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Viernes, 19 de diciembre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 CINE 

Klaatu y su arca; mami y su abrazo

 

Fotograma de la película El día que la tierra se detuvo
ALFREDO NAIME

El que una película luzca bien y tenga los ingredientes que suele buscar el gran público, puede no ser suficiente. Así también, el que la obra en cuestión resulte altamente taquillera no necesariamente la convierte, por definición, en una buena película. Ello queda demostrado en El día que la tierra se detuvo, de Scott Derrickson, que ahora mismo es la vende–boletos número uno en el horizonte fílmico de los EU, después de recaudar 31 millones de dólares en su semana inicial. Remake del clásico de Robert Wise producido en 1951, Keanu Reeves –con su característica (in)expresión a–la–Chepo de la Torre– es quien interpreta en ella a Klaatu, el extraterrestre de apariencia humana que llega a la Tierra a indagar qué tan posible es hablar con nuestros líderes para corregir ciertos rumbos. ¿A propósito de qué o para qué? Lo explica la sinopsis siguiente...

Estamos en el presente: un reducido núcleo de autoridades y científicos se entera de que un gran cuerpo desconocido se aproxima a velocidad vertiginosa e impactará al planeta –cayendo en Manhattan, cual es la costumbre– en... 78 minutos. Como única y remota esperanza de supervivencia está el que los misiles estadounidenses puedan destruirlo o al menos fracturarlo, pero extrañamente quedan anulados antes de activarse. Así, el total aniquilamiento global es inminente; pero en el último momento, la enorme masa desconocida (¿asteroide? ¿cometa?) desacelera y se posa, ante el estupor general, en Central Park. Es en realidad una gran burbuja de energía cristalina; una nave espacial de la que desciende Klaatu, que será gravemente herido por la nerviosa milicia. Tal reacción confirma al visitante y a su cultura de procedencia lo que ya sospechaban: somos una raza con la que no es posible conciliar ni negociar. Así, queda revelado el resorte principal del argumento: Klaatu, obligado, tendrá que detonar el proceso de la definitiva extinción humana, al no encontrar en nosotros conciencia alguna (o ganas, al menos) para tratar al planeta de una manera noble, ecológicamente sustentable. Entonces, a fin de salvar a la Tierra –uno de los pocos espacios susceptibles de albergar vida armónicamente– habrá que prescindir del hombre, la especie que la está matando. No he mencionado que, como en la versión de hace 57 años, Klaatu se hace acompañar de Gort (nombre surgido de un acrónimo militar), un gigantesco autómata metálico que para cuidarle se activa ante cualquier señal de violencia. De él desprenderá la (digamos) solución final en contra de los aún inadvertidos terrícolas.

Pero antes dije: El día que la tierra se detuvo no alcanza a ser una buena película, al menos a la luz de ciertos considerandos relativamente elementales. De principio, es un film bastante inanimado, en donde el diálogo –sobre todo el de los políticos– resulta excesivo e impide un flujo más visual y activo del argumento. Bajo tal circunstancia, uno supondría parlamentos lúcidos, más punzantes (¿se acuerdan de los de Leones por corderos?), pero en cambio su tónica es anodina, rebuscada y hasta inútil. Quede como ejemplo ese –ya notado por Roger Ebert– salido de la boca (que no de su cerebro alienígena) de Klaatu: “Uno más uno es igual a dos; siempre ha sido y será así”. Digo, para soltar esa certidumbre de cuarta, el tío bien pudo ahorrarse el largo viaje. Y es que –a despecho de que él es la figura neurálgica del argumento– a Klaatu esta vez se le perfiló como absolutamente átono; tan pasmado que ni siquiera acierta a enamorarse de Jennifer Connelly (la astrobióloga Helen Benson en la cinta), lo que ya es decir. A partir de tal concepto es quizá que al film de Derrickson se le viene el mundo encima, a pesar de una imaginería visual de altura y de algunas ideas sugerentes; como esa de las –más pequeñuelas– naves–arca. Lo bueno es que, al final del día (como cuando éramos niños), un abrazo materno puede arreglarlo todo; incluso, salvar al planeta. Seguro que, alguna vez, todos lo sentimos así.

 
 
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