El poder no se corrompe. Son los seres humanos los que se pervierten cuando se les dota de esa facultad. Cuando la usan para lucrar, para satisfacer sus propios intereses, cuando se ciegan y no miran más allá de sí mismos.
Se pervierten cuando acuden presurosos a pueblos alejados presumiendo logros ajenos, afirmando que hoy sirven a la comunidad y que mañana lo harán desde el lugar en donde el voto los lleve.
Cuando, desde el ámbito empresarial, surgen personajes grises que no proponen ni legislan para que el entorno sea favorable y exista certeza jurídica, política y social necesaria para atraer nuevas inversiones y generar los empleos que necesita Tlaxcala.
Degeneran los cargos públicos cuando no acaban de sentarse en el trono, que pintan de azul y ya sueñan con saltar a otro, cual trapecista de circo en que han convertido aquella tierra de la que se dicen orgullosos y que prometieron hacerla prosperar.
Hacen de la política una podredumbre ofreciendo al mejor postor la institución que solos no pudieron mantener a flote.
La que ganaron a base de engaños y traiciones. Fantásticos mercachifles que cobran caros sus favores.
Infectan el quehacer político cuando fingen distancia de sus colindantes, porque no fueron favorecidos. Pero que hoy se desprenden de la poca dignidad que portan, arrodillándose frente al amo y señor de las tierras para agradarle y ganar sus favores.
Extravían el camino del bien común, cuando afirman convencidas que la política se hace con la víscera y no con la razón. Pretendiendo lograr la aceptación del pueblo y lograr sueños de grandeza, de ser patronas y poseedoras de las tierras.
El ejercicio del poder adquiere su cabal sentido cuando se pone al servicio de la dignificación de la persona humana.
Cuando se realiza positivamente el bien público temporal, se consigue el bienestar material, se implanta la justicia y la igualdad de todos.
Para eso es el poder y no para cumplir sueños y caprichos personales como hasta hoy.