La Plaza México –para nada afectada su administración, férreamente centrada en Herrerías, por la “renuncia” de Curro Leal– no había sido hasta ahora escenario de dos temporadas en una, cuya segunda parte se organiza con criterios opuestos a los de la primera, en la que además de perder dinero deliberadamente la sedicente empresa dice haber “hecho patria” al anunciar a puros toreros mexicanos. Que muchos de éstos hayan desempeñado un papel no sólo digno, sino triunfal para nada garantiza su presencia en la parte medular de la serie, cuatro o cinco corridas armadas en torno a figuras españolas como José Tomás, Ponce, Hermoso de Mendoza, etcétera que se llevarán el dinero ante encierros bastante más apañados que los que se vieron en las doce primeras corridas. Pero conviene señalar que no ha sido éste el único caso de dos temporadas radicalmente distintas en una misma plaza e invierno capitalinos, pues en 1939 estalló con singular virulencia una clara división de la torería mexicana –autosuficiente por aquellos años, luego del boicot de 1936 que echó de España a nuestros toreros– que formó, con ganaderos famosos en uno y otro bando, dos grupos bien definidos en torno a las figuras máximas: Fermín Espinosa Armillita y Lorenzo Garza.
Antecedentes
La rivalidad señalada, que tanto color y sabor daba a la Fiesta, se radicalizó inconteniblemente cuando, en la Temporada Grande anterior (1938–39) el empresario Torres Caballero cedió los carteles más fuertes y redondos a uno de los bandos (el de Garza y don Antonio Llaguno, el todopoderoso ganadero de San Mateo), en detrimento de los hierros de Tlaxcala, Jalisco y el Bajío, y de Armillita y Alberto Balderas, que tras sendas victorias rotundas a principios de temporada se vieron relegados a los carteles más flojos y enfrentados a encierros duros y poderosos, mientras Lorenzo se daba vuelo en sus famosas encerronas (tuvo dos ese año) con escogidos toros de San Mateo y sin alternar nunca con los antedichos aunque sí, repetidamente, con El Soldado, el otro aliado conspicuo de los ganaderos zacatecanos. De modo que, no bien acabó la temporada, Fermín y Alberto –cuyo malestar compartían los señores Madrazo de La Punta, González de Piedras Negras y La Laguna, y Guerrero de Xajay, entre otros criadores importantes– decidieron ponerse al habla con Jesús Solórzano, cuya condición de figura fue ignorada por Torres Caballero al dejarlo fuera de su elenco en 1938–39. La meta era exigir mayor equidad al empresario o, a falta de respuesta, boicotear su siguiente temporada grande. Así las cosas, llegó octubre sin que Torres Caballero se dignara atender a los inconformes.
El pacto
Para formalizar el boicot contra el empresario –y el grupo garcista al que se había aliado–, los tres diestros mencionados se citaron con los principales ganaderos de la Unión de Criadores de Toros de Lidia el 4 de noviembre de 1939 en un pequeño restaurante de San Martín Texmelucan, a medio camino entre el DF y Tlaxcala, estado sede de la plana mayor ganadera. En respuesta, la empresa acordó con Lorenzo y los Llaguno echar adelante la temporada, con unos pocos ganaderos afines y espadas de escasa convocatoria (Fermín Rivera, David Liceaga, Ricardo Torres o Pepe Ortiz), con lo que el peso de la serie recaería sobre los hombros de Garza y El Soldado. Luis alcanzó éxitos estimables, pero a Lorenzo el público no le perdonó esa soberbia que lo había llevado a imponer condiciones tan anómalas y lo trajo a mal traer a lo largo de sus numerosas actuaciones, obligándolo a forzar la máquina al grado de dejarse herir seriamente por “Chavalillo”, un correoso burel de Torreón de Cañas. Y el ganado zacatecano no salió mejor librado: tantos encierros lidiaron San Mateo y Torrecilla que acabaron mandando novillos –los famosos “toritos de plomo”, bautizados así por el cronista de El Redondel Alfonso de Icaza Ojo porque daban el peso reglamentario a pesar de su pequeñez– provocando el airado rechazo del público, muy dado a arrebatos pasionales pero lo suficientemente enterado y conocedor como para protestar que le diesen gato por liebre. Total, que la temporada de Torres Caballero, en la que alcanzaron éxitos fugaces Luis Castro, Carnicerito de México, Rivera y Eduardo Solórzano, concluyó desastrosamente, con gran descrédito de las dos cabezas notorias –figura y ganadero– del malhadado elenco.
Temporada
Relámpago
Entonces, el grupo opositor entró en acción, contrató El Toreo y anunció su propia temporada, corta en número de festejos pero servida por señores toros para sólo cuatro toreros: Armilla, Balderas, Solórzano y Silverio. Las tres figuras consolidadas no hicieron gran cosa, pero aquella Temporada Relámpago sirvió para que Silverio Pérez se revelara como un artista de excepción, capaz de bañar repetidamente a los ases y terminar dueño del tinglado. Había inmortalizado a “Pizpireto” de La Punta (07.04.39) y refrendado dicha apoteosis ante “Modelo” de Coaxamalucan y “Gitano” de Rancho Seco, sexto de una corrida en que Solórzano toreó de capa colosalmente y su banderillero Román Chato Guzmán sufrió una cornada de 50 cm. de extensión. Esta segunda parte de la temporada 1939–40 constó de apenas seis corridas y no tuvo mejor final que la primera (abortada luego de 14 festejos). Quedaba así demostrado que las divisiones y rencillas no conducen a nada bueno, ni siquiera en las épocas de mayor esplendor, pues como se sabe nunca tuvo México mejores toros y toreros que entonces.
Sangrienta vuelta
a la normalidad
Para el invierno siguiente asumió por primera vez la dirección de la empresa de El Toreo el optometrista Alfonso Gaona, previa reconciliación de las partes en conflicto. Gracias a esa comunión de intereses la fiesta pudo discurrir por cauces triunfales: Armillita tuvo uno de los años cumbres de su gloriosa carrera, Solórzano volvió a ser el Rey del temple y Silverio confirmó reiteradamente su grandeza. Pero antes que eso ocurriera, la temporada pasó por una trágica racha decembrina en la que Arruza, Garza y Gorráez resultaron gravemente heridos en subsecuentes domingos. Broche luctuoso, la muerte de Alberto Balderas en las astas de “Cobijero” de Piedras Negras (29.12.40) ensombrecería el final de año tan conflictivo. Por fortuna, asomaba ya un 1941 rotundamente luminoso para la tauromaquia nacional.