Siempre es de celebrarse que se exhiban en Puebla películas de cinematografías que sólo por excepción (o prácticamente nunca) conocemos. ¿O alguno de ustedes recuerda haber visto antes una película de Rumania? Es de ahí que nos llega –para un estreno que ojalá no quede en la mera semana de rigor– 4 meses, 3 semanas, 2 días, que presume de un historial crítico y festivalero impresionante: de 29 diferentes nominaciones ganó 17; entre ellas la Palma de Oro del Festival de Cannes 2007, que rendido a sus pies también le otorgó aquella noche de premiación el codiciado Premio Fipresci (de la crítica cinematográfica internacional) y el del Sistema Nacional Francés de Educación a una Obra Cinematográfica. Los importantes festivales de San Sebastián y Toronto también la encontraron irresistible, otorgándole respectivamente el Premio Fipresci (como en Cannes) y el de mejor film extranjero. 4 meses, 3 semanas, 2 días, escrita y dirigida por Cristian Mungiu, tiene que ver con el drama de una mujer que debe ayudar a su amiga a practicarse un aborto en la Rumania comunista de los 80, en donde todos los métodos contraceptivos –no digamos ya un aborto– estaban prohibidos y eran duramente penados. Se trata pues de un film para criterios formados, crudo y sin concesiones, acerca de la necesidad de tomar decisiones críticas, y de afrontar sus consecuencias, en un contexto represivo y adverso. Ya veremos si 4 meses, 3 semanas, 2 días recibe la atención y el apoyo del público para una permanencia significativa en las pantallas locales. Que así sea.
Por otra parte, se anuncia también el estreno de Obsesionada (Anna M., es su título original), cinta francesa escrita y dirigida por Michel Spinosa y actuada por la talentosa Isabelle Carré. Su premisa de partida es una triste condición patológica conocida como Síndrome Clerambault –popularmente etiquetado como erotomanía– que convence a quien la padece de ser profundamente amada por personas a quienes en realidad resulta indiferente o que, incluso, ni siquiera le conocen. En Obsesionada, justo ese es el sentimiento de la tímida Anna con relación a un médico; convicción que la realidad irá virando en resentimiento y odio, para una película que –como leí en alguna parte– “fusiona el estudio psicológico con el film de horror”. Entonces, no la dejemos pasar.
Mientras tanto, sigue en cartelera –y lo hará un buen rato, según sus resultados hasta ahora– Crepúsculo (Twilight), dirigida por Catherine Hardwicke, primera entrega de lo que será toda la saga de novelas sobre vampiros de Stephenie Meyer, a completarse con New Moon, Eclipse y Breaking Dawn. Si no lo ha hecho, vea Crepúsculo. Consigue del cinéfilo un interés casi inmediato, a partir de su ritmo y de una serie de situaciones no sólo espléndidamente fotografiadas, sino concebidas con equilibrio y elegancia hacia la opción de ser más un film de personajes que de eventos, sin que esto signifique que la acción ha sido olvidada o menospreciada. Y de entre todo lo atractivo que hay en Crepúsculo (como la secuencia del juego “familiar” de beisbol; o esa otra en la que Edward lleva a Bella por un paseo aéreo por un bosque montañoso; o como el momento en que Edward muestra a la chica su verdadera esencia ante una descarga de luz solar está el trabajo, la presencia y la belleza de Kristen Stewart (como Bella), quien a sus 18 años no puede tener un futuro más promisorio dentro del cine. En Puebla ya la habíamos visto en Jumper y Entre mujeres. Tome nota de su nombre y siga su trayectoria, que está llamada a ser, primero y en muy poco tiempo, una estrella popular y asediada; pero pronto también –y más importante– una actriz pasional, plena de matices y posibilidades. Además, como antes dije, es extraordinariamente hermosa, así que todo le está dado. Disfrútela en Crepúsculo; confío en que, después de verla, estará de acuerdo conmigo.