El futuro siempre ha sido un territorio incierto y hostil. Por distintos medios nos hemos empeñado en sacudir sus ramas para ver qué frutos caen, y en más de una ocasión nos hemos dado un buen golpe en la cabeza con la manzana podrida, llena de gusanos. Saber qué va a ocurrir mañana, o en los próximos años ha sido una inquietud constante y presente en todas las culturas.
Demasiado volátil para atraparlo, demasiado espeso para ignorarlo, el futuro nos atrae y nos atemoriza. Desde el más vulgar de los horóscopos, hasta la más refinada de las predicciones científicas, pasando por el pronóstico del tiempo o de los partidos del fin de semana todos se construyen sobre el terreno de la incertidumbre.
¿Qué tan lejana se encuentra la opción de habitar Marte? ¿Qué ocurrirá cuando deje de funcionar la última computadora? ¿Cómo será la televisión del futuro? ¿Cuántas profecías y predicciones han fallado?
Apocalypso nau
Nuestra especie se debate en la paradoja de la conciencia. Sabe que algunas acciones que hace son dañinas, pero no por eso deja de hacerlas. El mundo occidental es un buen ejemplo de este absurdo.
Por una parte se entrega a una frenética carrera en búsqueda de confort y de felicidad, y por la otra hace conciencia y reflexiona sobre el daño que le está ocasionando al planeta y a sus habitantes, incluidos otros humanos menos afortunados.
En esta carrera por el bienestar se ha perdido parte de la condición humana. Si bien hay un atisbo de conciencia, lo cierto es que se pasa por encima de muchos valores y normas que nos diferencian de los animales irracionales.
El Homo sapiens es cada vez menos sabio y más irracional. Entregado a un furor consumista, daña a su entorno sin posibilidades de recuperar lo perdido. Bajo estas circunstancias, el futuro se antoja francamente desolador.
Sin embargo, los avances en la ciencia y la tecnología nos prometen un mundo con menos sufrimiento. Optimistas por naturaleza, damos paso a las predicciones que nos anuncian un mundo mejor.
La fragilidad de la memoria
Esa continua búsqueda por el confort, sumada a nuestra congénita soberbia (siempre creemos que la época que vivimos es la mejor de todas y que nadita destruirá nuestra felicidad), abrieron la puerta a los olvidos de la memoria.
Miles de libros, de testimonios, de historias han sido destruidos por el tiempo, por el agua, por el fuego, por la adversidad. ¿Cuántos ejemplares de la Iliada se habrán tragado los escarabajos? ¿Cuántos sabios consejos habrán servido para encender hogueras? A nuestra ambición por entender los misterios del universo sólo se compara el afán por destruir la herencia que nos dejaron.
Sin embargo, por aquí y por allá, de vez en cuando, nos encontramos tesoros que se creían perdidos. Enterrada, medio podrida, la memoria de los antiguos ha sido fragmentariamente rescatada. A tercos ninguna otra especie nos gana (bueno, tal vez las cucarachas y las ratas sean más necias que nosotros. Pero ninguna rata ha pintado un equivalente de la Mona Lisa, ni conozco a ninguna cucaracha que se llame Franz y haya escrito una novela en la que los insectos se transformen en hombres.)
Sin embargo, paradójicamente nos encaminamos hacia una sociedad sin memoria, incapacitada para recuperar el pasado. Corremos el peligro de quedarnos sin herencia y sin historia. La clave está en el soporte que cuida nuestros conocimientos científicos y nuestras habilidades técnicas; el problema consiste en el marco que da resistencia a los golpes del tiempo.
Sólo denle la vuelta a la página para dar una vuelta por el futuro.
Pero saquen boleto de regreso: nadie sabe lo que nos espera.