Cuando hablamos de “oxidación” inmediatamente debe llegar a la mente una imagen de hierro corroído con coloración rojiza, pero no sospechamos que realmente se trata de una reacción química, que puede ser rápida (como la combustión generada al encender un cerillo) o lenta, como el deterioro de los metales expuestos al ambiente. También la palabra nos induce a pensar en un elemento: el oxígeno, como la base de este fenómeno; sin embargo, aunque en la mayoría de las transformaciones que forman energía este átomo se encuentra involucrado, no todas las reacciones químicas lo requieren.
Además hay otro aspecto contrario a lo que se piensa. Por definición, un proceso de oxidación se da cuando una molécula, un átomo o un ión, que en términos muy simples se refiere a un elemento inestable por la ganancia de electrones y también lo contrario, es decir, la pérdida de dicha partícula, esta razón nos obliga a hablar de energía en términos justos con el empleo de la palabra “redox”, abreviatura que deriva de las palabras “reducción–oxidación” que son todas las reacciones químicas en las que se adquieren o ceden electrones.
La generación de energía se encuentra en todo lugar, incluso en condiciones y sitios que ni siquiera podríamos imaginar; pero a la que me refiero ahora, gira en torno a la orgánica, es decir, en los seres vivos. La respiración puede ser el ejemplo más simbólico pues en las plantas, una molécula con un átomo de carbono y dos de oxígeno intercambian sus partículas liberando oxígeno (fenómeno denominado fotosíntesis pues parte de la luz solar); y en nuestro caso cuando por medio de los pulmones, hacemos lo contrario, es decir, liberamos carbono y nos apropiamos del oxígeno. Pero hay un aspecto que muy metafóricamente podríamos comparar cuando, al encender un cerillo nos queda la ceniza.
Las reacciones químicas “redox” culminan dejando residuos que en la biología se denominan radicales libres y que al encontrarse dispersos en todo nuestro organismo, buscan “robar” electrones para alcanzar una estabilidad electroquímica; pero al adquirirlo, pueden generar la aparición de nuevos radicales libres que inician una verdadera reacción en cadena que tiende a destruir las células. Para evitar esto, el organismo mantiene un equilibrio por medio de substancias diversas como unas enzimas llamadas catalasa y dismutasa, que neutralizan los efectos nocivos sin alterar su estado propio. Pero existen condiciones en la que se producen una mayor cantidad de radicales libres. Las más importantes involucran la contaminación ambiental, el tabaquismo, las dietas con exceso de grasa, exposiciones excesivas a las radiaciones solares, aceites vegetales refinados que al haber sido sometidos a altas temperaturas los generan y la edad. Pero a mediados del siglo pasado se descubrió que las vitaminas A, E, C; el selenio, unas sustancias conocidas como flavonoides entre otras, tienen una alta afinidad para ligarse a los radicales libres y así, neutralizarlos. Se inició entonces una verdadera fiebre por consumir vitaminas para retrasar el envejecimiento, condicionando una irracional e inconmensurable tendencia a tomarlas como una alternativa casi milagrosa encaminada a no avejentarse.
Sin embargo, recientemente un investigador inglés llamado David Games, con un grupo de colaboradores de la Universidad de Londres publicó un artículo en la revista Genes and Development Journal (que no he logrado encontrar en la internet), afirmando que experimentos en animales modificados genéticamente para producir una mayor cantidad de antioxidantes, no tenían una mayor sobrevida. Esta afirmación contundente va a provocar un impacto en la industria de la cosmetología y en la que produce “complementos alimenticios”, que actualmente es generadora de cantidades de dinero impresionantes. Es cierto que una alimentación basada en abundantes frutas, verduras, leguminosas, paralelamente a un consumo prudente de grasas es lo suficientemente sano como para evitar caer en la trampa de la mercadotecnia, que propone alternativas con poca coherencia biológica en relación a la salud, sobre todo porque el exceso de algunas vitaminas pueden tener un impacto grave (sobre todo, la A, D y la B3 conocida también como niacina).
Esta situación me lleva a un pensamiento que siempre he planteado. Lo mejor es lo natural. Como hay vitaminas que son solubles en agua y otras en grasas, las primeras se eliminan por medio del riñón y las otras a través del líquido biliar cuando se consumen en exceso. Por esta razón, el tomar los novedosos “poli–vitamínicos” en una forma indiscriminada, por su costo equivale a orinar y evacuar... bastante caro.