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Lunes, 12 de enero de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 SEMANÁLISIS 

De futbol y cine

 

 
HORACIO REIBA

Una de las películas emblemáticas de Wim Wenders (sobre una novela de Peter Handke, coguionista) es “El temor del portero ante el penalty” (1972), en apariencia una turbia historia policial que en el fondo especula fantasiosamente en torno a la excepcionalidad psicológica del guardameta, ese gran solitario de la cancha cuyos aciertos canta sobre todo el rival agraviado y cuyos errores el hincha suele recordar rencorosamente durante generaciones. En realidad, y al margen de semejante obra maestra, debe haber dispersas por las filmotecas del mundo docenas de películas de tema balompédico rodadas en los países más impensados, pues como se sabe la futbolmanía galopante abarca casi toda la geografía del planeta Tierra. Mexicanas, así a botepronto, recuerdo haber visto en la tele una de Pardavé, de finales de los años 40, con Horacio Casarín por protagonista y la rivalidad entonces vigente entre equipos mexicanos y españoles como trasfondo. De explotar la popularidad del clásico de clásicos se ocuparon posteriormente un bodrio taurino–futbolero titulado “Las Chivas Rayadas”, que no tardaría en encontrar réplica en las gracejadas proamericanistas de Chespirito a través de “El Chanfle”, no menos mala que la anterior. Y es fama que el melodrama hollywoodense de los ochentas “El parque de los sueños”, con el beisbol como eje, era en realidad un refrito de la obra inglesa original, lógicamente referida al fut y no al beis. En fin, que la lista sería interminable. Y viene hoy al caso con motivo de la producción nacional hace poco estrenada donde Diego Luna (Rudo) y Gael García Bernal (Cursi) rivalizan en divertidas y/o patéticas vulgaridades, y Carlos Cuarón, en su calidad de director primerizo, hace una afortunada entrada al universo cinematográfico.

 

Cinematografía mundialista

 

A mediados de los años 50 se estrenó una memoria fílmica, en forma de largometraje, dedicada al mundial entonces reciente de Suiza 54. La idea era presentar escenas de los partidos importantes hasta desembocar en la gran final, adobadas por la presencia de algunos protagonistas casuales que daban a la trama un leve toque de ficción, al tiempo que se mostraba algo del entorno pasional del evento, envolviendo escenas y lugares más o menos típicos del país sede. Fue la primera de una serie que tomaría impulso y fuerza en años subsecuentes, incluso apadrinada por la FIFA, que encontró en esta amena clase de documentales un excelente filón para promover al futbol en general y a su evento cuatrienal en particular. De la película sobre Chile 62 recuerdo sobre todo los goles de Garrincha y el partido México–Checos que supuso la primera victoria de los nuestros en la historia mundialista. De la Word Cup 66, un paneo en cámara lenta de la histriónica salida de Rattin, con cara de pocos amigos, tras ser misteriosamente expulsado por el alemán Kreitlein del partido Inglaterra–Argentina, clave para entender la posterior coronación inglesa. No me gustó nada la versión que del México 70 hizo Alberto Isaac –que ni siquiera era aficionado al futbol–. Pero en la ingenua trama del preadolescente fanático que escapa de su casa para viajar a la capital a ver los partidos, y en plena carretera recibe aventón de una pareja de turistas extranjeros que lo protege y le permite cumplir su sueño, aún se adivina un país optimista y festivo, que aparentemente ha superado el trauma post 68 y no imagina que alguna vez esos caminos y esas formas de convivencia despreocupada habrían de conformar imágenes difusas, vistas por los jóvenes del temprano siglo XXI como algo definitivamente inverosímil si no es que irreal.

 

Censura marca FIFA

 

La última película de la serie mundialista no llegaría nunca al público. Corresponde al mundial Argentina 78 y, realizada por cineastas holandeses, parece ser que resultaba demasiado explícita con respecto a la situación reinante en el país del Plata, dominado por la dictadura militar que era al mismo tiempo organizadora del evento. Para colmo de lo políticamente incorrecto, se dice que contiene escenas del partido Argentina–Perú sumamente comprometedoras por cuanto muestran un entendimiento más que tácito entre el guardameta peruano Quiroga –nacido por cierto en Argentina– y los delanteros locales, que necesitaban cuatro goles como mínimo para llegar a la final y anotaron nada menos que seis, la mayoría con la complicidad del arquero seudoperuano. La premier, presentada en Zürich a la plana mayor de la FIFA, escandalizó de tal manera a sus dirigentes que la película, si es que aún existe, permanece enlatada desde entonces. Y de los famosos documentales mundialistas –hoy sustituidos hasta el atosigamiento, y además en vivo, por las omnipresente televisión– nadie volvió a pronunciar media palabra.

 

Rudo y Cursi

 

La película aún en cartelera –donde otro penalty definirá el destino de los protagonistas– reúne humor y descaro suficientes como para convertirse sin problemas en el mayor logro fílmico nacional sobre tema futbolero. Dentro del clima de un relato deliberadamente trazado con brocha gorda están presentes y actuantes –entre otros incontables estragos del capitalismo salvaje– la desigualdad social, la debacle educativa, el rampante esplendor del narco, la indefensión del amateur provinciano, perversamente moldeado por la televisión y sometido a explotación inicua tanto en su pueblo de origen como en la capital a la que viaja ilusionado sólo para verse utilizado, vejado y desechado por el corrupto aparato del futbol profesional. Pero por encima de todo y de todos se adueña de la pantalla ese personaje memorable que es el agente de jugadores, encarnado en “El Batuta”, un pícaro trotamundos que vive de sisar a los muchachos, sobornar a los entrenadores y trucar partidos en beneficio propio y de las mafias de apostadores hoy tan en boga. Este auténtico tratante de carne humana –siempre acompañado por una hetaira distinta, a cual más voluptuosa y vulgarota– no sólo hace de narrador omnisciente, que va dictando graves sentencias sobre “el juego del hombre” con conveniente acento argentino a medida que se despliega la trama, sino que resulta tan imprescindible para la misma que sin él no habría historia. Lo que significa que Rudo y Cursi constituye un verdadero fresco a la mexicana de lo que está ocurriendo actualmente no sólo con el pobre futbol nuestro, sino con el deporte profesional en general.  Aquí, allá y acullá.

 
 
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