estableció con precisión en plata y la cantidad variaba de acuerdo al nivel social del paciente.
Es muy difícil imaginar en qué condiciones trabajaban los médicos de entonces; pero los riesgos de incurrir en accidentes fueron tan altos, que seguramente había pocos individuos dedicados a este oficio. ¿Qué sucede en la actualidad?
En el diccionario de la Real Academia Española se plantea que la palabra honorario, (ria) procede del latín honorarius y que como adjetivo se aplica para honrar a alguien. También puede ser entendida como quien “tiene los honores pero carece de la propiedad o empleo”. Por último, aborda el significado como sueldo o estipendio que se da a alguien por su trabajo. De aquí podemos inferir que es una modalidad de pago o remuneración que recibe un profesionista o trabajador independiente que se contrata en una forma temporal, por ofrecer un servicio.
En México, la imagen del médico general está muy devaluada y la percepción de la mayoría plantea que su remuneración es excesiva. Lo peor es que a medida que pasa el tiempo, es patente cómo la gente abandona los consultorios para acudir a las “farmacias de genéricos” y pagar el equivalente a menos de dos dólares estadounidenses por recibir una atención. Entonces nos damos cuenta de que una persona con un oficio como plomero, carpintero, sastre o mecánico gana más. Pero lo peor se da cuando hacemos cálculos y vemos que una persona que lava los autos o incluso una trabajadora doméstica, sin haber cursado ni siquiera sus estudios elementales, puede aspirar a un salario más digno que el de un médico recién egresado de la universidad. Lo más absurdo es que los beneficiados de este proceso sean individuos que saben de medicina lo que Vicente Fox de física cuántica.
El Grupo Ángeles comandado por los Vázquez Raña y Carlos Slim en el Grupo Star Médica ya apuestan a la inversión en materia de salud curativa, a través de opciones como seguros de gastos médicos o pagos “diferidos” de modo que muchos profesionistas paulatinamente perderán la libertad de ejercer, recibiendo una remuneración justa y teniendo qué enfrentar una competencia desleal. Lo peor de todo es que la Secretaría de Salud permite la entrega de este bien público en manos de empresarios sin escrúpulos. En efecto, los médicos solemos tener el ego demasiado elevado y nos sentimos poseedores de un conocimiento ajeno a las mayorías; pero esto no justifica que se nos vayan cerrando espacios que permitan el ejercicio de la profesión, contribuyendo a la salud individual y colectiva. El artículo 218 del código de Hammurabi establece, textualmente que: “Si un médico hizo una operación grave con el bisturí de bronce y lo ha hecho morir, o bien si lo operó de una catarata en el ojo y destruyó el ojo de este hombre, se le cortarán sus manos”. A quienes deberían cortarles las manos es a todos los políticos y empresarios inmorales, corruptos, deshonestos e insensatos, no como un castigo por sus malhadadas acciones sino para ver si en esas condiciones dejan de robar y arrancarnos lo poco que nos queda ya de nuestro pobre país.