Búsquedas en el diario

Proporcionado por
       
 
Jueves, 18 de diciembre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 OPINIÓN 

De regalos, intercambios y reyes

 
ISRAEL LEÓN O’FARRILL

Como todos los fines de año, se impone la costumbre de hacer regalos a familiares y amigos; como todos los fines de año también nos devanamos los sesos pensando qué demonios regalar: que si al primo Herculano le vendrán bien unos calcetines, que si a la tía Eduviges un chal, el caso es que viene la complicación de elegir objetos pensados para una persona en particular, que traten de definir su personalidad, gustos y demás. A la vez, llevamos varios años en que la crisis no nos permite hacer todos los obsequios que quisiéramos, y en que los reyes y el santo clos (niño dios para los más nacionalistas ¡¿?!), andan con las alforjas o el saco bastante raquítico o, de plano, han tenido que comprar “chinadas” para cumplir con el requisito.

Por otro lado, es frecuente que ahora se realicen intercambios en las oficinas, escuelas, e incluso en el mismo seno de la familia con la finalidad de estirar los aguinaldos y no quedar mal con la parentela. Recuerdo una triste navidad en que un tío estaba muy amolado y nos regaló pequeños detalles a todos: que si una vela a uno, que si un llaverito a otro... el caso es que otro de los tíos, un tanto indignado y un tanto en broma le dijo: “para la próxima, mejor miéntame la madre, te saldrá más barato”. Por tanto, el intercambio ha resultado un excelente incentivo para que no se termine el espíritu de la época (me refiero al de obsequiar y ser obsequiado, aunque no es el único, también están los romeros –¡mmmm!– y los asquerosos villancicos –¡puaj!–), y a la vez, de obtener realmente lo que uno quiere, sin riesgo a que acabes con una dotación de chocolates rancios regalados en la pasada festividad, o de encontrarte con una camisa que ni te queda, ni puede ser cambiada pues la compraron en el tianguis de la esquina.

Otra maravilla del intercambio es que puedes acordar un límite al monto de la compra, con lo que la economía de todos queda considerada y nadie se pasa de vivo o de muerto, según sea el caso. En el que me toca este año establecimos un límite de 200 pesos. Dicha cantidad, que ni es poco, pero tampoco mucho, permite pensar en una variedad de productos que generalmente se reduce a unos cuantos: un disco, un dvd o un libro (lencería no es conveniente pues estaríamos mandando quizá un mensaje demasiado comprometedor). En nuestra versión del ritual posmoderno especificamos en un papelito aquello que deseamos: yo voy a pedir un libro. Sé que suena muy mamuco, pero es que mis artículos versan sobre el particular, qué se le va a hacer. Sin embargo, echen un vistazo a los intercambios en los que participan y vean cuántos de sus colegas piden un libro; si pasa de dos, me cae que exageré. Más allá de elucubrar complicadas reflexiones para dar con las razones de la preferencia de un disco sobre un libro, vayamos al grano: la gente no lee, pa qué nos hacemos güeyes. En el mejor de los casos, he escuchado que piden el libro de moda o alguno que sea de “utilidad”, como manuales de herramientas, el Menú Pando de Chepina o el del maldito queso que alguien se robó (me parece que ahora van en el de ¿quién se robó mi memela?).

De cualquier manera, no me voy a pasar de listo, los libros que he seleccionado para poner en la enumeración (tres por aquello de la falta de existencias en las librerías), apenas si rebasan los cien pesos. He de decir que, como muchas cosas de la vida, en los libros el precio no determina si son buenos o malos. Existen algunos que cuestan una barbaridad y no valen ni la tinta que se gastó en su impresión; los hay que salen rete baratos y son invaluables... como dicen aquí, hay de precios. Claro que para los que somos totalmente Chiautempan, nos vamos por la calidad y el contenido.

Otro asunto importante en estas fechas es lo de los reyes y los santa closes. Si ya han considerado regalar juguetes de todo precio y denominación, bien pueden considerar comprar libros para niños (acompañados de una pelota o de un muñeco de acción, no vamos a cambiar el mundo en una navidad), que como dicen los que saben, despiertan la imaginación y crean en los infantes el callo de la lectura; al menos la costumbre de tener cerca las palabras. Sin embargo, si eligen regalar libros a sus escuincles, recomiendo ampliamente que se sienten a leer con ellos, que compartan la lectura. Hay cientos de títulos excelentes para los niños, y en algunas librerías tienen personal especializado para orientar a los padres sobre lo más adecuado para cada edad. Basta que nos lancemos un clavado en los estantes para descubrir verdaderas maravillas, la mar de imaginativas y pertinentes, (mucho más que el maldito dinosaurio morado, o las mugres neoliberales del ratón gabacho) y por supuesto, que pueden entretener de la misma manera. El secreto para interesar a los niños en la lectura, es dar el ejemplo: nosotros tenemos que leer más; por pura imitación, los chamacos habrán de tomar los libros. En fin, estas fechas donde todo mundo se lanza a esa frenética búsqueda por gastarse aguinaldos con todas las porquerías imaginables, tanto en intercambios, como en reyes, sería interesante invertir un poco en la lectura. Un suéter abriga, nos da imagen, pero se gasta y termina vistiendo a nuestra mascota favorita; un libro permanece y puede ser pasado de mano en mano por mucho tiempo, además de que, salvo en muy contadas ocasiones y aunque no queramos, nos quita lo bestia.

 
 
Copyright 1999-2008 Sierra Nevada Comunicaciones - All rights reserved
Bajo licencia de Demos Desarrollo de Medios SA de CV