Lejos quedaron aquellos fines de semana que disfrutaba frente al televisor o jugando con sus dos hermanos menores, primos o amigos de la “cuadra”, porque desde hace aproximadamente tres meses se ha convertido en un pequeño empresario.
Pero no sólo se ha transformado en microempresario por el tamaño de su negocio, sino porque él lo es, ya que a sus 8 años de edad, “aunque el 3 de abril ya cumplo 9 años”, Ricardo Joel Hernández Hernández es un infante que los fines de semana se dedica a vender helados afuera del atrio de la iglesia de Ocotlán, en el municipio de Tlaxcala.
No fue por petición de sus padres –una joven mujer dedicada a las labores del hogar o de su padre, un elemento de la Policía Estatal– que decidió incursionar en esta actividad, fue una “decisión propia” la que lo llevó a iniciar este negocio, el cual ya es de tradición, pues “varios de mis tíos se dedican a esto y me han ayudado mucho”.
Aunque sus pies apenas y alcanzan a llegar a los pedales del triciclo en el que transporta su negocio ambulante, compuesto de una hielera en la que acomoda tres cubetas que contienen sus helados de distintos sabores, vasos, barquillos y servilletas, Ricardo llega los sábados y domingos a su lugar de labores antes de las 10 horas para saciar la sed y el antojo de los feligreses y parroquianos.
Un niño de escaso 1.30 centímetros de estatura, menudito, pero siempre amable, se apresta a vender sus helados.
De poca palabra, tímido, Ricardo relata que “cuando entré a tercero de primaria me di cuenta que iba a estar difícil la situación económica y uno de mis primos me dijo que vendiera helados, pues vivo por aquí, cerca de Ocotlán.
Ante la falta de capital para invertir y sin dimensionar lo que ello representa, Ricardo logró que sus tíos le financiaran el helado y le prestaran el triciclo y los utensilios para vender, por lo que empezó este negocio.
“Todos (sus tíos) me han ayudado. Ellos hacen el helado para salir a vender y de lo que tienen me dejan unos litros para que los venda aquí, en el parque o en los accesos de la basílica de Ocotlán.
“Con lo que alcanzo a vender les pago a mis tíos lo que me dieron de helado, compro los barquillo, vasos, cucharas y servilletas y lo que me sobra lo utilizo para la escuela y la verdad hasta para mis dulces”, refiere el menor.
–¿Es difícil y arriesgado, estás muy pequeño para trabajar?–, se le pregunta.
–No, porque entre mis primos nos ayudamos. Tengo un primo más grande que se dedica a cuidar coches en las calles que están por la iglesia y él me ayuda a traer el triciclo. De paso, me cuida que no me vaya a pegar un coche o que algo malo me vaya a pasar”, responde.
Además, “toda la gente que vende por acá es de la comunidad de Ocotlán y nos conocemos, así que me ayudan y en lo que puedo los apoyo, por eso no ha sido difícil”.
Para Ricardo, su trabajo tampoco le ha robado su infancia ni tiempo para jugar, pues asegura que por lo general a las cinco o seis de la tarde ya está en su casa y al llegar “lo que he hecho estos dos fines de semana es instalar la pista de carreras que me trajeron los reyes y a veces hasta echo unas carreritas con mi hermano”.
Sin embargo, acepta que las ventas en las últimas semanas no han sido las que deseara, ya que “no he vendido todo últimamente”, por lo que ya añora que mejoren las condiciones climáticas “y llegue el calor, porque así subiré mis ventas y tendré para comprarme unos tacos de fútbol que vi en Tlaxcala”.
Aunque interrumpe la entrevista, pues los feligreses han salido de la misa de 13 horas del domingo y una familia de cinco integrantes compra dos helados de nuez, otro de vainilla y dos nieves de limón, Ricardo expresa: “si publica mi entrevista en el periódico y tengo más ventas, seguro me conocerán más, verdad” y enseguida apura sus movimientos para colmar con sus copos los vasos y barquillos para la delicia de los cinco comensales que esperan su postre.
Joel sueña con ser empressario cuando sea grande.