“Volando” llega el hombre al aeropuerto, deja el coche mal estacionado, corre al mostrador. Lo siento, señor, acaba de despegar. No hay otro vuelo hasta el día siguiente, no hay avioneta disponible en renta.
Este avión perdido ¡el negocio de mi vida, perdido! Ya nada puedo hacer para modificar los hechos, veremos cómo lo toma mi subjetividad, mi salud mental... el frustrado viajero siente crecer en su interior un deseo: que se caiga el avión. Y sabe que eso no salvaría su negocio y siente que su deseo es insano al punto que, si ocurre un accidente tendrá que hacer un gran esfuerzo antiemocional para no sentirse culpable. Lentamente sale del aeropuerto, sube al carro mal estacionado que –¡ja! tuvo suerte– no se llevó la grúa.
Y apoyado en el volante, mira sin mirar. Si decido el autocastigo, yo soy el único culpable por llegar tarde, debí darme más tiempo. Si decido que no, las culpas serán del otro, sea el destino, sea la compañía con sus horarios ridículos, sea el piloto, la torre de control... ¡qué sé yo! Ese empeño en una inhumana puntualidad, sin siquiera unos minutos de tolerancia... ¡y en Latinoamérica, hazme el favor! ¡Que se caiga! Y yo dejaré de ser el perdedor para mutar en el hombre de buena suerte, el ganador: mira, mira, ése que pasa, sí, es él, salvó su vida por llegar tarde. Y el defecto se convierte en virtud. ¡Que se caiga!
No, que no se caiga, viajan niños... Pero... si sólo se trata de mi subjetividad, yo no influiré en el destino del vuelo, sea rutinario o trágico... mi salud mental está en juego, no el avión. Así que soy libre de elegir... ¿cuál de los dos deseos me sentará mejor? ¿Quiero que se caiga, quiero que no se caiga, mucho, poquito, nada...? Señora, qué bueno que pase por aquí, ¿a cómo las margaritas?