La aspiración de una plaza de toros –como la del torero o el ganadero novatos– es llegar a adquirir personalidad propia. Un sello característico que los distinga de las demás. En este sentido, El Relicario contó desde el principio con el entusiasmo de su constructor–administrador –que no propietario– José Ángel López Lima, dispuesto a suplir su poca experiencia de entonces invirtiendo en la empresa ilusión, dinero y trabajo. Pero para dar carácter a un coso taurino no basta con eso. Se requiere un entorno favorable. Y dentro del mismo son piezas fundamentales la autoridad y el público. Éste, en el caso de Puebla, se dejó enamorar por la propuesta y, a falta de conocimientos profundos en materia taurina, aportó su estimulante disposición a sumarse y disfrutar de la fiesta, una novedad en la ciudad al cabo de casi 40 años de abandono. Menos atento, el gobierno ha optado por una actitud de tolerante desapego, que en sucesivas administraciones municipales iba a quebrarse en favor de un intervencionismo más bien desafortunado, que había de culminar en el otorgamiento del coso, en el otoño de 1999, a la empresa de Manuel Tirado Monroy, auténtico depredador taurino elegido mediante una turbia licitación. O la posterior decisión de no licitar –ésta del gobierno estatal, a principios de 2005– origen de la situación actual, que nunca hemos tenido claro si corresponde al modelo de gestión gubernamental directa –a través de un tercero–, o de simple cesión a favor de un particular elegido discrecionalmente. Si a tan notoria insensibilidad taurina por parte de las autoridades sumamos la falta de personalidad de la mayoría de los jueces de plaza designados a lo largo de 20 años –también con excepciones, fáciles de ubicar en los primeros años de esta historia, y lamentablemente ausentes desde entonces–, la situación se complica. Y si agregamos el talante crecientemente pachanguero, orejista y desinformado de los espectadores –que han sido menos cada vez–, resulta que todas las esperanzas iniciales de que el coso del Cerro se convirtiera en un referente de seriedad y buena tauromaquia –sin traicionar por ello el ánimo festivo y jovial del público de Puebla–se fueron evaporando progresivamente, hasta culminar en el ambiente pueblerino que hoy caracteriza a nuestro coso y, entre la gente del toro, sirve para (des)calificar automáticamente a nuestra ciudad.
Empresarios
Hablar de las empresas es aludir a uno de los responsables básicos del éxito o fracaso de la fiesta. Con López Lima al frente (períodos nov 1988–may 96 y sep 2000–ene 2005), la plaza tuvo más movimiento que con cualquier otra empresa (121 corridas, 70 novilladas y, en promedio, 10 y 6 al año). A su gestión corresponden los encierros de más trapío vistos en el coso del Cerro (ver entrega XXIV de esta serie), y 9 de las 14 alternativas otorgadas (injustificadas casi todas, salvo las de Rafael Ortega, El Zapata y Jerónimo). Ya que no por cifras ni por falta de dedicación y trabajo, su déficit principal fue una permanente inconsistencia para dar sentido a los carteles, que iban de lo excelente a lo vulgar sin solución de continuidad. Defecto más acusado aún en la elección del ganado. Un problema que prácticamente no tuvo la breve pero sustanciosa gestión de Alberto Ventosa –may 1998–jun 1999–, cuyo propósito expreso consistió en ofrecer los mejores elencos posibles de toros y toreros, cosa que logró pese a los inconvenientes cortoplacistas neciamente sostenidos por el Comité de Feria, mismos que finalmente lo marginaron de la licitación de octubre del 99. Dio su empresa –con un operador de lujo en la persona de Raúl Ponce de León–nada menos que 16 corridas y 4 novillidas en apenas 13 meses (en festejos con matadores es el promedio más alto), presentando en Puebla a Ponce, trayendo a El Juli en plena temporada española y dándole la alternativa a Jerónimo. Pero si esta empresa descuidó proporcionalmente el cultivo de nuevos valores no fue el caso de la encabezada por Javier Marroquín (dic 96–nov 97), promotor de la primera temporada de novilladas completa y compacta –luego vendrían 3 consecutivas en el segundo período de López Lima–, en la que surgieron Arroyo y Garibay despuntó Jerónimo. Y sólo por no dejar mencionaremos que Tirado Monroy (nov 99–mayo 2000), antes de tirar el arpa vergonzosamente, ofreció 8 corriditas y 3 novilladas, éstas por cuenta de Tauromex y su III Encuentro Internacional. En la 1ª de una feria infame se originaría, por culpa de anémica becerreada de Lebrija, la mayor bronca registrada hasta hoy en El Relicario. Por su parte, la actual Taurovisión, operando casi con sordina, lleva ofrecidas en casi 4 años de gestión (ene 2005–nov 2008) un promedio anual de 6 corridas y 4 novilladas. Es decir, 26 y 17 en total, incluida la anunciada para el próximo fin.
Entre la intromisión y la inhibición
Se supone que la autoridad competente ha de velar por el cumplimiento del reglamento taurino y la concordancia entre lo que se ofrece al público y lo que realmente se le da. Pero su misión no debe limitarse a esta defensa del ciudadano que paga un boleto sino a la preservación de los valores que como patrimonio cultural contiene la tauromaquia. Y las distintas administraciones municipales y estatales, de 20 años a la fecha, han incumplido en mayor o menor grado ambas obligaciones. A su notable insensibilidad ha añadido casos clamorosos de amiguismo a la poblana, y a ambas lacras una culpable ignorancia y desinterés por los destinos de la fiesta, la plaza y la afición locales. No abundaré en los pormenores de algo que ya fue ampliamente analizado tratado en capítulos anteriores, pero tal conclusión es irrebatible y definitivamente deplorable.
Corolario
Expuestos han quedado en las páginas de La Jornada de Oriente –y permítanos presumir la exclusiva– estos 20 años de historia de una plaza de toros que, cuando se estrenó, hacía concebir grandes esperanzas en torno a la dignificación, consolidación y goce de la fiesta brava en Puebla. Por las razones cuidadosamente analizadas en este reportaje resulta que cada una de ellas se fue incumpliendo y derrumbando, dejándonos ese sabor agridulce que hoy tiene la conmemoración. En general, el público ha respondido con generosidad cuando la oferta empresarial fue suficientemente atractiva. ¿Puede decirse eso del cartel de mero de trámite anunciado para esta semana, cuando El Relicario completa 20 años de historia casi inadvertidamente?
Inútil añadir algo más.