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Jueves, 20 de noviembre de 2008
La Jornada de Oriente - Tlaxcala -
 
 

 OPINIÓN 

Del cielo cayó una flor: la cursilería de hoy

 
YASSIR ZÁRATE MÉNDEZ

Lo cursi es un pariente espurio del mal gusto. Pero también es una parodia involuntaria de usos y costumbres sociales. Un buen ejemplo se tiene en una fiesta de 15 años. El mal gusto baila el vals acompañado de la parodia involuntaria. El baile, el ambiente, la vestimenta. Todo suele aderezarse con mal gusto, todo por culpa de ese afán por copiar hábitos que ya han desaparecido.

Y ahí están para confirmarlo los chambelanes disfrazados de cadetes militares, con su falso oropel y su marcialidad que debería mover a la risa. Y sin embargo, nadie se tira al suelo, agarrándose la panza mientras suelta estruendosas carcajadas.

Lo cursi suele ser solemne dentro de su acartonamiento, pero sobre todo mueve al respeto lloroso, mientras se escuchan las notas de El Danubio Azul. Pobre Strauss, qué culpa tiene.

Como apunta Jacobson en un legendario ensayo: las clases bajas se empeñan en copiar las costumbres de las élites, lo que en ocasiones deriva en una pantomima, por demás grotesca.

Otro buen ejemplo se tiene en el baile de Los catrines, que tiene una amplia resonancia en los días inversos del carnaval.

Carlos Monsiváis dice que lo cursi es el anacronismo orgulloso del ser. Y seguro que pensaba en una fiesta de 15 años, con sus enormes y azucarados vestidos, ribeteados por enormes e impúdicas crinolinas, que recuerdan los vestidos de las damas de sociedad del siglo XIX.

Es como intentar resucitar un tiempo muerto, una costumbre que ha dejado de ser significativa. A esto se deben sumar las frases que acompañan el festejo: “Desde hoy, dejas de ser niña para convertirte en mujer”. Un acto de magia sensiblera; un rito de iniciación, un paso al frente, preparen, apunten, fuego. Bang.

Los violines lacrimógenos acompañan la escena. Más de uno de nosotros hizo el soberano ridículo en ese trance de presentar a la quinceañera. Aún no supero ese trauma ocurrido hace once años. Puaj.

Lo cursi es un gesto hueco, vacío de significado, pero altamente emotivo. Siempre apela a lo sentimental y por lo tanto se desgrana en lágrimas. Casi todo el mundo ha escrito o recibido algo como esto: “Dejaría todo, dejaría todo en mi vida, pelearía eternamente, aun en la oscuridad, daría incluso mi vida... todo, por tu felicidad”. ¿Alguien tiene un kleenex a la mano? Ni Corín Tellado pudo haberlo hecho peor.

Pero la cursilería también puede adquirir proporciones astronómicas: “Eres el sol de todas mis mañanas”, o reducirse a cuestiones anatómicas, por no decir viscerales: “Eres el papel de los versos que escribe mi corazón”. En cada una de estas frases se rezuma miel y sentimentalismo.

En un país educado por el cine de los años cuarenta y cincuenta, y luego lobotomizado con las telenovelas y los noticieros de Televisa, no queda de otra que prenderle una veladora a Sara García, la santa patrona de los sufrimientos.

Pero tampoco se puede afirmar que los mexicanos sean genéticamente cursis, o predispuestos a la cursilería, porque ésta es patrimonio de la humanidad. ¿Quién que es no ha sido cursi alguna vez?

En varios de sus poemas, Mario Benedetti bordea apenitas el abismo de la cursilería. Pero el maestro uruguayo sabe sacarle pecho a la tragedia, para volverse alquimista de las palabras y darles una dimensión profunda. Ese es el gran problema de la poesía amorosa.

 
 
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