No, rien de rien, je ne regrette rien*
Unas frases. Sólo unas palabras. Que él escribió. Después de unos días. Ella leyó. Vino el revire. Que ella escribió. Y él leyó.
Quedaron en conocerse. Ella, distraída, jugaba con el celular. Él la miró. Se impactó. Se le acercó. Tomó su mano y la besó. Ella sonrió.
Huidiza. Miedosa. Ciega. Lo rechazó. Mientras, algo dentro, lo jaló. Él, decidido, la abordó. Pero temeroso, la apartó. Ella: ¿Me voy o me quedo? Él: ¿Me quedo o me voy? Confesión abierta: “El mink y la mezclilla no combinan.”
“Te voy a contar una historia...”, de la nada comentó ella. Remató: “... al infierno, pero juntos”. Él la escrutó. Sin palabras, sin conciencia en ese momento, coincidieron internamente: “Me quedo”.
Venían disfrazados. Les costó desnudar sus entrañas. Cada beso, cada caricia abría la ventana para sentir lo que tuvo lugar. En otra parte. En otros tiempos. En otro mundo. Mirarse a los ojos. Y reconocerse mutuamente.
“Te amo. Me impactaste desde la primera mirada. No me resistí. El amor es explosión. Con ojos de luz te miro y me miras. Esto es un regalo de los dioses”, expresó él.
“Cuando me viste, tú me recordaste. Me reconociste. Y yo te esperaba. Algo dentro de mí lo supo. Pero yo estaba perdida. Por eso ese algo de dentro mío te abrió la puerta. Aunque yo la cerraba”, dijo ella.
Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio... y coincidir.**
*No, nada de nada, no me arrepiento de nada. Edith Piaf.
**Fernando Delgadillo.