La palabra “ciber” es un prefijo de cibernética, término que en el diccionario de la Real Academia Española se define como “el estudio de las analogías entre los sistemas de control y comunicación entre los seres vivos y los de las máquinas; y en particular, el de las aplicaciones de los mecanismos de regulación biológica a la tecnología”. Sin embargo, todos actualmente relacionamos el “ciber” como un lugar en donde se encuentran computadoras que nos brindan acceso a la internet.
Por otro lado, en el mismo diccionario, manía es expresada como “especie de locura, caracterizada por delirio general, agitación y tendencia al furor”; también como “extravagancia, preocupación caprichosa por un tema o cosa determinada” y hasta “afecto o deseo desordenado”. Aunque nuestra idea de que un “ciber” exclusivamente se refiere a la comunicación por medio de los ordenadores y no asociamos nuestras manías como conductas particularmente patológicas (de hecho, estoy seguro de que a lo largo de mi vida no he pasado un solo día en el que he dejado de escuchar música, circunstancia que para algunos que me conocen bien, califican de conducta enfermiza), la conjunción de los dos términos nos llevan a deducir que una persona “ciber–maniaca” es aquella que se liga a la comunicación por la internet, en una forma obsesiva, buscando información.
Por todos es conocido que esto implica una serie de fenómenos que mezclan aspectos tan peligrosos, que ya podemos hablar claramente de delitos y enfermedades vinculadas íntimamente con las computadoras; sin embargo, cotidianamente nos maravillamos de la capacidad infinita de tener acceso a información que además de útil, puede definitivamente conducirnos a mejorar nuestra calidad de vida. Pero hay un fenómeno poco valorado (independientemente de la pornografía en todas sus formas, relaciones interpersonales delicadas; abandono de actividades laborales; pérdida de tiempo; exposición a materiales inadecuados; mensajes no solicitados; los famosos virus; las intrusiones con acceso a información íntima o delicada y el “chat” que en adolescentes inexpertos o inocentes, puede exponerlos a delincuentes que actúan en muchas formas peligrosas), físicamente los periodos prolongados frente a un monitor suelen generar dolores en la espalda, inactividad, insomnio, malestares articulares en las falanges de los dedos y desgaste emocional. Sin embargo hay otro fenómeno que en lo particular he percibido y que se relaciona con la salud en una forma muy sutil. No hay un solo día en el que, consultando a algún paciente me hagan el típico comentario de que “lo leí en la internet”, refiriéndose a enfermedades. Pero el problema gira en torno a información que puede exagerar padecimientos, condicionando angustia, zozobra, inquietud y ansiedad que no tienen razón de ser; o lo contrario, que se da en una forma más clara cuando se hacen propuestas de “tratamientos naturales” no solamente curativos en forma definitiva sino inocuos, es decir, sin efectos secundarios, lo que puede retrasar diagnósticos determinantes y complicar tratamientos específicos.
No se trata de que como médicos experimentemos la propiedad intelectual de la información que se encuentra circulando a través de la “red”; pero quienes nos dedicamos a la búsqueda de información, recurrimos profesionalmente a revistas que hacen referencia a estudios con validez científica en publicaciones de prestigio que nos permiten tener un buen margen de confianza en la valoración de diagnósticos, tratamientos y pronósticos de enfermedades, tanto raras como comunes. Otro problema es la insistencia de hacer “consultas a través de la computadora, incluyendo fotografías y describiendo síntomas”, para evitar el traslado a un consultorio, proponiendo el pago de servicios médicos también a través de medios electrónicos. Lo más grave y triste es que hay médicos que lo llegan a hacer, en una forma poco ética, irresponsable, imprudente e irreflexiva. La interpretación de una publicación científica, incluso entre médicos, es extremadamente difícil, sobre todo cuando se deben hacer deducciones de resultados en base a pruebas estadísticas, interpretaciones de laboratorio o gabinete y gráficas.
¿Cómo evitar esta serie de problemas? En primer lugar es necesario estar conciente de las limitaciones personales, lo que implica ser sensato y razonable. En segundo lugar, no se debe tomar como verdadera cualquier información que se encuentre circulando en la internet. En tercer lugar, siempre debe uno apoyar la información con profesionales que brinden explicaciones claras y por último, no caer en la exageración. Las denominadas “navegaciones por la red”, llevadas a cabo con exceso, nos pueden conducir a un verdadero naufragio del conocimiento, vinculados estrechamente con la salud.