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Viernes, 2 de enero de 2009
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

  CINE   

Epopeya muy al sur del arcoiris

 

 
ALFREDO NAIME

El fin del año fílmico nos dejó por regalo la interesante opción de Australia, cuarta película del exuberante Baz Luhrmann –una epopeya de corte clásico– y primera después de su trilogía de la cortina roja conformada por Strictly Ballroom (1992), Romeo y Julieta (1996) y Moulin Rouge (2001). Construida a la manera de una epic histórica, Australia trasciende ese mero pretexto para establecerse diáfanamente como lo que en realidad es: un desbordado y entrañable canto de amor al país oceánico, con reparto y equipo de producción totalmente australiano, encabezado por el propio Luhrmann, Nicole Kidman (nacida en Hawai, pero aussie de origen y crianza), Hugh Jackman, Bryan Brown y por la Directora de Fotografía Mandy Walker –su trabajo de lentes, grúas y contrastes es espectacular– quien hasta podría convertirse en la primera mujer en ganar el Oscar de la especialidad, siempre que antes reciba la nominación correspondiente.

Eso sí, Australia estrenó en EU y en el propio país de los canguros hace cinco semanas y mucha de la crítica ha sido dura con ella. A mi juicio, mayoritariamente por las razones equivocadas, siendo una de ellas sus excesos; por ejemplo, su duración de 165 minutos. Pero Baz Luhrmann ha sido siempre eso: un cineasta excesivo, abigarrado, exuberante, desbordado, que ahora ha encontrado –en el tema de su propio país– el detonante perfecto. Por otra parte, Australia ha recibido también crónicas elogiosas, que le reconocen logros que la sacan a flote en su tempestuoso mar de riesgos. Así pues, respecto de ella, la encendida contienda está pareja, con el balón botando justo en medio del terreno de juego, a disposición de quien quiera entrarle. Por mi parte, como una suerte de resumen ilustrativo, concuerdo con lo que de Australia ha dicho Lori Hoffman en el Atlantic City Weekly: “el exceso es parte de su encanto; Luhrmann ve a los géneros clásicos del cine como un mágico parque de diversiones, y con su film pretende subirse a todos los juegos”.

Australia –ubicada en 1939, en plena II Guerra Mundial– es en realidad dos películas. La primera tiene que ver con la llegada a su territorio, desde Inglaterra, de Lady Sarah Ashley (Kidman), quien deberá encargarse de su enorme propiedad ganadera, Faraway Downs, tras el asesinato de su marido. Su reto inicial: llevar 2 mil vacas hasta la muy lejana ciudad porteña de Darwin, a tiempo de ganar el contrato para venderlas como alimento del ejército. En esa odisea será guiada y apoyada por un arreador de ganado apodado Drover (Hugh Jackman), siempre ante el boicot tramposo de la gente de King Carney (Brown), el poderoso ganadero competidor. La segunda película implícita arranca a la conclusión de dicho viaje, y cambia de rumbo; focaliza en los inminentes bombardeos e invasión de la armada japonesa, lo que trastoca las vidas y los destinos de los personajes. Y en medio de todo ello –incluso como vínculo de los dos filmes aludidos– está la presencia de Nullah (Brandon Walters), un niño mestizo, heredero de los mágicos atributos de los aborígenes oceánicos. Bienvenidos, pues, al Lo que el viento se llevó australiano.

Australia es un melodrama romántico épico, pero es también, a su manera, una especie de cruza y homenaje de varias cintas memorables del cine clásico (Gigante, Río Rojo y Viñas de ira entre ellas, además de la ya citada Lo que el viento se llevó). Incluso asume como leit motiv a El mago de Oz, en su particular búsqueda de aquello que está “en algún lugar, más allá del arcoiris”. Sus rasgos de fábula, que mucho le han criticado –y que en efecto molestan su acercamiento histórico– la hacen en cambio una película más intemporal y hasta universal, que por ende adopta mejor el sentido del espectáculo alaBaz Luhrmann. Por eso es que, a fin de cuentas, Australia es menos para puristas del realismo y bastante más para soñadores bohemios, que sí se saben Over the rainbow. No se la pierda.

 
 
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