A todos aquellos que en
este diciembre necesitamos
aferrarnos a un sueño...
Ernest Theodor Amadeus Hoff-mann (1776–1822), fue un es-critor y compositor alemán que participó activamente en el movimiento romántico de la literatura.
Dicho sea de paso, su tercer nombre era Wilhelm, pero más tarde lo cambió por “Amadeus” en honor a Mozart, a quien admiraba con un fervor particularmente intenso.
Conocido más por sus cuentos (aunque fue típicamente polifacético) escribió uno que se conoce mundialmente gra-cias a la música extraordinaria de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840–1893) y que se llamó El cascanueces y el rey de los ratones, aunque finalmente se quedó plas-mado en la historia artística del ballet con el simple nombre de El Cascanueces.
Muchas anécdotas giran alrededor se esta obra, comenzando con su estreno. Va-rias fechas se han propuesto; sin embargo, el 18 de diciembre de 1892, por la presencia del zar de Rusia Alejandro III, se ha adoptado oficialmente como el tiem-po en el que se estrenó el ballet (aunque se sabe que ya antes había sido presentado). La narración no es otra cosa más que un cuento navideño en el que se mezcla una cantidad inimaginable de fantasías que invitan a la ilusión. Se divide en dos actos, de los cuales el primero gira en torno a una fiesta previa a la navidad. Una niña llamada Clara recibe co-mo obsequio de su padrino (Drosselme-yer) un cascanueces con forma de sol-dado. Su hermano Fritz, al tratar de quitárselo, lo rompe, y es arreglado precisamente por el padrino el que se lo regaló.
Al terminar la fiesta, todos se van a dormir. Clara se acuesta con su cascanue-ces, y de repente, la casa se agranda mien-tras paulatinamente los objetos inanimados toman vida. Aparecen entonces unos ratones que inician una verdadera guerra en contra de los juguetes (no sé por qué asocio a las ratas con los soldados gringos y sobre todo al antipático Bush, que afortunadamente, como una pesadilla, ya se va).
El caso es que casi perdiendo la batalla aparece Drosselmeyer, que ocasiona una distracción que aprovecha el cascanueces soldado para matar al rey de los ratones (aunque en algunas versiones, pa-ra no impactar a los niños con un asesinato, la representación se hace con una estampida en huida por parte de los roedores). Se da entonces una fantástica transformación del héroe juguete en un príncipe, quien tomando a Clara, la sube en un trineo con dirección al reino de los dulces.
El segundo acto es realmente espectacular. Clara y el príncipe llegan al reino donde son recibidos por el Hada de Azú-car con todo su séquito. El cascanueces cuenta su hazaña y en honor a los dos se les organiza una gran fiesta llena de danzas muy variadas que sorprenden des-de el punto de vista musical, artístico, virtuoso y visual. Pero en el momento más espectacular, de repente, todo se apaga, Clara despierta con su cascanueces de madera y bajo una sensación de satisfacción se muestra feliz por su asombrosa aventura.
Más que un cuento de amor entre un príncipe de ensueño y una niña candorosa, la obra tiene tintes que van desde lo fantasmagórico hasta lo gracioso. Muy difícil de “aguantar” para los niños (ya que tiene una duración de proporciones apocalípticas para un pequeño), a los adultos nos representa una ne-cesidad de retomar nuestro espíritu in-fantil. Cabe mencionar que por la exquisita y digerible musicalidad, sobre todo del segundo acto, Tchaikovsky compondría después una “suite” (es decir, una especie de re-sumen) con la música de la cual, hoy se ha abusado incluso para ponerla de fon-do en absurdos comerciales, bailes de quince años, representaciones escolares sin tener algo que ver con la obra original.
Sin embargo, creo que se vale. Cons-tantemente he pensado en los poderes te-rapéuticos de la música.
Muchos musicólogos consideran que la obra de Piotr Ilich Tchaikovsky es re-lativamente superficial, pero desde mi par-ticular punto de vista, no deja de ser genial.
Por eso, en este año que fue terrible y en el próximo que pinta peor, necesitamos aferrarnos a un sueño, no creyendo en las mentiras de los malos políticos que nos gobiernan, sino en el refugio de la música y las fantasías que nos permiten comprender que la vida, alegrada con es-te tipo de manifestación artística, siempre será mejor.