El campo para él es su vida, pero también considera que es la base de todas las economías. Aunque por unos años tuvo que vender sus cosechas a coyotes y estuvo a punto de emigrar a Estados Unidos, hace más de una década que logró hacer rentable su actividad y ahora es uno de los productores de maíz, haba y frijol que vive de la agricultura.
Isidro López Rivera tiene más de medio siglo trabajando en el campo, desde los 14 años de edad inició como jornalero, pero durante su infancia ayudó a su familia a labrar, sembrar y cosechar principalmente maíz, ahora cultiva 8 hectáreas de diferentes semillas.
“Qué pena que los gobiernos nunca le han apostado al campo, he visto a muchos compañeros que se han ido porque lamentablemente hay años en que las lluvias y las heladas provocan que no se dé nada, ¡ni pastura!”, refiere.
Además la falta de una política pública para hacer rentable el campo ha provocado que las importaciones de productos agrícolas hayan aumentado en los últimos años y cientos de campesinos hayan emigrado a Norteamérica o bien ahora laboren en fábricas.
“Al campo se le arriesga mucho y a veces no da todo lo que uno espera, pero siempre da para comer. Yo les enseñé a mis hijos a querer y a trabajar el campo, pero uno decidió irse de obrero a Linda Vista y otro se fue a probar suerte a Estados Unidos, mis hijas se casaron”, comenta el hombre de 67 años de edad quien aunque tiene parte del cabello entrecano, aún irradia fortaleza.
Cada año logra cosechar al menos 2 toneladas por hectárea de maíz, haba y frijol de acuerdo con la temporada y las vende sin intermediarios en Puebla, Hidalgo y Tlaxcala.
El originario de Terrenate externa que hace tres años dejó de pagar créditos al Banco Ejidal, que utilizaba para fertilizante, logró ser solvente al dejar de depender de los acaparadores y agrupándose con otros campesinos para recibir los respaldos económicos provenientes del gobierno federal.
Aun cuando acepta que el campo para él es todo lo que tiene en la vida, motivó a sus hijos a estudiar, pero sólo terminaron la secundaria y él hace dos años decidió concluir su primaria a través del Instituto Nacional de Educación para los Adultos (INEA).
“Antes los padres no le inculcaban a sus hijos estudiar, porque eran otros tiempos, yo sí quería que mis hijos se prepararan más, pero no tuve el dinero para darles toda la escuela que quisieron, empezaron a ganar su dinero y luego se casaron. Espero que mis nietos sí quieran tener una profesión y que se pueda”, comenta un poco nostálgico.
–¿A usted le gustaría que sus nietos fueran campesinos?–, se le pregunta.
–Claro, porque el campo es bonito, pero hay que trabajarle duro, pero si ellos quieren ser otra cosa será su decisión.
–¿A qué hora empieza usted a trabajar?
–A las seis de mañana salgo de la casa; a las 10 me llevan el almuerzo y a las 5 o 6 de la tarde regreso, es cansado, pero mi trabajo me gusta, lo gozo.
–¿Le gustaría tener algún apoyo del gobierno?
–Sí lo he tenido, pero es como todo, a veces lo dan tarde, otras veces es poco, ahora nos están dando fertilizante. Creo que es necesario que el gobierno entienda que el campo es la base de las economías, es el alimento de las personas, necesita tecnología y más inversiones para que la gente no lo abandone.
Don Isidro considera que la relación del hombre con la naturaleza se ha olvidado debido a la masificación de la información y a la falta de apoyos para el campo, “yo no veo mal que los jóvenes se vayan a ganar más dinero a otro lado, lo que sí es triste es que no se lo puedan ganar acá, porque muchos se van a los campos de Estados Unidos a hacer lo que pueden hacer aquí”.
Él, como muchos propietarios de tierras, añora ver siempre verde su parcela y que su esfuerzo sea recompensado con una vida decorosa, “yo planto mis arbolitos frutales, siembro mis terrenos y estoy pendiente de ellos, cuando hay buen tiempo se gana, pero muchas veces se pierde casi todo”.
En general, don Isisdro contrata entre 10 y 15 hombres para sembrar las 8 hectáreas que posee en el municipio de Terrenate, en promedio obtiene entre 2 y 2.5 toneladas por cada 10 mil metros cuadrados.