Entre el ritual de un año viejo y uno que inicia hay millones de deseos: tener salud, encontrar el amor, conseguir o no perder el trabajo, tener dinero para cubrir nuestras necesidades y solventar los gastos, ir al gimnasio, adelgazar, engordar, quitar el mal carácter, hacer las paces con quienes peleamos, ser más amable con la gente, en fin.
Uno de los conceptos que nos gobierna en occidente, es el de la perfección. Debido a ello, nuestros ideales devienen del mismo. Si deseamos adelgazar, tenemos en mente la figura de alguna modelo que parece tener la figura perfecta. Si deseamos modificar nuestra manera de reaccionar, imaginamos que somos la madre Teresa de Calcuta y hasta lo más aberrante lo sublimizamos. Y así nos vamos con la perfección determinando nuestras ilusiones y deseos y hasta llegamos a desear tener una vida perfecta.
Yo no deseo ni por error tener una vida perfecta, cuestión imposible aunque no por eso la dejamos de pensar de esa manera. No deseo el hombre ideal para tener un amor perfecto. No, no y no. No quiero que ese concepto permee mi vida en ninguno de sus aspectos ni en ninguno de sus contenidos.
Yo lo que quiero y deseo, para mí y ustedes que me leen, todo lo contrario de la perfección: deseo que las imperfecciones de la vida no me dejen de maravillar. Que esto nos suceda todos los días que nos toquen vivir en este 2009 que inicia, y lo apreciemos momento a momento.
Que las imperfecciones de la vida no nos dejen de maravillar, ese es mi deseo.
¡Felicidades!