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Viernes, 5de diciembre de 2008
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 OPINIÓN 

De rudos y exóticos

 
ISRAEL LEÓN O’FARRILL

En la entrega anterior me refería a la compra de diversos textos en la recién estrenada librería del flamante Complejo Universitario. Entre ellos, un excelente ensayo de Guillermo Sheridan intitulado México en 1932: La Polémica Nacionalista. En él, Sheridan aborda un tema espinoso para las letras de nuestro país, y poco difundido: la discusión en ese año, en torno al rumbo que debía tomar la literatura, concretamente si debía ser nacionalista o universal. La polémica tendría como escenario los periódicos principalmente, y como contendientes, por un lado, el llamado grupo de los Contemporáneos –también llamado grupo sin grupo–, y por el otro varios escritores y artistas de sesgo nacionalista. Sin penetrar del todo en conceptos tan complejos y diversos como el nacionalismo, identidad y noción de patria, lo que me interesa en este momento es la continuidad que se dio en el instante a un debate que inició en 1925 que trató de definir si la literatura tendría que ser viril o afeminada (y con esto, querían decir vanguardista o cosmopolita). El ataque iba dirigido a varios contemporáneos que se encontraban explorando en los terrenos de las vanguardias europeas y que como tal, pugnaban por la experimentación y el juego como elementos fundamentales. Sin embargo, la realidad es que se encontraban a la busca del alma nacional y el lugar que debería tener la literatura en un contexto universal, la diferencia es que ellos pensaban que tendría que ser desde un plano individual, interno. A la vez, dentro de la controversia se confundían las preferencias sexuales de algunos de ellos con la validez o no de su obra. Augusto Isla comenta en su Jorge Cuesta: el León y el Andrógino, sobre Ermilo Abreu Gómez, uno de los principales exponentes por el bando de los nacionalistas que “ya no le importa tanto la buena literatura cuanto la exaltación de la virilidad, ya no tanto la tradición cultural como la aniquilación de la libertad de los lindos”. Es contraponer la franca homofobia sobre el debate que debe regir una polémica; al contrario, no se trata tanto de polemizar, sino abiertamente de denostar. Por su parte, Alfonso Reyes habría de sanjar de cierta forma el debate al escribirle a uno de los nacionalistas, Héctor Pérez Martínez, que en su obra lo encontraba culterano, gongorino, mallarmeano, contemporáneo.        

Para los nacionalistas, la búsqueda debía ser en lo más profundo de lo mexicano –sea lo que sea que eso significa fundamentado en el pasado prehispánico y el odio a lo extranjero, incluida la tradición española de la Colonia. Por supuesto, el arte y la literatura debían ser colectivos o al menos, reflejar las necesidades de la colectividad. Para ellos el cosmopolitismo de los contemporáneos no era otra cosa que mariconadas, tan simple como suena. Sin embargo, me parece que las cosas no son tan sencillas.

No se trata de un tema menor, pues estamos hablando de la construcción de una literatura comprometida con los preceptos de una nación; sin embargo, la literatura no puede estar subordinada a los deseos de grupúsculos en el poder, ni a los designios de un par de intelectuales acomodados en los presupuestos estatales o a simplezas en los conceptos. Sheridan comenta que Jorge Cuesta, uno de los contemporáneos más aguerridos, veía en estos deseos exacerbados el peligro de caer en los nacionalismos europeos de la época (nacional socialismo en Alemania, fascismo en Italia y España) o el stalinismo soviético. Es decir, que el Estado en su carácter de todo poderoso, dador de vida y muerte a la vez, podría dictar de manera completamente vertical los contenidos del arte y la literatura, podría manipular la labor creadora para el usufructo de unos cuantos y no de la generalidad, trampa siempre sugerente para los poderes centralizados en la figura de un caudillo.

Ejemplos de lo anterior sobran en el siglo XX, en todas las latitudes, pero en Iberoamérica tomó tintes aterradores. En todo caso, el que la polémica se centrara en la virilidad digna o indigna de la literatura, hizo que indudablemente el debate cayera a lo más bajo. ¿Puede existir algo como la literatura viril? ¿Acaso los libros tendrían que ser rudos y machirrines, con pelo en pecho y todo lo que el estereotipo da? Podríamos entonces hablar de la genitalidad de la literatura y entonces caemos en clasificaciones ramplonas y simples: literatura para mujeres, para hombres, para homosexuales. Por cierto, yo nunca he visto libros a los que les cuelgue un “pilín” o “pajarito”. No es de extrañar que aún hoy día escuchemos que la poesía es para “delicaditos, un hombre no ha de conquistar a la fémina cortejándola con joterías”... De ahí al “quien bien te quiere, bien te madrea” sólo hay un paso. 

Y si lo nacional es lo que debe privar en nuestra literatura, falta pues la gran novela que hable de los chiles en nogada, la elegía al mole de olla que se nos fue, y la oda a los tacos de escamoles... Yo me quedo con la genial idea de que la literatura tenga pene o vagina o hermafroditismo maravilloso; si en lugar de filosofar, falosofáramos, en la prepa nos la hubiéramos pasado mucho mejor. Para decirlo en términos de lucha libre, los rudos acaban siendo misóginos, y los técnicos, exóticos.... ¡Chale!

 
 
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